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"Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe ..."
Efesios 4:11−12.
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CAPÍTULO 2 - LA OFRENDA DE OBLACIÓN VEGETAL: CRISTO EN SU HUMANIDAD
Por C. H. Mackintosh
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Nos toca ahora examinar “la ofrenda” de oblación vegetal que representa, de una manera muy precisa, a “Jesucristo hombre”. El holocausto representa a Cristo en su muerte; la ofrenda que consideramos ahora le representa en su vida. Ni en una ni en otra se ve el acto de llevar el pecado. En el holocausto vemos la propiciación, pero no vemos en él nada de llevar el pecado, ni de imputación del mismo, ni de manifestación de la ira divina. Esto nos lo demuestra el hecho de que se consumía todo sobre el altar, porque si hubiera habido el menor pecado que expiar, la víctima habría tenido que ser quemada fuera del campamento (comp. Levítico 4:11-12 con Hebreos 13:11).

Pero en la ofrenda de oblación vegetal no hay ni siquiera derramamiento de sangre. En ella vemos simplemente un bello tipo de Cristo viviendo, andando y sirviendo aquí en la tierra. Este hecho, por sí solo, es suficiente para inducir a todo cristiano espiritual a considerar esta ofrenda con la mayor atención y con espíritu de oración. La pura y perfecta humanidad de nuestro Señor es un tema que se impone al examen concienzudo de todo verdadero cristiano. Es de temer que muchos cristianos no tengan una idea bastante clara o determinada respecto a este santo misterio. Las expresiones que se oyen, o que se leen algunas veces, bastan para probar que la fundamental doctrina de la encarnación no es comprendida o tenida en cuenta tal como la Palabra la presenta. Esas expresiones proceden probablemente de una inexacta apreciación de la naturaleza real de las relaciones de Cristo y del verdadero carácter de sus padecimientos; pero, cualquiera sea su origen, ellas deben juzgarse a la luz de las Santas Escrituras y, por consiguiente, ser desechadas. Sin duda, muchos de los que las emplean retrocederían indignados y horrorizados ante la doctrina que suponen o apoyan tales términos, si se les expusiera tal como es en realidad; por eso guardémonos de acusar de infidelidad a una verdad fundamental a tal o cual cristiano, en quien tal vez no hay más que inexactitud de lenguaje.

Hay, sin embargo, una consideración que debe pesar sobre las apreciaciones morales de todo cristiano, a saber, el carácter vital de la doctrina de la humanidad de Cristo, doctrina que constituye el fundamento mismo del cristianismo, motivo por el cual Satanás, desde el principio, ha puesto tanto empeño en inducir a las almas al error en este punto. Casi todas las herejías capitales que han penetrado en la iglesia profesante descubren la intención satánica de minar la verdad en cuanto a la persona de Cristo. Sucede también con frecuencia que hombres piadosos, queriendo combatir estos errores, caen en errores opuestos. Esto nos muestra la necesidad que tenemos de atenernos a los mismos términos que ha usado el Espíritu Santo para descubrirnos un misterio a la vez tan sagrado y tan profundo. En efecto, creemos que en todos los casos, la sumisión a la autoridad de las Santas Escrituras y la energía de la vida divina en el alma son la mejor salvaguardia contra toda especie de error. Para que el alma pueda preservarse de error respecto a la doctrina de Cristo, no tiene necesidad de profundos conocimientos teológicos; basta que la palabra de Cristo habite abundantemente en ella y que el Espíritu de Cristo desarrolle en ella su eficacia para que Satanás no encuentre ningún lugar por donde introducir sus sombrías y horribles sugestiones. Si el corazón se complace en el Cristo que revelan las Escrituras, rechazará seguramente todos los falsos Cristos que Satanás querría introducir. Si nos alimentamos de las realidades de Dios, rechazaremos sin vacilación las falsificaciones de Satanás. Éste es el mejor medio para escapar de los lazos del error bajo cualquier forma que se presente. “Las ovejas oyen su voz… y le siguen, porque conocen su voz; mas al extraño no seguirán, sino huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños” (Juan 10:3, 4, 5, 27). No es necesario conocer la voz de los extraños para desviarse de ellos; basta conocer la voz “del buen Pastor”; esto es lo que nos preservará de la influencia seductora de toda voz extraña. Así pues, sintiéndonos llamados a prevenir a nuestros lectores contra toda voz extraña con relación al divino misterio de la humanidad de Cristo, no parece necesario discutir sus aserciones aventuradas o falsas; preferimos, con la gracia de Dios, procurar a nuestros hermanos armas contra ellas mediante el desarrollo de la doctrina de la Escritura sobre este asunto.


Uno de los puntos más débiles de nuestro cristianismo es la falta de una más intensa y completa comunión con la perfecta humanidad de nuestro Señor Jesucristo. De aquí que experimentemos tantas lagunas, tanta esterilidad, tanta inquietud y extravío en nuestra marcha. ¡Ah, si estuviéramos compenetrados, merced a una fe más sencilla, de esta verdad: que es un Hombre real el que está sentado a la diestra de la Majestad en los cielos, un Hombre cuya simpatía es perfecta, cuyo amor es incomprensible, en quien el poder no tiene límites, en quien la sabiduría es infinita, cuyos recursos son inagotables, cuyas riquezas son insondables, cuyo oído está siempre abierto a todos nuestros suspiros, cuya mano está abierta a todas nuestras necesidades, cuyo corazón está lleno de una ternura inefable hacia nosotros, cómo seríamos, a la vez, más felices y cómo nos elevaríamos más por encima de las cosas visibles, cómo seríamos más independientes de todo lo que procede de la criatura, cualquiera fuese el conducto que nos lo comunicase! Todo lo que el corazón puede ambicionar, lo poseemos en Jesús. ¿Suspira usted en busca de verdadera simpatía? ¿Dónde podría encontrarla sino en Aquel que mezclaba sus lágrimas a las lágrimas de las desoladas hermanas de Betania? ¿Aspira usted al gozo de un verdadero afecto? Sólo puede encontrarlo completamente en el corazón que expresó su amor en las gotas de sangre que cayeron de su rostro en Getsemaní. ¿Busca usted la protección de un poder eficaz? No tiene más que mirar a Aquel que creó los mundos. ¿Siente la necesidad de una sabiduría infalible para que le guíe? Acérquese al que es la sabiduría personificada y “el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría” (1.ª Corintios 1:30). En una palabra, lo tenemos todo en Cristo. El pensamiento y los afectos divinos han encontrado un objeto perfecto en “Jesucristo hombre” (1.ª Timoteo 2:5), y seguramente que, asì como hay en la persona de Cristo lo que puede satisfacer plenamente a Dios, tiene que haber también en ella lo que debería satisfacernos y lo que nos satisface en la medida en que, por la gracia del Espíritu Santo, andemos en comunión con Dios.


El hombre perfecto

El Señor Jesucristo ha sido el único hombre perfecto que haya pisado esta tierra. Era perfecto en todo, perfecto en pensamientos, en palabras y en obras. En él se encontraban todas las cualidades morales, las que armonizaban en divina y, por consiguiente, perfecta proporción. Ningún rasgo de su carácter predominaba a expensas de los demás. En él se unían de modo admirable una majestad que inspiraba temor respetuoso y una dulzura tal que su sola presencia inspiraba completa comodidad. Los escribas y los fariseos tuvieron que oír sus abrumadores reproches, mientras que la pobre samaritana y “la mujer pecadora” se sentían, sin darse cuenta, irresistiblemente atraídas hacia él. Sí, todo se encontraba en él en bella armonía; y esto se puede notar en todas las escenas de su vida en la tierra. Podía, por ejemplo, decir a sus discípulos en presencia de cinco mil hombres hambrientos: “Dadles vosotros de comer” (Lucas 9:13) y después que estuvieron saciados: “Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada” (Juan 6:12). La benevolencia y la economía son aquí perfectas, sin que una perjudique a la otra; cada una brilla en su propia esfera. No podía despedir en ayunas a las hambrientas multitudes que le seguían, y, por otro lado, no podía consentir que ni una pequeña parte de “lo creado por Dios” (1.ª Timoteo 4:4) se malgastase. La misma mano que estaba siempre abierta con largueza para subvenir a todas las necesidades del hombre, estaba estrictamente cerrada a toda prodigalidad.

Ésta es una lección para nosotros, en quienes, con frecuencia, la generosidad degenera en inexcusable derroche. Por otra parte, ¡cuán a menudo nuestra economía manifiesta un espíritu de avaricia! A veces también nuestros corazones parsimoniosos rehúsan abrirse generosamente ante las necesidades que se ofrecen a nuestra vista, mientras que en otras ocasiones disipamos por vanidad y extravagancia lo que hubiera podido aliviar la necesidad de muchos de nuestros semejantes. Querido lector, estudiemos cuidadosamente el divino cuadro que nos ofrece la vida de “Jesucristo Hombre”. Cuán saludable y edificante es para el “hombre interior” contemplar a Aquel que fue perfecto en todos sus caminos y que en todas las cosas debe ocupar el primer lugar.


Véalo usted en el huerto de Getsemaní postrado con profunda humildad, de la que sólo él podía dar ejemplo; pero, en presencia de la compañía guiada por el traidor, muestra una calma y una majestad que los hace retroceder y caer por tierra. Delante de Dios, su actitud es la postración; delante de sus jueces y acusadores, una dignidad inquebrantable; aun allí todo es perfecto, todo es divino.

La misma perfección se nota también en el modo admirable con que se concilian en él sus relaciones con Dios y sus relaciones humanas. Podía decir a sus padres: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” y, al mismo tiempo, podía descender con ellos a Nazaret, donde fue un perfecto modelo de sumisión a la autoridad paterna (véase Lucas 2:49-51). Podía decir a su madre: “¿Qué tienes conmigo, mujer?” (Juan 2:4) y, sin embargo, en la cruz, en medio de su indecible agonía, mostraba el tierno afecto que sentía por ella al confiarla a los cuidados de su discípulo amado. En el primer caso, Cristo, con el espíritu de un perfecto nazareo, se separaba de todo para cumplir la voluntad de su Padre; mientras que, en el segundo, dejaba desbordar los afectuosos sentimientos de un perfecto corazón humano. La devoción del nazareo, lo mismo que el afecto del hombre, eran perfectos; no podían perjudicarse el uno al otro; los dos brillaban con luminoso resplandor, cada uno en su propia esfera.

Así pues, la sombra, el tipo de este hombre perfecto se nos ofrece bajo la figura de la “flor de harina” que formaba la base de la ofrenda vegetal. No había en ella nada áspero, nada desigual, nada tosco al tacto; cualquiera que fuese la presión exterior, la superficie estaba siempre unida. Asimismo Cristo no estaba nunca turbado por las circunstancias; no estaba nunca inquieto, nunca vacilante o agitado, nunca perdía la serenidad. Cualesquiera que fuesen los acontecimientos que sobrevinieran, los afrontaba con esa perfecta igualdad tan notablemente figurada por “la flor de harina”.

En todas estas cosas, por supuesto, Cristo presenta señalado contraste con sus siervos, aun los más fieles y sumisos. Moisés, por ejemplo, era “muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Números 12:3); sin embargo, en un momento de cólera “hicieron rebelar a su espíritu, y habló precipitadamente con sus labios” (Salmo 106: 33). En Pedro vemos un celo y una energía que a veces rebasaban la medida, pero también vemos en otras ocasiones una cobardía que le hacía perder la ocasión de rendir testimonio por temor al oprobio; estaba pronto a declarar intenciones de devoción que, cuando llegaba el momento de la prueba, habían desaparecido. Juan, quien más que ningún otro respiraba la atmósfera de la presencia inmediata de Cristo, manifestó, más de una vez, un espíritu sectario, intolerante y ambicioso (Lucas 9:49, 52-55, Marcos 10:35-37). En Pablo, el más abnegado de sus siervos, descubrimos también grandes desigualdades; dirigió al sumo sacerdote palabras injuriosas que en seguida tuvo que rectificar (Hechos 23:3-5). Escribe a los corintios una carta, de la que primero se retracta y de la cual más tarde no se arrepiente de haberla escrito (2.ª Corintios 7:8). En todos vemos algún defecto, excepto en Aquel que es “el más señalado entre diez mil” (Cantar de los Cantares 5:10).

Para dar más claridad y sencillez a nuestros pensamientos acerca de la ofrenda de oblación vegetal, convendrá que consideremos, en primer lugar, los ingredientes de que se componía; en segundo término, las diversas formas en que se ofrecía, y, por último, las personas que tomaban parte en ella.


LOS INGREDIENTES QUE COMPONEN LA OFRENDA VEGETAL

a) Flor de harina “amasada con aceite”


En cuanto a los ingredientes, “la flor de harina” puede considerarse como la base de la ofrenda, y en ella, como lo hemos visto, tenemos un tipo de la humanidad de Cristo, en quien se encontraban todas las perfecciones. El Espíritu Santo se complace en revelar las glorias de la Persona de Cristo, en presentarlo en su excelencia incomparable, en ponerlo ante nosotros en contraste con todo lo restante. Le pone en contraste con Adán, incluso en su estado de inocencia y de honra, pues está escrito: “el primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es del cielo” (1.ª Corintios 15:47). El primer Adán, aun antes de la caída, era “de la tierra”, pero el segundo Hombre era venido “del cielo”.

En la ofrenda vegetal el aceite es un tipo del Espíritu Santo. Pero el aceite, empleado de dos modos, nos presenta al Espíritu Santo bajo un doble aspecto, en relación con la encarnación del Hijo. La flor de harina estaba amasada con aceite y se vertía aceite sobre ella. Tal era el tipo; y en el Arquetipo vemos al Señor Jesucristo primeramente “concebido” por el Espíritu Santo y después “ungido” con el Espíritu Santo (comp. Mateo 1:18-23 con 3:16). La exactitud, aquí tan palpable, es verdaderamente maravillosa. Es un solo y mismo Espíritu el que prescribe los ingredientes del tipo y refiere los acontecimientos en el Arquetipo. Aquel que nos dio con asombrosa precisión las sombras y los tipos del libro del Levítico, nos ha descrito también el glorioso objeto de esos tipos en los relatos del Evangelio. Es el mismo Espíritu el que sopla a través de las páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento y el que nos capacita para ver con qué exactitud se corresponden.

La concepción del cuerpo de Cristo, por el Espíritu Santo, en el seno de la Virgen, es uno de los más profundos misterios que pueden presentarse a la atención del entendimiento renovado. Este misterio está plenamente revelado en el evangelio según Lucas, y ello es muy característico, porque del principio al fin de este evangelio el objeto especial del Espíritu Santo parece ser mostrarnos, en todos sus aspectos, y de modo divinamente patente, “al hombre Cristo Jesús”. Mateo nos presenta al “hijo de Abraham”, “hijo de David”. En Marcos hallamos el divino Servidor, el celeste Obrero. En Juan tenemos “el Hijo de Dios”, la Palabra eterna, la Vida, la Luz, Aquel por quien fueron hechas todas las cosas. Pero el gran tema del Espíritu Santo en el evangelio según Lucas es el “Hijo del hombre”.

Cuando el ángel Gabriel hubo anunciado a María el favor que le había sido conferido con relación a la gran obra de la encarnación, María, con un espíritu de sencilla ignorancia más bien que de duda, preguntó: “¿Cómo será esto, porque no conozco varón?”. Evidentemente, pensaba que el nacimiento del glorioso Personaje que estaba a punto de aparecer debía efectuarse según el curso ordinario de la naturaleza; y es este pensamiento el que, en la gran bondad de Dios, da ocasión al mensajero celeste para añadir algunas palabras que arrojan una luz de las más preciosas sobre la verdad fundamental de la encarnación. Por eso la respuesta del ángel a la pregunta de la Virgen tiene el mayor interés y merece ser meditado cuidadosamente. “Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35).

Este bello pasaje nos enseña que el cuerpo humano del que se revistió el Hijo eterno de Dios fue formado por “la virtud del Altísimo”. “Me preparaste cuerpo” (Hebreos 10:5). Era un verdadero cuerpo humano, realmente “carne y sangre”. No hay aquí absolutamente nada que pueda prestar algún fundamento a las vanas y repugnantes teorías del gnosticismo o del misticismo; no, nada que autorice las frías abstracciones del primero ni las fábulas del segundo; todo es aquí profunda, sólida y divinamente real. Precisamente lo que nuestros corazones necesitaban es lo que Dios ha dado. La promesa más antigua había declarado que la simiente de la mujer quebrantaría la cabeza de la serpiente, y esta predicción no podía ser cumplida más que por un hombre real, un ser cuya naturaleza humana fuese tan real como pura e incorruptible. El ángel Gabriel dijo: “concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo”. (Nota [2]) Luego, para no dejar ningún lugar a error en cuanto al modo de esta concepción, añade algunas palabras que prueban indiscutiblemente que la “carne y la sangre” de las que el Hijo eterno “participó”, si bien eran absolutamente reales, también eran absolutamente incapaces de adquirir o comunicar la menor mancha. La humanidad de nuestro Señor Jesucristo era en toda la extensión de la palabra “cosa santa” o “Ser santo” y, como era enteramente sin falta, no había en él, por consiguiente, ningún principio de mortalidad. No podemos concebir la mortalidad sino en relación con el pecado, y la humanidad de Cristo no tenía nada en común con el pecado, ni personal ni relativamente. El pecado le fue imputado en la cruz, donde “fue hecho pecado por nosotros”. Pero la ofrenda vegetal no es el tipo de Cristo llevando el pecado. Le prefigura en su vida perfecta en la tierra; vida en la que sufrió, sin duda, pero no como portador del pecado, no como sustituto, ni de parte de Dios. Es importante discernir bien este punto. Ni el holocausto ni la ofrenda vegetal representan a Cristo cargado con nuestros pecados. En ésta le vemos viviendo; en aquél le vemos muriendo; pero ni en una ni en otra se trata de la imputación del pecado, ni de exponerse a la ira de Dios a causa del mismo. En una palabra, presentar a Cristo como el sustituto de los pecadores en otro lugar que no sea la cruz es despojar su vida de toda su belleza y excelencia divinas, es quitar a la cruz su carácter y su lugar. Además, esto arrojaría una confusión intrincada sobre los tipos del Levítico.


Por esta razón quisiéramos poder persuadir al lector acerca de la necesidad de tener un santo celo respecto a la vital verdad de la Persona y de las relaciones del Señor Jesucristo. Si se está en el error respecto a esto, todo el resto del cristianismo está comprometido; Dios no puede aprobar con su presencia lo que no tenga por base esta verdad. La Persona de Cristo es el centro viviente, el centro divino alrededor del cual el Espíritu Santo cumple todas sus operaciones. Si abandona usted la verdad en cuanto a Cristo, está como un buque sin anclas, llevado, sin timón y sin brújula, por el inmenso y tempestuoso océano y en inminente peligro de estrellarse contra los escollos del arrianismo, de la infidelidad o del ateísmo. Ponga usted en duda la eternidad de Cristo como Hijo de Dios, su deidad, o su humanidad inmaculada, y abrirá la esclusa a las olas destructoras y a los errores mortales. No se figure que se trata de un punto solamente adecuado para servir de tema de discusión a los teólogos y eruditos, o de una cuestión curiosa, de un misterio de difícil comprensión, o de un dogma sobre el cual nos es permitido tener diversos puntos de vista. No, es una verdad vital, fundamental, que es preciso retener con el poder del Espíritu Santo, que es necesario preservar a toda costa, que es preciso confesar en todo tiempo y en todos los casos, cualesquiera pudieran ser las consecuencias.

Debemos, pues, recibir sencillamente en nuestros corazones, por la gracia del Espíritu Santo, la revelación que el Padre nos hace acerca del Hijo; entonces nuestras almas serán eficazmente preservadas de los lazos del enemigo, bajo cualquier forma que se presenten. Él puede tapar los cebos del arrianismo o del socinianismo con las hierbas y las hojas de un sistema de interpretación a la vez especioso, plausible y seductor; pero el corazón verdaderamente piadoso descubre muy pronto que este sistema tiende a deshonrar al Salvador a quien todo lo debe, y sin vacilación lo rechaza y lo devuelve a la fuente impura de donde manifiestamente procede. Nosotros bien podemos prescindir de las teorías humanas; pero no podemos, de ningún modo, apartarnos de Cristo, del Cristo de Dios, del Cristo de los afectos de Dios, del Cristo de los consejos de Dios, del Cristo de la Palabra de Dios.

Nuestro Señor Jesucristo, eterno Hijo de Dios, Dios manifestado en carne, Dios sobre todas las cosas bendito eternalmente, tomó un cuerpo que era esencial y divinamente puro, incapaz de contraer ninguna mancha, enteramente exento de todo principio de pecado y de mortalidad. La humanidad de Cristo era tal que, si le hubiera sido posible (lo que no lo era, por supuesto) consultar solamente su interés personal, en cualquier momento habría podido volver al cielo de donde había venido y al que pertenecía. Al decir esto, hacemos abstracción de los eternos decretos del amor redentor o del invariable amor del corazón de Jesús, de su amor por Dios, de su amor por los elegidos de Dios, o de la obra que era necesaria para ratificar la eterna alianza de Dios con la simiente de Abraham y con toda la creación. Cristo mismo nos enseña que “fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día” (Lucas 24:46). Era necesario que sufriese para la manifestación y el perfecto cumplimiento del gran misterio de la redención. Ese misericordioso Redentor quería “llevar muchos hijos a la gloria” (Hebreos 2:10). No quería quedar solo y, por ello, como el grano de trigo, quiso caer en la tierra y morir (Juan 12:24). Cuanto mejor comprendamos la verdad en lo concerniente a la Persona de Cristo, tanto mejor apreciaremos y comprenderemos su obra de gracia.

Cuando el apóstol habla de Cristo, como de quien ha sido perfeccionado por aflicciones, le considera como autor de nuestra salvación (Hebreos 2:10) y no como Hijo eterno, el cual, en lo que se refiere a su personalidad y su naturaleza, era divinamente perfecto, sin que fuese posible añadir nada a lo que era. Asimismo, cuando Jesús dice: “He aquí, echo fuera demonios y hago curaciones hoy y mañana, y al tercer día termino mi obra” (Lucas 13:32), aludía entonces al hecho de su resurrección con poder, por el cual sería manifestado como el consumador de la completa obra de la redención. En cuanto a lo que le concernía personalmente, podía decir, incluso al salir del huerto de Getsemaní: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?” (Mateo 26:53-54).

Conviene que el alma entienda claramente este asunto; es bueno sentir según Dios la armonía que existe entre los pasajes que nos presentan a Cristo con la dignidad esencial de su Persona y con la divina pureza de su naturaleza, y aquellos que nos lo presentan en sus relaciones con su pueblo y cumpliendo la gran obra de la redención. A veces encontramos esos dos aspectos diferentes combinados en el mismo pasaje; por ejemplo, en Hebreos 5:8-9: “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen”. Sin embargo, no perdamos de vista que ninguna de estas relaciones, en las que Cristo entró voluntariamente —ya sea para manifestar el amor de Dios hacia un mundo perdido, ya sea como servidor de los consejos divinos—, ninguna podía, en cualquier grado que fuese, alterar en nada la pureza esencial, la excelencia y la gloria de su Ser. “El Espíritu Santo vino” sobre la Virgen y el poder del Altísimo la cubrió con su sombra, por lo cual también el Santo Ser que nació fue llamado Hijo de Dios. ¡Qué magnífica revelación del profundo misterio de la pura y perfecta humanidad de Cristo, el gran Arquetipo de la “flor de harina amasada con aceite”.

Observemos aquí la imposibilidad de toda unión entre la humanidad, tal como aparece en nuestro Señor Jesucristo, y la humanidad, tal como es en nosotros. Lo que es puro no puede unirse jamás a lo que es impuro. Hay incompatibilidad absoluta entre lo que es incorruptible y lo que es corruptible. Lo espiritual y lo carnal, lo celeste y lo terrestre jamás podrán combinarse armoniosamente. De ello resulta, pues, que la encarnación no consistió, como algunos han osado pretenderlo, en que Cristo tomara nuestra caída naturaleza en unión consigo mismo. Si hubiera hecho esto, la muerte en la cruz no habría sido necesaria. En este caso no se ve por qué el Salvador se sintió “en estrecho” hasta que ese bautismo sangriento fuese cumplido; no se ve por qué “el grano de trigo” había tenido que caer en tierra y morir. Es muy importante que todo cristiano espiritual comprenda esto bien: era enteramente imposible que Cristo se uniese a nuestra naturaleza pecadora. Escuche usted lo que el ángel dice a José, en el primer capítulo del evangelio según Mateo: “José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es” (v. 20). Así la natural susceptibilidad de José, lo mismo que la piadosa ignorancia de María, da lugar a un más amplio desarrollo del santo ministerio de la humanidad de Cristo, y sirve, al mismo tiempo, para proteger esta humanidad contra todos los blasfemos ataques del enemigo.

¿Cómo puede ser, entonces, que los creyentes estén unidos con Cristo? ¿Lo están con Cristo en su encarnación, o en su resurrección? En su resurrección, sin ninguna duda, como lo prueba este pasaje. “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo” (Juan 12:24). Antes de la muerte de Cristo no había unión posible entre él y su pueblo. Únicamente merced al poder de una nueva vida los creyentes son unidos al Señor. Estaban muertos en el pecado y Él, en su perfecta gracia, descendió del cielo y, aunque en sí mismo era puro y sin pecado, fue hecho pecado, murió al pecado (2.ª Corintios 5:21; Romanos 6:10), “lo quitó de en medio” (Hebreos 9:26), resucitó triunfante sobre el pecado y todas sus consecuencias y, en resurrección, vino a ser el jefe de una nueva raza. Adán era el jefe de la antigua creación que cayó con él. Cristo, al morir, se colocó voluntariamente bajo la carga que pesaba sobre los suyos y, habiendo respondido cumplidamente por todo lo que estaba contra ellos, victorioso sobre todo, resucitó y los introdujo con él en la nueva creación, de la cual él es el centro y el glorioso Jefe. Por ello leemos: “El que se une al Señor, un espíritu es con él” (1.ª Corintios 6:17). “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2:4-6). “Porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos” (Efesios 5:30). “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados” (Colosenses 2:13).

Podríamos multiplicar las citas, pero las que preceden bastan para demostrar ampliamente que en la muerte, y no en la encarnación, Cristo tomó una posición en la cual los creyentes podían ser vivificados con él. ¿Podría negarse la importancia de esta cuestión? En tal caso, debería ser examinada detenidamente a la luz de las Escrituras y en todo su alcance sobre la Persona de Cristo, sobre su vida, sobre su muerte, sobre nuestro estado natural en la vieja creación y sobre nuestro lugar, por gracia, en la nueva. Es importante pesar bien todas estas facetas del asunto, y esperamos que entonces se le dé la debida importancia. Por lo menos, se estará seguro de que quien ha escrito estas páginas no habría trazado una sola línea en apoyo de esta doctrina si no la considerase como una de las de mayor trascendencia. La revelación divina es un todo tan unido, tan bien ajustado por la mano del Espíritu Santo para formar un conjunto tan armónico en todas sus partes que, si se cambia una sola verdad, se altera todo el resto. Esta consideración debería bastar para precaver al cristiano contra todo atentado que pudiera deteriorar este magnífico edificio, en el que cada piedra debe ser dejada en el lugar que Dios le ha fijado; e, incontestablemente, la verdad relativa a la Persona de Cristo es la piedra angular de ese edificio.

b) Flor de harina “sobre la cual echará aceite”

Como así hemos intentado desarrollar la verdad representada en figura por la flor de harina “amasada con aceite”, podemos ahora considerar otro punto de gran interés relacionado con estas palabras: “sobre la cual echará aceite.” Aquí tenemos una figura de la unción de nuestro Señor Jesucristo por el Espíritu Santo. No sólo fue misteriosamente formado el cuerpo del Señor Jesús por el Espíritu Santo, sino que aun este vaso puro y santo fue ungido para el servicio por el mismo poder. “Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió, y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (Lucas 3:21-22).

La unción de nuestro Señor Jesucristo por el Espíritu Santo, antes de que iniciara su ministerio público, tiene gran importancia práctica para todos aquellos que sinceramente desean ser fieles y bendecidos siervos de Dios. Aunque, en cuanto a su humanidad, fue concebido por el Espíritu Santo; aunque fue, en su propia personalidad, “Dios manifestado en carne”; aunque la plenitud de la divinidad habitó en él corporalmente, se debe observar que, cuando se presentó como hombre para hacer en la tierra la voluntad de Dios, cualquiera que ella fuese (tal como anunciar la buena nueva, enseñar en las sinagogas, sanar a los enfermos, limpiar a los leprosos, echar fuera demonios, alimentar a los hambrientos o resucitar a los muertos), lo hacía todo por el Espíritu Santo. El vaso santo y celeste en que al Hijo de Dios le plugo aparecer en la tierra, estaba formado, lleno, ungido y conducido por el Espíritu Santo.

Para nosotros es ésta una lección a la vez santa y profunda, indispensable y saludable. Nosotros somos propensos a correr sin ser enviados, a obrar por la sola energía de la carne. A menudo, un ministerio aparente no es más que la actividad inquieta y no santificada de una naturaleza que jamás ha sido discernida y juzgada en la presencia de Dios. Ciertamente, tenemos gran necesidad de estudiar con mucha atención nuestra divina “ofrenda vegetal”, a fin de comprender con más exactitud el significado de “la flor de harina sobre la cual echará aceite”. Tenemos necesidad de meditar más en Cristo, quien, aunque poseía en sí mismo el poder divino, hizo, no obstante, todas sus obras, efectuó todos sus milagros por el Espíritu eterno y, finalmente, por este mismo Espíritu “se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (Hebreos 9:14). Él podía decir: “Yo por Espíritu de Dios echo fuera los demonios” (Mateo 12:28).

Nada tiene un valor real si no es cumplido por el poder del Espíritu Santo. Un hombre puede escribir, pero, si su pluma no es guiada por el Espíritu Santo, sus obras no tendrán ningún resultado duradero. Un hombre puede hablar con elocuencia, pero, si sus labios no han recibido la unción del Espíritu Santo, su palabra no echará raíces en los corazones. Es éste un pensamiento muy solemne, el que, si fuera debidamente considerado, nos conduciría a velar más sobre nosotros mismos y a vivir en una más habitual dependencia del Espíritu Santo. Lo que necesitamos es despojarnos enteramente de nosotros mismos, a fin de dar lugar al Espíritu Santo para obrar sobre nosotros y por nosotros. Es imposible que un hombre lleno de sí mismo pueda ser vaso del Espíritu Santo. Cuando contemplamos el ministerio de nuestro Señor Jesucristo, vemos que en todas las circunstancias obraba por el poder inmediato del Espíritu Santo. En la condición de hombre que asumió en la tierra, mostró que el hombre debía no sólo vivir de la Palabra, sino también obrar por el Espíritu de Dios. Aunque, como hombre, su voluntad era perfecta, aunque sus pensamientos, sus palabras, sus obras, todo era perfecto en él, siempre obraba por la autoridad de la Palabra y por el poder del Espíritu Santo. Ojalá pudiéramos en esto, como en todo lo restante, seguir de más cerca y más fielmente sus huellas. Entonces, seguramente, nuestro ministerio sería más eficaz, nuestro testimonio más fecundo en buenos frutos, toda nuestra conducta para dar gloria a Dios.

c) El incienso

Otro ingrediente de la ofrenda vegetal llama ahora nuestra atención: “el incienso”. Hemos visto que la “flor de harina” era la base de la ofrenda; el aceite y el incienso eran los principales accesorios; la relación que existe entre estas dos últimas cosas es muy instructiva. “El aceite” figura el poder del ministerio de Cristo; “el incienso” representa el objeto de ese ministerio. La primera nos enseña que lo hacía todo por el Espíritu de Dios; la segunda, que lo hacía todo para la gloria de Dios. El incienso representa lo que en la vida de Cristo era exclusivamente para Dios. Esto es lo que indica claramente el segundo versículo: “Y la traerá (la ofrenda vegetal) a los sacerdotes, hijos de Aarón; y de ello tomará el sacerdote su puño lleno de la flor de harina y del aceite, con todo su incienso, y lo hará arder sobre el altar para memorial; ofrenda encendida es, de olor grato a Jehová”. Así fue en la verdadera ofrenda vegetal: Jesucristo Hombre. En su vida santa tuvo siempre lo que era exclusivamente para Dios. Todos sus pensamientos, todas sus palabras, todas sus miradas, todos sus actos exhalaban un perfume que se elevaba directamente a Dios. Y así como en el tipo era “el fuego del altar” el que hacía salir el suave olor del incienso, así, en el Arquetipo, cuanto más “probado” era en las circunstancias de su vida, tanto más también se manifestaba que en su humanidad no había nada que no pudiera subir, como perfume de agradable olor, hasta el trono de Dios. Así como en el holocausto contemplamos a Cristo ofreciéndose a sí mismo sin mancha a Dios, en la ofrenda vegetal le vemos presentando a Dios toda la excelencia esencial de su naturaleza humana y de sus actos. Un hombre perfecto y obediente en la tierra, que hacía la voluntad de Dios, que actuaba según la autoridad de la Palabra y por el poder del Espíritu, he aquí lo que era como un suave olor que necesariamente debía ser agradable a Dios. El hecho de que “todo el incienso” era consumido sobre el altar determina bien todo su alcance y sentido.

d) La sal

Sólo nos resta considerar el último accesorio, inseparable de la ofrenda vegetal, a saber, “la sal”. “Y sazonarás con sal toda ofrenda que presentes, y no harás que falte jamás de tu ofrenda la sal del pacto de tu Dios; en toda ofrenda tuya ofrecerás sal”. La expresión “sal del pacto” representa el carácter permanente de este pacto. Dios mismo lo ordenó, por todo concepto, de tal modo que nada puede alterarlo jamás; que ninguna influencia pueda corromperlo nunca. Desde el punto de vista espiritual y práctico, no se podría apreciar en demasía un ingrediente semejante: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal” (Colosenses 4:6). Todas las palabras del Hombre perfecto manifestaban el poder de este principio; eran no sólo palabras de gracia, sino también palabras de una eficacia penetrante, palabras divinamente adecuadas para preservar de toda mancha y de toda influencia corruptora. Él nunca pronunció una palabra que no estuviese compenetrada del olor del “incienso” y, al mismo tiempo, “sazonada con sal”. El primero era de los más agradables a Dios; la segunda, de las más útiles al hombre.
Lamentablemente, a menudo el corazón corrompido y el viciado gusto del hombre no podían soportar la acritud de la ofrenda vegetal divinamente sazonada. Prueba de ello es, por ejemplo, lo que pasó en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4:16-29). Allí todos podían dar buen testimonio de él y maravillarse de “las palabras de gracia que salían de su boca”, pero, cuando pasó a sazonar sus palabras con sal, tan necesaria para preservar a su auditorio de la influencia venenosa de su orgullo nacional, se llenaron de ira y quisieron despeñarlo del monte sobre el que estaba edificada la ciudad.

Asimismo, en Lucas 14, sus palabras “de gracia” habían atraído “grandes multitudes” junto a él; entonces mezcla “la sal”, exponiendo, con santa fidelidad, lo que esperaba en esta vida a los que le seguían. “Venid, que ya todo está preparado” (v. 17) es aquí la “gracia”; pero en seguida: “Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (v. 33), era “la sal”. La gracia es atractiva, pero “buena es la sal” (v. 34). Los discursos que presentan la gracia pueden ser populares; los discursos sazonados con sal nunca lo serán. En ciertas épocas y en ciertas circunstancias el puro Evangelio de la gracia de Dios puede ser, durante un tiempo, buscado por la multitud; pero cuando aparece “la sal” de una aplicación, hecha con celo y fidelidad, no quedan más que los que han sido tocados por el poder de la Palabra.


LOS INGREDIENTES EXCLUIDOS DE LA OFRENDA VEGETAL

a) La levadura

Después de haber examinado los ingredientes que constituían la ofrenda vegetal, diremos algunas palabras sobre los que estaban excluidos de ella.


El primero era “la levadura”. “Ninguna ofrenda que ofreciereis a Jehová será con levadura” (v. 11). De un extremo al otro del libro divinamente inspirado, sin ninguna excepción, la “levadura” representa el mal. En el capítulo 7, versículo 13, de este libro, tal como lo veremos muy pronto, las tortas de pan leudo formaban parte de la ofrenda que acompañaba al sacrificio de paz; luego, en el capítulo 23, encontramos aun la levadura en los dos panes ofrecidos el día de Pentecostés; pero, en cuanto a la ofrenda vegetal, la levadura estaba cuidadosamente excluida. En ella no debía haber nada ácido, nada que hiciera levantar la masa, nada que expresara el mal en lo que representaba a “Jesucristo hombre”. En él no había nada agrio, ni engreimiento moral; todo era puro, sólido, sincero. A veces su palabra podía cortar hasta lo vivo, pero en sí misma nunca era agria ni orgullosa. Su modo de proceder atestiguaba siempre que en realidad andaba en la presencia de Dios.

Sabemos demasiado bien cuán a menudo, entre los que pertenecen a Cristo, la levadura se muestra con todas sus propiedades y sus efectos. Nunca hubo sobre la tierra más que un solo Ser que haya realizado la ofrenda vegetal perfectamente sin levadura; y, gracias a Dios, esta ofrenda realizada es para nosotros, para nutrirnos de ella en el santuario de la presencia divina, en comunión con Dios. Ningún ejercicio puede ser realmente más edificante y dar mayor refrigerio al entendimiento renovado que meditar acerca de la perfección sin levadura de la humanidad de Cristo y contemplar la vida y el ministerio de Aquel que fue absoluta y esencialmente sin levadura en sus pensamientos, en sus afectos y en sus deseos. Él fue constantemente el Hombre perfecto, sin pecado, sin tacha. Cuanto más podamos comprender estas cosas por el poder del Espíritu, tanto más profunda y bendita también será la experiencia que haremos acerca de la gracia que condujo a este Ser perfecto a ponerse él mismo bajo todas las consecuencias de los pecados de su pueblo, como lo hizo en la cruz. Pero esta última consideración, sin embargo, se refiere al punto de vista bajo el cual el sacrificio por el pecado nos lo presenta a nuestro Señor. En la ofrenda vegetal no se trata del pecado. No es la figura de una víctima por el pecado, sino de un Hombre real, perfecto, sin tacha, engendrado y ungido por el Espíritu Santo, poseedor de una naturaleza sin levadura, quien vivió una vida sin levadura, haciendo subir siempre hacia Dios el perfume de su propia y personal excelencia y observando entre los hombres una conducta caracteri¬zada por la gracia sazonada con sal.

b) La miel

Había aun otra sustancia, tan positivamente excluida de la ofrenda vegetal como la levadura: “la miel”. “Porque de ninguna cosa leuda, ni de ninguna miel, se ha de quemar ofrenda para Jehová” (v. 11). Así como la levadura es la expresión de lo positivamente malo en su naturaleza, podemos considerar a “la miel” como el símbolo significativo de lo que en apariencia es dulce y atractivo. Ni una ni otra es aceptada por Dios; las dos cosas estaban excluidas de la ofrenda vegetal; las dos también eran incompatibles con el altar. Los hombres bien pueden, a ejemplo de Saúl, hacer distinción entre lo que a sus ojos es “vil y flaco” (1.º Samuel 15:9) y lo que es precioso; pero el juicio de Dios pone al vivaracho y agraciado Agag al mismo nivel que el último de los hijos de Amalec. Sin duda, en el hombre hay a menudo buenas cualidades morales que deben ser tenidas en cuenta según lo que valen. “¿Hallaste miel? come lo que te basta” (Proverbios 25:16), pero recuerda que no había lugar para ella ni en la ofrenda vegetal ni en su Arquetipo. En éste se hallaba la plenitud del Espíritu Santo, el buen olor del incienso, la acción preservadora de la “sal del pacto”. Todas estas cosas acompañaban a la “flor de harina” en la Persona de la verdadera “ofrenda vegetal”, pero no “la miel”.

¡Qué lección para nuestros corazones, qué volumen de sana instrucción tenemos aquí! Nuestro Señor Jesucristo sabía dar a la naturaleza y a las relaciones naturales el lugar que les convenía. Él sabía cuál era la cantidad de “miel que bastaba”. Podía decir a su madre: “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (Lucas 2:49) y, sin embargo, podía decir al discípulo amado: “He aquí tu madre” (Juan 19:27). En otras palabras, los derechos de la naturaleza nunca debían usurpar la consagración a Dios de todas las energías de la perfecta humanidad de Cristo. María, y otros también, habrían podido figurarse que sus relaciones humanas con el Salvador les daban algún derecho, o alguna influencia, fundados en motivos puramente naturales. “Vienen después sus hermanos (según la carne) y su madre, y quedándose afuera, enviaron a llamarle. Y la gente que estaba sentada alrededor de él le dijo: Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan”. ¿Cuál fue la respuesta de Aquel que era perfectamente la ofrenda vegetal? ¿Sacrificó su obra al instante a los llamamientos de la naturaleza? De ningún modo. Si lo hubiera hecho, eso habría sido mezclar “miel” a la ofrenda, lo cual no podía ser. La miel fue fielmente rechazada en esta ocasión y en todas las demás en las que los derechos de Dios debían ser salvaguardados en primer lugar y, en cambio, el poder del Espíritu, el buen olor del incienso y las enérgicas virtudes de la sal resaltaron de un modo bendito: “Él les respondió, diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre” (Nota [3]) (Marcos 3:31-35).

Pocas cosas hay que el siervo de Dios encuentre más difíciles en la práctica que la exactitud espiritual tan necesaria para regular los derechos naturales de tal suerte que no usurpen los del Señor. En nuestro Salvador, como lo sabemos, esto se conciliaba de modo divino. En cuanto a nosotros, nos sucede a menudo que los deberes verdaderamente según Dios son abiertamente descuidados para hacer lo que nosotros nos imaginamos que es el servicio de Cristo. Aun en medio de una aparente obra evangélica, se descuida a menudo la doctrina de Dios. Nuna debe perderse de vista que el punto de partida de la verdadera devoción está siempre colocado de modo que salvaguarde completamente todos los derechos de la piedad.

Si ocupo un lugar que exige mis servicios desde las diez de la mañana hasta las cuatro de la tarde, no tengo derecho, durante esas horas, a salir, ni aun para hacer una visita cristiana o para predicar el Evangelio. Si estoy en el comercio, debo consagrarme a él fiel y piadosamente. No puedo ni debo correr de aquí para allá a fin de evangelizar, mientras que mi responsabilidad en la oficina es la de ordenar las cuentas; eso sería exponer al oprobio la santa doctrina de mi Dios. «Yo me siento» —dirá alguno— «llamado a predicar el Evangelio, y compruebo que mi empleo o mi comercio es una carga y un obstáculo». Pues bien: si usted es llamado y está calificado por Dios para la obra evangélica y no puede conciliar las dos cosas, entonces renuncie a su em¬pleo, reduzca o deje su comercio de una manera verdaderamente piadosa y vaya a predicar en el nombre del Señor. Esto es abnegación, ésta es la devoción según Dios. Fuera de ello, aun con buenas intenciones, no hay más que confusión, en realidad. Gracias a Dios, tenemos un ejemplo perfecto delante de nosotros, en la vida de nuestro Señor Jesucristo, así como tenemos amplias directivas para el nuevo hombre en la Palabra de Dios, de suerte que podemos marchar, sin extravíos, en las diversas posiciones que la Providencia divina nos pueda llamar a ocupar y en las diversas obligaciones que el gobierno moral de Dios ha unido a estas relaciones.


COCCIÓN DE LA OFRENDA VEGETAL: UN SACRIFICIO DE GRATO OLOR HECHO AL FUEGO

El segundo punto que tenemos que considerar es el modo de disponer o preparar la ofrenda vegetal. Esta preparación, como leemos, se verificaba por la acción del fuego. La ofrenda vegetal podía ser “cocida al horno”, “cocida en sartén” o “cocida en cazuela”. El acto de cocer sugiere la idea de padecimiento. Pero, atendiendo a que la ofrenda vegetal se llama “de olor grato” —término que jamás se emplea en el sacrificio por el pecado o en el sacrificio por la culpa—, es evidente que no se encuentra aquí la idea de padecer por el pecado, de sufrir la ira de Dios a causa del pecado, de padecer de parte de la Justicia infinita como sustituto de los pecadores. Estas dos ideas de “olor grato” y de sufrimiento por el pecado son absolutamente incompatibles según la economía levítica. Introducir la idea de sufrimiento por el pecado sería destruir completamente el tipo de la ofrenda vegetal.

Al considerar la vida de nuestro Señor Jesucristo, la que, como ya lo hemos dicho, es el objeto especial prefigurado en la ofrenda vegetal, podemos señalar en ella tres distintos géneros de padecimientos, a saber: padecimiento por la justicia, padecimiento en virtud de la simpatía y padecimiento por anticipación.

a) Sufrimiento por la justicia

Jesús, como Justo Siervo de Dios, sufrió en medio de una escena en la que todo le era contrario, pero eso es precisamente lo opuesto a sufrir por el pecado. Es extremadamente importante distinguir bien estas dos clases de padecimientos, porque de su confusión resultan graves errores. Si se vive en medio de los hombres, sufrir como justo por amor a Dios, es una cosa, y padecer en lugar de los hombres, de parte de Dios, es otra muy distinta. Nuestro Señor Jesucristo sufrió por la justicia durante su vida y sufrió por el pecado en su muerte. Durante su vida los hombres y Satanás dirigieron todos sus esfuerzos contra él, e incluso en la cruz desplegaron todas sus fuerzas; pero, cuando hubieron hecho todo lo que estaba a su alcance, cuando en su mortal enemistad hubieron llegado al límite de la oposición humana y diabólica, aun había, más allá de todo eso, una región de impenetrable oscuridad y horror que el Portador del pecado debía atravesar para cumplir su obra. Durante su vida anduvo siempre en la luz, sin sombras, de la faz de Dios; mas, en el madero maldito, las sombrías tinieblas del pecado sobrevinieron, le ocultaron esta luz e hicieron salir de su boca este grito misterioso: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Fue ése un momento absolu¬tamente excepcional en los anales de la eternidad. De vez en cuando, durante la vida de Cristo en la tierra, el cielo se abrió para dar paso a la expresión de la complacencia de Dios en él, mas en la cruz, Dios le abandonó porque él había puesto su alma como oblación por el pecado. Si Cristo hubiera llevado el pecado durante toda su vida, entonces no habría habido ninguna diferencia entre la cruz y su existencia anterior en la tierra. ¿Por qué nunca fue abandonado por Dios antes de la cruz? ¿Qué diferencia había entre Cristo en la cruz y Cristo en el santo monte de la transfiguración? ¿Había sido abandonado por Dios en el monte? ¿Llevaba entonces el pecado? Estas cuestiones muy sencillas deberían ser contestadas por quienes sostienen que Cristo estuvo cargado con nuestros pecados durante toda su vida.

El hecho es sencillamente éste: nada, absolutamente nada, ya sea en la humanidad de Cristo, ya sea en sus relaciones diversas, podía ponerle en unión con el pecado, o con la ira de Dios o con la muerte. Él fue “hecho pecado” en la cruz, donde soportó la ira de Dios, poniendo su vida como una plenamente suficiente expiación del pecado; pero no es ésta la cuestión en el tipo de la ofrenda vegetal. Tenemos en ella, es verdad, la acción de cocer, la acción del fuego, pero éste no es aquí la ira de Dios. La ofrenda vegetal no era una oblación por el pecado sino una ofrenda de “olor grato”. De modo que la significación está bien determinada, y, además, una sana y correcta interpretación de esta figura contribuirá a hacernos retener constantemente, con santo celo, la preciosa verdad de la inmaculada humanidad de Cristo. Hacer de él, únicamente a causa de su nacimiento, un portador del pecado, siempre colocado por eso mismo bajo la maldición de la ley y bajo la ira de Dios, es ponerse en contradicción con toda la verdad divina relativa a la encarnación, verdad anunciada por el ángel y frecuentemente repetida por el apóstol inspirado. Además, esto es destruir el objeto y el carácter de la vida de Cristo, es despojar a la cruz de su gloria distintiva, es rebajar la noción del pecado y la de la expiación. En una palabra, es quitar la piedra principal del ángulo a la arcada de la Revelación y dejar todo lo que nos rodea en una ruina y una confusión irremediables.

b) Sufrimiento por simpatía

Pero nuestro Señor Jesucristo sufrió también por simpatía, y este género de sufrimiento nos hace penetrar en la intimidad de su corazón lleno de ternura. Los dolores y las miserias humanas siempre hacían vibrar una cuerda sensible en las profundidades de su amor. Era imposible que un corazón humano perfecto no se compadeciese, según su divina capacidad, de las miserias que el pecado había legado a la posteridad de Adán. Aunque personalmente estaba exento de la causa y del efecto, aunque pertenecía al cielo y vivía una vida celeste en la tierra, no por eso dejaba de descender, por el poder de una viva simpatía, a los profundos abismos del sufrimiento humano; sí, él sentía el dolor mucho más vivamente que los que lo sufrían, y ello precisamente porque su humanidad era perfecta. Además, era capaz de considerar la pena y su causa, exactamente según la naturaleza y el grado de ellas en la presencia de Dios. Sentía como ningún otro ha sentido. Sus sentimientos, sus afectos, sus simpatías, todo su Ser moral y mental eran perfectos; por eso ningún hombre puede decir, ni aun concebir, lo que tal Ser debe de haber padecido al atravesar un mundo como el nuestro. Veía a la familia humana luchando bajo el peso abrumador de la culpabilidad y la miseria; veía a toda la creación gimiendo bajo el yugo; el grito de los cautivos llegaba a sus oídos, las lágrimas de las viudas se ofrecían a sus miradas, la desnudez y la pobreza tocaban su corazón sensible; la enfermedad y la muerte le hacían “conmoverse en su espíritu”, sus padecimientos por simpatía sobrepujaban toda comprensión humana.

He aquí un pasaje que nos parece apropiado para hacer resaltar el carácter de los padecimientos de que hablamos. “Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mateo 8:16, 17). Esto era pura simpatía; era la capacidad de compartir, que en él era perfecta. Él mismo no tenía enfermedades ni impedimentos físicos, mas por simpatía, perfecta simpatía, “él mismo tomó nuestras enfermedades y llevó nuestras dolencias”. Esto es lo que nadie más que un hombre perfecto habría podido hacer. Nosotros podemos simpatizar unos con otros; pero sólo Jesucristo podía apropiarse de las enfermedades y dolencias humanas como algo suyo.

Si él hubiera llevado estos dolores en virtud de su nacimiento o de sus relaciones con Israel y con los hombres en general, perderíamos toda la belleza y el valor de sus simpatías voluntarias. Ya no habría habido lugar para una acción voluntaria si hubiese estado colocado bajo una necesidad absoluta. Pero, por otra parte, cuando le vemos completamente exento —sea personal, sea relativamente— de toda miseria humana y de lo que es la causa de ella, podemos comprender, en alguna medida por lo menos, esa gracia y esa compasión perfectas que le condujeron a tomar nuestras dolencias y llevar nuestras enfermedades merced a una verdadera y poderosa simpatía. Hay, pues, evidente diferencia entre Cristo padeciendo porque simpatizaba voluntariamente con las miserias humanas, y Cristo sufriendo como sustituto de los pecadores. Los sufrimientos de la primera especie aparecen a través de la vida entera del Redentor; los de la segunda están limitados a su muerte.

c) Sufrimientos por anticipación

Consideremos, finalmente, los padecimientos de Cristo por anticipación. Vemos la cruz que proyecta su sombra fúnebre sobre toda su carrera y produce un género de vivísimos sufrimientos que, sin embargo, deben distinguirse tanto de sus sufrimientos expiatorios como de sus sufrimientos por causa de la justicia, o de sus sufrimientos por simpatía. Citemos un pasaje en apoyo de este aserto: “Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” (Lucas 22:39-44). Otra vez leemos: “Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo… Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad” (Mateo 26:37-42).


Es evidente, según estos pasajes, que el Señor tenía entonces en perspectiva algo que no había encontrado antes. Había para él una “copa” completamente llena, de la que no había bebido aún. Si durante toda su vida hubiera estado cargado con nuestros pecados ¿de dónde podría provenir esta horrible “agonía”, producida por el pensamiento de estar en contacto con el pecado y de tener que sufrir la ira de Dios a causa del mismo? ¿Qué diferencia habría entre Cristo, en Getsemaní, y Cristo en el Calvario, si durante toda su vida hubiera llevado el pecado? Había, ciertamente, entre estas dos posiciones una diferencia esencial que justamente provenía del hecho de que Cristo no llevó pecado durante su vida entera. Esta diferencia, hela aquí: en Getsemaní, anticipaba la cruz; en el Calvario, sufría realmente la cruz. En Getsemaní “le apareció un ángel del cielo para fortalecerle”; en el Calvario fue abandonado por todos. Allí no había ningún ministerio de ángeles. En Getsemaní se dirigió a Dios como a su “Padre”, gozando así plenamente de la comunión de esta relación inefable, pero en el Calvario clamó diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Aquí, Aquel que llevaba nuestros pecados mira a lo alto y ve el trono de la Justicia eterna envuelto en profundas tinieblas, y la faz de la Santidad eterna vuelta de él, porque era “hecho pecado por nosotros”.

Esperamos que nuestros lectores comprendan sin dificultad esto de que hablamos cuando estudien este asunto por sí mismos. Podrán seguir detalladamente los tres géneros de sufrimiento de la vida de nuestro Señor y distinguirlos de sus sufrimientos de muerte, o de sus sufrimientos por el pecado. Se convencerán de que, aun después de que los hombres y Satanás hubieron hecho sus últimos esfuerzos contra Cristo, le quedaba aún un género de sufrimiento absolutamente especial, a saber: sufrir de parte de Dios a causa del pecado; sufrir como sustituto de los pecadores. Antes de la cruz podía mirar siempre al cielo y gozar de la claridad de la faz del Padre. En sus horas más sombrías, encontraba siempre fuerzas y consolación en lo alto. Su camino en la tierra era rudo y penoso. ¿Cómo podía ser de otro modo en un mundo en el cual todo estaba en oposición a su pura y santa naturaleza? Tuvo que sufrir “tal contradicción de pecadores contra sí mismo” (Hebreos 12:3). Tuvo que ver caer “sobre sí” los vituperios de los que vituperaban a Dios. ¿Qué no tuvo que sufrir? No era comprendido, eran mal interpretadas todas sus palabras y sus hechos, se abusaba de él, se le engañaba, se le envidiaba, se le acusaba de ser un insensato y de tener demonio. Fue traicionado, negado, abandonado, burlado, ultrajado, abofeteado, abucheado, coronado de espinas, desechado, condenado y clavado en una cruz entre dos malhechores. Todas estas cosas las sufrió de parte de los hombres, juntamente con los indecibles terrores con que Satanás buscaba abrumar su alma, pero, digámoslo una vez más con la mayor certeza: cuando el hombre y Satanás hubieron agotado todo su poder y su odio, nuestro Señor y Salvador debió pasar por un sufrimiento a cuyo lado todo lo demás no era nada; sufrimiento que consistía en que la faz de Dios se ocultaba de él, en que durante tres horas de tinieblas y de espantosa oscuridad tuvo que sufrir lo que nadie más que Dios puede conocer.

Cuando las Escrituras hablan de nuestra comunión con los padecimientos de Cristo, ello se refiere únicamente a sus sufrimientos por la justicia, a sus padecimientos por parte de los hombres. Cristo sufrió por el pecado para que nosotros no tuviéramos que sufrir por esa causa. Soportó la ira de Dios para que nosotros no tuviéramos que soportarla. Éste es el fundamento de nuestra paz. Pero, con relación a los sufrimientos de parte de los hombres, experimentaremos siempre que, cuanto más fielmente sigamos las huellas de Cristo, más también tendremos que sufrir por esta causa; pero esto es, para el cristiano, un don, un privilegio, un favor, un honor (véase Filipenses 1:29-30). Seguir las huellas de Cristo, tener la misma parte que él tuvo, estar colocado de modo que se pueda simpatizar con él, éstos son privilegios del orden más elevado. ¡Quiera Dios que estemos más íntimamente iniciados! Pero, lamentablemente, nos contentamos cómodamente con abstenernos de ello o, como Pedro, con seguir “de lejos” al Señor, con mantenernos a distancia de un Cristo despreciado y sufriente. Esta tibieza es, sin duda, una gran pérdida para nosotros. Si la comunión con los padecimientos de Cristo nos fuese más familiar, la corona aparecería con resplandor más espléndido ante los ojos de nuestra alma. Cuando evitamos esta comunión de padecimientos con Cristo, nos privamos del gozo vivo y profundo que es porción de aquellos que le siguen, como asimismo de la fuerza moral de la esperanza de su próxima gloria.


LA PARTE DE LOS SACERDOTES

Como ya hemos examinado los ingredientes que compo¬nían la ofrenda vegetal y las diversas formas bajo las cuales se podía ofrecer, sólo nos resta considerar lo atinente a las personas que tomaban parte en esa ceremonia. Ellos eran el jefe y los miembros de la familia sacerdotal. “Y lo que resta de la ofrenda será de Aarón y de sus hijos; es cosa santísima de las ofrendas que se queman para Jehová” (v. 10). Como lo hemos visto en el holocausto, los hijos de Aarón se nos presentan como figura de todos los verdaderos creyentes, no como pecadores convictos, sino como sacerdotes que adoran; asimismo en la ofrenda vegetal los vemos alimentándose de los restos de lo que, por decirlo así, había servido a la mesa del Dios de Israel (comp. Malaquías 1:7). Era éste un privilegio tan distinguido como santo, del que sólo los sacerdotes podían gozar, como está claramente señalado en la ley de la ofrenda vegetal que citaremos completa: “Ésta es la ley de la ofrenda: La ofrecerán los hijos de Aarón delante de Jehová ante el altar. Y tomará de ella un puñado de la flor de harina de la ofrenda, y de su aceite, y todo el incienso que está sobre la ofrenda, y lo hará arder sobre el altar por memorial en olor grato a Jehová. Y el sobrante de ella lo comerán Aarón y sus hijos; sin levadura se comerá en lugar santo; en el atrio del tabernáculo de reunión lo comerán. No se cocerá con levadura; la he dado a ellos por su porción de mis ofrendas encendidas; es cosa santísima, como el sacrificio por el pecado, y como el sacrificio por la culpa. Todos los varones de los hijos de Aarón comerán de ella. Estatuto perpetuo será para vuestras generaciones tocante a las ofrendas encendidas para Jehová; toda cosa que tocare en ellas será santificada” (Levítico 6:14-18).

Aquí se nos ofrece una hermosa figura de la Iglesia, alimentándose, en “el lugar santo”, de las perfecciones de Jesucristo Hombre, con el poder de la santidad práctica. Ésta es nuestra porción, por la gracia de Dios, pero recordemos que debe comerse “sin levadura”. No podemos alimentarnos de Cristo si nos complacemos en un pecado cualquiera: “Toda cosa que tocare en ellas será santificada”. Esto debe hacerse “en el lugar santo”. Nuestra posición, nuestra marcha, nuestra conducta, nuestras personas, nuestras relaciones, nuestros pensamientos deben ser santos si queremos poder alimentarnos de la ofrenda vegetal. Finalmente, “todos los varones de los hijos de Aarón comerán de ella”. Es decir que se necesita una verdadera energía sacerdotal según la Palabra para gozar de esta santa porción. Los hijos de Aarón expresan la idea de energía en la acción sacerdotal; mientras que sus hijas representan la debilidad o flaqueza (comp. Números 18:8-13). Había cosas que podían ser comidas por los hijos, pero no por las hijas. Nuestros corazones deberían desear ardientemente la más alta medida de energía sacerdotal, a fin de que estuviésemos en estado de cumplir las funciones sacerdotales más elevadas y de participar en el orden más elevado del alimento sacerdotal.


Para concluir, sólo añadiremos que, así como por la gracia somos hechos “participantes de la naturaleza divina”, podemos, si vivimos con la energía de esta naturaleza, seguir las huellas de Aquel que está prefigurado en la ofrenda vegetal. Si renunciamos a nosotros mismos, si nos despojamos del «yo», cada uno de nuestros actos puede despedir un olor agradable a Dios. Así consideraba Pablo la liberalidad de los filipenses a su respecto (Filipenses 4:18). Los servicios más oscuros, así como los más grandes, pueden, por el poder del Espíritu Santo, presentar el olor de Cristo. Hacer una visita, escribir una carta, ejercer el ministerio público de la Palabra, dar un vaso de agua fría a un discípulo, o algunos centavos a un pobre, lo mismo que los ordinarios actos de comer y beber, todo puede exhalar el suave perfume del nombre y de la gracia de Jesucristo.


Así, también, si mortificamos la naturaleza carnal, somos capaces de manifestar principios y elementos incorruptibles, como, por ejemplo, palabras sazonadas con la sal de una habitual comunión con Dios. Mas en todas estas cosas tropezamos y faltamos. Contristamos al Espíritu de Dios con nuestra conducta. También nos sentimos inclinados a agradarnos a nosotros mismos o a buscar la aprobación de los hombres, incluso en nuestros mejores servicios, y descuidamos la necesidad de «sazonar» nuestra conversación. De ahí que constantemente carezcamos del aceite, del incienso y de la sal; mientras que, al mismo tiempo, se muestra en nosotros la tendencia a dejar aparecer y obrar la levadura o la miel de la naturaleza. No ha habido más que una sola “ofrenda vegetal” perfecta, pero, gracias a Dios, somos aceptados y hechos agradables en quien ha sido esa ofrenda. Nosotros somos la familia del verdadero Aarón; nuestro lugar está en el santuario, donde podemos gozar de nuestra santa porción. ¡Dichoso lugar! ¡Dichosa porción! ¡Quiera Dios que disfrutemos de ellos mucho más que nunca! ¡Ojalá tengamos nuestros corazones más apartados del mundo y más cerca de Cristo! ¡Ojalá podamos mantener tan habitualmente nuestras miradas fijas en él que las vanidades que nos rodean ya no tengan atractivo para nosotros y no nos dejemos preocupar o agitar por la multitud de circunstancias diarias que tenemos que atravesar! ¡Quiera Dios que podamos gozarnos en el Señor siempre, tanto en los días de sol como en los días de oscuridad, cuando las dulces brisas del estío vienen a refrescarnos o cuando las tempestades del invierno se desencadenan a nuestro alrededor, cuando bogamos en la superficie de un tranquilo lago o cuando somos sacudidos en un mar tempestuoso. Gracias a Dios, hemos encontrado a Aquel que es y será eternamente nuestra porción plenamente suficiente para satisfacer todas nuestras necesidades. Pasaremos la eternidad contemplando las divinas perfecciones del Señor Jesús. Nuestros ojos ya no se apartarán nunca jamás de él una vez que le hayamos visto tal como él es.

¡Que el Espíritu Santo obre poderosamente en nosotros para fortalecernos “en el hombre interior”! ¡Que nos haga capaces de nutrirnos de esta perfecta ofrenda vegetal, cuyo memorial ha satisfecho a Dios mismo! Éste es nuestro santo y feliz privilegio. ¡Quiera el Señor que podamos realizarlo siempre más, siempre mejor!

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Comentarios
Usuario
12:21:32 PM 02/10/2015
Edwin de Jeús dice:
muy buena interpretación de las escerituras biblicas. Me gusto mucho.

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