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"Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe ..."
Efesios 4:11−12.
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CAPITULO 3. EL SACRIFICIO DE PAZ: LA COMUNIÓN
Por C. H. Mackintosh
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Cuanto más atentamente examinamos las ofrendas, más nos convencemos de que ninguna de ellas presenta por sí sola un tipo completo de Cristo. Solamente reuniéndolas todas uno puede formarse una idea algo más ajustada. Cada ofrenda, como era de esperar, tiene rasgos que le son peculiares. El sacrificio de paz difiere en muchos aspectos del holocausto, y una distinción clara y exacta de las facetas en que un tipo difiere de los otros ayudará mucho a comprender la significación especial de él.


Diferencia entre el holocausto y el sacrificio de paz

Así, si comparamos el sacrificio de paz con el holocausto vemos que el triple acto de “desollar” la víctima, de “dividirla en sus piezas” y de “lavar sus intestinos y sus piernas” se omite completamente en aquél, lo que es comprensible. En el holocausto, como lo hemos visto, encontramos a Cristo ofreciéndose a sí mismo a Dios y siendo aceptado; por consiguiente, el tipo debía representar a Cristo dándose enteramente a Dios, como así también a Cristo dejándose sondear hasta el fondo del alma por el fuego de la justicia divina. En el sacrificio de paz, el pensamiento principal es la comunión del adorador. No representa a Cristo como objeto exclusivo de contentamiento para Dios, sino a Cristo como objeto de gozo para el adorador, en comunión con Dios. Por eso toda la acción es aquí menos intensa. Ninguna alma, por grande que fuera su amor, podría elevarse a la altura de la completa consagración de Cristo a Dios, o de la aceptación de Cristo por Dios. Sólo Dios podía contar las pulsaciones del corazón que latía en el seno de Jesús, y por eso era necesario un tipo que representara ese rasgo de la muerte de Cristo, es decir, su entera y voluntaria devoción a Dios. Este tipo lo tenemos en el holocausto, único sacrificio en el que vemos la triple acción antes mencionada.

Así, también, en cuanto al carácter de la víctima. En el holocausto debía ser “un macho sin defecto”, mientras que en el sacrificio de paz podía ser “macho o hembra”, aunque igualmente “sin tacha”. La naturaleza de Cristo debe ser siempre la misma, así sea Dios solo o el adorador en comunión con Dios los que gocen de él. Esta naturaleza no podría cambiar. La sola razón por la que se podía tomar “una hembra” para el sacrificio de paz, era que se tratara de representar la capacidad del adorador para gozar de este Ser bendito, quien es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8).

Además, en el holocausto, leemos: “El sacerdote lo hará arder todo sobre el altar”, mientras que, en el sacrificio de paz, solamente una parte era quemada, a saber, “la grosura que cubre los intestinos, y toda la grosura que está sobre las entrañas, y los dos riñones y la grosura que está sobre ellos, y sobre los ijares; y con los riñones quitará la grosura de los intestinos que está sobre el hígado” (v. 3-4). Esto hace extremadamente sencilla la comprensión. La mejor parte del sacrificio era puesta sobre el altar de Jehová. El interior —las fuerzas más recónditas, las tiernas simpatías de Jesús— no eran más que para Dios, el único que podía gozar de ellas perfectamente. Aarón y sus hijos comían “el pecho que se mece y la espaldilla elevada”. (Nota [4]) (Examínese atentamente Levítico 7:28-36).

Todos los miembros de la familia sacerdotal, en comunión con su jefe, tenían individualmente su porción del sacrificio de paz. Y ahora todos los verdaderos creyentes constituidos, por gracia, sacerdotes de Dios, pueden alimentarse de los afectos y de la fuerza del verdadero sacrificio de paz, pueden gozar de la dichosa seguridad de que tienen su corazón amante y su potente hombro para consolarles y sostenerles continuamente. (Nota [5])

“Ésta es la porción de Aarón y la porción de sus hijos, de las ofrendas encendidas a Jehová, desde el día que él los consagró para ser sacerdotes de Jehová, la cual mandó Jehová que les diesen, desde el día que él los ungió de entre los hijos de Israel, como estatuto perpetuo en sus generaciones” (7:35-36).


Una parte común de Dios y de los sacerdotes

Todos estos puntos revelan una diferencia notable entre el holocausto y el sacrificio de paz. Pero, si se los reúne, ellos presentan las dos ofrendas con gran claridad a los ojos del espíritu. En la ofrenda de paz hay algo más que la perfecta sumisión de Cristo a la voluntad de Dios. El adorador es introducido, y no sólo para mirar, sino para comer. Esto es lo que da un carácter muy marcado a esta ofrenda. Cuando consideramos a nuestro Señor Jesucristo en el holocausto, vemos en él un Ser cuyo corazón no miraba más que la gloria de Dios y el cumplimiento de su voluntad. Pero, si le consideramos en el sacrificio de paz, encontramos un amigo que tiene un lugar, en su corazón amante y sobre su poderoso hombro, para un pecador indigno y miserable. En el holocausto, el pecho y la espaldilla, las piernas y el vientre, la cabeza y la grasa, todo era quemado sobre el altar, todo subía en olor grato a Jehová.

Pero, en el sacrificio de paz, la parte que más nos conviene queda para nosotros. Y no permanecemos en soledad para nutrirnos de lo que responde a nuestras necesidades individuales; de ningún modo. Lo comemos en comunión con Dios y en comunión con nuestros co-sacerdotes. Comemos con el pleno y feliz conocimiento de que el mismo sacrificio que nutre nuestra alma, ha refrigerado ya el corazón de Dios, y que la misma porción que nos alimenta, alimenta también a todos aquellos que adoran al Señor como nosotros. Aquí está representada la comunión: la comunión con Dios y la comunión de los santos. No había ningún aislamiento en el sacrificio de paz; Dios tenía su porción y la familia sacerdotal tenía también la suya. Lo mismo sucede en cuanto al Arquetipo del sacrificio de paz. El mismo Jesús, quien es el objeto de las delicias del cielo, es una fuente de gozo, de fuerza y de consuelo para todo corazón creyente; y no sólo para cada corazón en particular, sino también para toda la Iglesia de Dios en comunión. Dios, en su gracia inefable, dio a su pueblo el mismo objeto que Él tiene: “Y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1.ª Juan 1:3). Es verdad que nuestros pensamientos acerca de Jesús no pueden alcanzar nunca la altura de los pensamientos de Dios. Nuestra apreciación de su Persona será siempre muy inferior a la suya. Por eso, en el tipo, la familia de Aarón no podía comer la grosura. Pero, aunque nunca podamos alcanzar la altura de los pensamientos de Dios acerca de Cristo y su sacrificio, nos ocupamos en el mismo objeto que Dios y, por lo tanto, los hijos de Aarón tenían “el pecho que se mece y la espaldilla elevada”. Todo esto es muy apropiado para consolar y regocijar el corazón. Nuestro Señor Jesucristo, Aquel que estuvo muerto, “pero que vive por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 1:18), es el único objeto digno de consideración para la mirada y los pensamientos de Dios; y él, en su perfecta gracia, nos ha dado una parte en esta misma Persona gloriosa. Cristo es también nuestro objeto: el objeto de nuestros corazones y el tema de nuestro cántico. Cuando él hubo hecho “la paz por la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20) subió al cielo y envió al Espíritu Santo, este “otro Consolador”, por cuyo poderoso ministerio podemos alimentarnos del “pecho y la espaldilla” de nuestro divino “Sacrificio de paz”. Él es, en efecto, nuestra paz, y es nuestro gozo saber que es tal el agrado que tiene Dios en la obra del que hizo nuestra paz, que el suave olor de nuestro sacrificio de paz regocija su corazón. Esto es lo que da a esta figura un atractivo particular; Cristo, como holocausto, despierta la admiración del corazón; Cristo, como sacrificio de paz, establece la paz de la conciencia y responde a las grandes y numerosas necesidades del alma. Los hijos de Aarón podían estar alrededor del altar de los holocaustos, podían ver subir la llama de la ofrenda hasta el Dios de Israel; podían ver el sacrificio reducido a cenizas; ante esta escena podían inclinar sus cabezas y adorar, pero no tomaban nada para sí mismos. No era así en el sacrificio de paz. En él veían una ofrenda que no sólo era de olor grato para Dios, sino que también les proporcionaba una porción sustanciosa, de la que podían alimentarse en feliz y santa comunión.

El gozo de la comunión

Sin duda, es una gran alegría para todo verdadero sacerdote saber (para servirnos del lenguaje de la figura) que antes de que él reciba el pecho y la espaldilla, Dios ha tenido su porción. Este pensamiento da unción, energía, solemnidad y grandeza al culto y a la comunión. Nos descubre la asombrosa gracia de Dios que nos ha dado el mismo objeto, el mismo tema de dicha, el mismo gozo que él tiene. Nada menos que esto podía satisfacerle. El padre quiere que el hijo pródigo participe del becerro grueso con él. No quiere que se siente en otro lugar que no sea su propia mesa ni tenga otra porción que aquella de la que Él mismo se alimenta. El sacrificio de paz es la traducción de estas palabras: “Era necesario hacer fiesta y regocijarnos”. ¡Tal es la preciosa gracia de Dios! Sin duda, tenemos motivos para estar alegres de participar de una gracia semejante, pero, cuando podemos oír a Dios diciendo: “Comamos y hagamos fiesta”, nuestros corazones deberían desbordar de alabanzas y acciones de gracias. La alegría de Dios por la salvación de los pecadores y su gozo por la comunión de los santos son dos aspectos cuya consideración es muy apropiada para excitar la admiración de los hombres y de los ángeles durante toda la eternidad.

Diferencia entre la ofrenda vegetal y el sacrificio de paz

Hemos comparado así el sacrificio de paz con el holocausto; considerémosle ahora en sus relaciones con la ofrenda vegetal. La principal diferencia consiste en que en el sacrificio de paz había derramamiento de sangre, cosa que no había en la ofrenda vegetal. Sin embargo, las dos eran ofrendas de olor grato y estaban estrechamente ligadas entre sí, como lo vemos en el versículo 12 del capítulo 7. Estas relaciones y estos contrastes son a la vez muy instructivos e importantes.
Sólo en la comunión con Dios el alma se puede gozar al contemplar la perfecta humanidad de nuestro Señor Jesucristo. Es preciso que el Espíritu Santo comunique, como así también es preciso que dirija, por la Palabra, nuestra capacidad para mirar “a Jesucristo Hombre”. Él habría podido ser revelado “en semejanza de carne de pecado” (Romanos 8:3); habría podido vivir y trabajar en esta tierra; habría podido brillar en medio de las tinieblas de este mundo con todo el resplandor celeste que pertenecía a su Persona; habría podido pasar rápidamente como un brillante meteoro sobre el horizonte de este mundo, y, con todo esto, estar fuera del alcance y de la vista del pecador.

El hombre no podía experimentar la profunda alegría que da la comunión con todo esto, sencillamente porque no había base en la que pudiese descansar esta comunión. En el sacrificio de paz, esta base tan necesaria está plena y claramente establecida: “Pondrá su mano sobre la cabeza de su ofrenda y la degollará a la puerta del tabernáculo de reunión; y los sacerdotes hijos de Aarón rociarán su sangre sobre el altar alrededor” (3:2). Este sacrificio nos ofrece lo que no hallamos en la ofrenda vegetal, es decir, un fundamento sólido para la comunión del adorador con toda la plenitud, el valor y la hermosura de Cristo, desde el momento que el Espíritu Santo le capacita para entrar en esta comunión. Al estar en el elevado terreno en que nos coloca “la preciosa sangre de Cristo”, podemos recorrer, con corazón tranquilo y espíritu de adoración, las maravillosas escenas que se refieren a la humanidad de nuestro Señor Jesucristo. Si no tuviéramos de Cristo más que el aspecto que nos revela la ofrenda vegetal, nos faltaría el derecho y el fundamento en virtud del cual podemos hoy contemplarle y gozar de él. Si no hubiera derramamiento de sangre, no habría ni derecho ni fundamento para el pecador. Pero en Levítico 7:12 se relaciona la ofrenda vegetal con el sacrificio de paz, y de tal manera nos enseña que, cuando nuestras almas han encontrado la paz, podemos encontrar deleite en Aquel que ha “hecho la paz” y que es “nuestra paz”.

Pero debe comprenderse bien que, aun habiendo en el sacrificio de paz derramamiento y aspersión de sangre, el acto de llevar el pecado no es lo que él expresa. Cuando consideramos a Cristo en el sacrificio de paz, él no aparece como aquel que lleva nuestros pecados, tal como ocurre en el sacrificio por el pecado y por la culpa, pero, si bien los ha llevado, se nos presenta como el fundamento de nuestra feliz y apacible comunión con Dios. Si fuese cuestión de llevar el pecado, no se diría: “es ofrenda de olor grato a Jehová” (3:5; compárese con el cap. 4:10-12). Mas aunque en este caso no haya intención de representar el acto de llevar nuestros pecados, hay aquí amplia provisión para aquel que se reconoce pecador, pues sin ello no podría tener ninguna parte al respecto. Para tener comunión con Dios, es preciso que estemos “en luz” y ¿cómo podemos estar en ella? Solamente en virtud de esta preciosa verdad: “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1.ª Juan 1:7). Cuanto más estemos en luz, tanto mejor reconoceremos y sentiremos todo lo que le es contrario y tanto mejor también apreciaremos el valor de esa sangre que nos hace aptos para estar en luz. Cuanto más cerca de Dios andemos, tanto mejor conoceremos “las inescrutables riquezas de Cristo” (Efesios 3:8).


Es muy necesario que estemos bien establecidos en esta verdad: nosotros no estamos en la presencia divina más que como participantes de la vida divina y amparados por la justicia divina. El padre sólo podía recibir al hijo pródigo a su mesa si éste estaba revestido del “mejor vestido” y en toda la integridad de la relación de hijo en la que él le veía. Si el hijo pródigo hubiera conservado sus harapos, o si hubiera sido colocado en la casa como un “jornalero”, jamás habríamos oído estas dulces palabras: “Comamos y hagamos fiesta: porque éste mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado”. Esto mismo ocurre con todos los verdaderos creyentes. Su vieja naturaleza no se reconoce como existente delante de Dios. Él la considera muerta y ellos deben hacer otro tanto. Está muerta para Dios, muerta para la fe. Es necesario tenerla como tal allí donde se colocan los muertos. No podemos llegar a la presencia divina mejorando nuestra vieja naturaleza, sino poseyendo una nueva naturaleza. El hijo pródigo no obtuvo un lugar en la mesa de su padre remendando los harapos de su primera condición, sino siendo revestido de un vestido que nunca había visto y en el cual nunca habría pensado. No trajo este vestido de la “provincia apartada”; no se lo procuró en el camino de regreso, sino que el padre lo tenía para él en su casa. El hijo pródigo no lo hizo, ni ayudó a hacerlo; el padre se lo suministró y se alegró de vérselo puesto. Así se sentaron a la mesa para comer “el becerro grueso” en feliz comunión (Lucas 15:11-32).

La ley del sacrificio de paz

Llegamos ahora a la “ley del sacrificio de paz”, en la que encontraremos nuevos elementos de gran interés. La citaremos completa: “Y ésta es la ley del sacrificio de paz que se ofrece a Jehová: Si se ofreciere de acción de gracias, ofrecerá por sacrificio en acción de gracias tortas sin levadura amasadas con aceite, y hojaldres sin levadura untadas con aceite, y flor de harina frita en tortas amasadas con aceite. Con tortas de pan leudo presentará su ofrenda en el sacrificio de acciones de gracias de paz. Y de toda la ofrenda presentará una parte por ofrenda elevada a Jehová, y será del sacerdote que rociare la sangre de los sacrificios de paz. Y la carne del sacrificio de paz en acción de gracias se comerá en el día que fuere ofrecida; no dejarán de ella nada para otro día. Mas si el sacrificio de su ofrenda fuere voto, o voluntario, será comido en el día que ofreciere su sacrificio, y lo que de él quedare, lo comerán al día siguiente; y lo que quedare de la carne del sacrificio hasta el tercer día, será quemado en el fuego. Si se comiere de la carne del sacrificio de paz al tercer día, el que lo ofreciere no será acepto, ni le será contado; abominación será, y la persona que de él comiere llevará su pecado. Y la carne que tocare alguna cosa inmunda, no se comerá; al fuego será quemada. Toda persona limpia podrá comer la carne; pero la persona que comiere la carne del sacrificio de paz, el cual es de Jehová, estando inmunda, aquella persona será cortada de entre su pueblo. Además, la persona que tocare alguna cosa inmunda, inmundicia de hombre, o animal inmundo, o cualquier abominación inmunda, y comiere la carne del sacrificio de paz, el cual es de Jehová, aquella persona será cortada de entre su pueblo” (Levítico 7:11-21).

Distinción entre “el pecado en la carne” y el pecado sobre la conciencia

Es de la mayor importancia establecer distinción entre el pecado en la carne y el pecado sobre la conciencia. Si confundimos estas dos cosas, nuestras almas serán perturbadas y nuestro culto debilitado. Un examen atento de 1.ª Juan 1:8-10 arrojará mucha luz sobre este asunto, cuya comprensión es muy esencial para apreciar en su justo valor toda la doctrina del sacrificio de paz y muy especialmente el asunto particular al que hemos llegado. Nadie tendrá tanta conciencia de su pecado como el hombre que anda en luz. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”. En el versículo anterior leemos: “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. Aquí, la distinción entre el pecado en nosotros y el pecado sobre nosotros está bien marcada y establecida. Pretender que aún hay pecado sobre el creyente, en la presencia de Dios, es dudar de la eficacia de la sangre de Jesús y negar la verdad de la Palabra divina. Si la sangre de Jesucristo puede purificar por completo, entonces la conciencia del creyente está completamente purificada. Así es cómo la Palabra de Dios presenta la cuestión, y nosotros debemos recordar siempre que es de Dios mismo de quien tenemos que aprender cuál es, a sus ojos, la verdadera condición del creyente. Estamos más dispuestos a decir a Dios lo que somos en nosotros mismos que a dejarle decir lo que somos en Cristo. En otros términos, estamos más pendientes de nuestros sentimientos sobre nosotros mismos que de la revelación que Dios nos hace de sí mismo. Dios nos habla en virtud de lo que él es en sí mismo y de lo que él ha cumplido en Cristo. Tal es la naturaleza de esta revelación que la fe capta y que llena el alma de una perfecta paz. La revelación de Dios es una cosa y mis sentimientos acerca de mí mismo son otra muy distinta.

Pero la misma Palabra que nos dice que no tenemos pecado sobre nosotros, nos dice con la misma fuerza y claridad que tenemos el pecado en nosotros. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”. Todo aquel en quien está la verdad sabrá que está también “el pecado” en sí, porque la verdad revela cada cosa tal como es. ¿Qué debemos hacer, pues? Merced al poder de la nueva naturaleza tenemos el privilegio de poder andar de tal manera que “el pecado” que habita en nosotros no se manifieste en forma de “pecados”. La posición del cristiano es una posición de victoria y libertad. Está liberado no sólo de la culpa por el pecado, sino aun del pecado como principio dominante en su vida. “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él (Cristo), para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado… No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias… Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:6-14). El pecado está allí con toda su fealdad nativa, pero el creyente está “muerto al pecado”. ¿Cómo? Está muerto en Cristo. Por naturaleza estaba muerto en el pecado; por gracia está muerto al pecado. ¿Qué derecho se puede tener sobre un hombre muerto? Ninguno. “Cristo al pecado murió una vez por todas” (v. 10) y el creyente está muerto en Él. “Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive” (v. 8-10). ¿Qué resulta de esto para los creyentes? “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (v. 11). Tal es, ante Dios, la posición inalterable del creyente, de forma que tiene el alto privilegio de gozar de la liberación del pecado, como dominador de él, aunque el pecado more en él.

La confesión de los pecados

Pero “si alguno hubiere pecado” ¿qué tiene que hacer? A esta pregunta el apóstol inspirado da una respuesta de las más claras y benditas: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1.ª Juan 1:9). La confesión es el medio por el cual la conciencia es libertada. El apóstol no dice: pedimos perdón, Dios es bastante bueno y misericordioso para perdonarnos. Sin duda que es dulce, para un hijo, poder confiar el sentimiento de sus necesidades a su padre, contarle sus flaquezas, confesarle sus extravíos, sus defectos y sus faltas. Todo esto es verdad, y también es igualmente cierto que nuestro Padre es lo bastante tierno y misericordioso como para responder a toda debilidad e ignorancia de sus hijos, pero, aunque todo eso sea verdad, el Espíritu Santo declara, por boca del apóstol, que “Si confesamos… él es fiel y justo para perdonarnos”. La confesión es, pues, lo que Dios pide. Un cristiano que hubiera pecado en pensamiento, palabra u obra, podría orar durante días y meses pidiendo el perdón y, sin embargo, no tener la seguridad fundada sobre 1.ª Juan 1:9, de que está perfectamente perdonado; mientras que, desde el instante que confiesa sinceramente sus pecados ante Dios, no es más que un acto de fe saber que está perdonado y perfectamente purificado.

Diferencia entre pedir perdón y confesar los pecados

Hay una inmensa diferencia moral entre orar para pedir perdón y confesar nuestros pecados, así lo consideremos en relación con el carácter de Dios, con el sacrificio de Cristo o con el estado del alma. Es muy posible que la oración de un cristiano pueda contener, en el fondo, si no en la forma, la confesión de su pecado, cualquiera que sea, y entonces esto resulta lo mismo. Sin embargo, siempre vale más atenernos estrictamente a la Escritura en lo que pensamos, decimos y hacemos. Es evidente que, cuando el Espíritu Santo habla de confesión, no quiere decir oración. Y es igualmente evidente que él sabe bien que hay elementos espirituales en la confesión, y resultados prácticos de la misma que no pertenecen a la oración. De hecho, ocurre a menudo que el hábito de importunar a Dios para obtener el perdón de los pecados manifiesta la ignorancia en que se está, en cuanto al modo en que Dios se ha revelado en la Persona y en la obra de Cristo, en cuanto a la relación en la cual el sacrificio de Cristo ha colocado al creyente y en cuanto al divino medio de tener la conciencia aliviada de la carga y purificada de la mancha del pecado.

Dios quedó perfectamente satisfecho por la cruz de Cristo en cuanto a todos los pecados del creyente. En esta cruz fue ofrecida una completa expiación por la más insignificante traza de pecado en la naturaleza del creyente y sobre su conciencia. Por consiguiente, Dios no tiene necesidad de otra propiciación. No le hace falta nada más para sentir su corazón atraído hacia aquel que cree. No tenemos que suplicarle que sea “fiel y justo”, ya que su fidelidad y su justicia han sido tan gloriosamente demostradas, manifestadas y satisfechas en la muerte de Cristo. Nuestros pecados no pueden llegar nunca a la presencia de Dios, puesto que Cristo, quien los llevó y los quitó, está en lugar de ellos. Pero, si pecamos, nuestra conciencia lo sentirá; deberá sentirlo; sí, el Espíritu Santo nos lo hará sentir. Él no podría dejar sin juzgar ni el más ligero pensamiento nuestro. ¿Qué, pues? ¿Nuestro pecado se ha abierto un camino hasta la presencia de Dios? ¿Ha encontrado lugar en la pura luz del lugar santísimo? ¡No lo quiera Dios! Nuestro “Abogado” está allí —“Jesucristo el justo”— para mantener en toda su integridad las relaciones en que nos encontramos. Pero, aunque el pecado no pueda afectar los pensamientos de Dios con relación a nosotros, afecta nuestros pensamientos con relación a Dios. (Nota [6]). Aunque él no pueda llegar hasta su presencia, puede llegar hasta nosotros del modo más triste y humillante. Aunque él no pueda esconder al Abogado a los ojos de Dios, puede esconderlo a los nuestros. Se amontona, como un sombrío y espeso nubarrón, en nuestro horizonte espiritual, de manera que nuestras almas no pueden regocijarse a la bendita claridad de la faz de nuestro Padre. No puede alterar nuestras relaciones con Dios, pero puede alterar muy seriamente el gozo que sentimos en ellas. ¿Qué es, pues, lo que tenemos que hacer? La Palabra contesta: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Por la confesión se descarga nuestra conciencia; el dulce sentimiento de nuestra relación se restablece; la sombría nube se disipa; la helada y seca influencia desaparece y nuestros pensamientos acerca de Dios se rectifican. Tal es el método divino, y podemos decir, con toda verdad, que el corazón que sabe lo que es estar colocado en actitud de confesión, sentirá tanto mejor la divina potestad de las palabras del apóstol: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis” (1.ª Juan 2:1). Además, hay un modo de orar para pedir perdón que demuestra que se pierde de vista el perfecto fundamento del perdón que nos ha sido otorgado en virtud del sacrificio de la cruz. Si bien Dios perdona los pecados, es preciso que sea “fiel y justo” al hacerlo. Pero es muy evidente que nuestras oraciones, por fervientes y sinceras que fuesen, no podrían formar la base de la fidelidad y justicia de Dios al perdonarnos nuestros pecados. Nada, salvo la obra de la cruz, podría hacerlo. Allí fue donde la fidelidad y la justicia de Dios fueron plenamente establecidas, y ello en relación inmediata con nuestros pecados positivos, como también con relación a la raíz del pecado en nuestra naturaleza. Dios ya juzgó nuestros pecados en la persona de nuestro sustituto “sobre el madero” (1 Pedro 2:24), y en el acto de la confesión nos juzgamos a nosotros mismos. La confesión es esencial para gozar del sentimiento del perdón divino y de la restauración. El menor pecado que quedara sobre la conciencia sin confesar y sin juzgar, interrumpiría completamente nuestra comunión con Dios. El pecado en nosotros no tiene necesariamente este efecto; pero si permitimos al pecado que permanezca sobre nosotros, no podemos tener comunión con Dios. Él quitó nuestros pecados de tal manera que puede tenernos en su presencia; y en tanto permanecemos en su presencia, el pecado no nos turba. Pero si nos alejamos de Él y pecamos, aunque sólo sea en pensamiento, nuestra comunión queda interrumpida indefectiblemente hasta que, por la confesión, nos hayamos desembarazado de nuestro pecado. Todo eso, apenas hay necesidad de decirlo, está enteramente fundado sobre el perfecto sacrificio y la justa intercesión de nuestro Señor Jesucristo.

El juicio de sí mismo

Finalmente, en cuanto a la diferencia que existe entre la oración y la confesión, respecto al estado del corazón ante Dios y al sentimiento que tiene de la odiosidad del pecado, digamos que esta diferencia no podría ser apreciada en demasía. Es mucho más fácil pedir, de manera general, el perdón de nuestros pecados que confesar estos pecados. La confesión implica el juicio de sí mismo; pedir perdón no implica siempre este juicio. Esto solo bastaría para demostrar la diferencia. El juicio de sí mismo es uno de los ejercicios más preciosos y saludables de la vida cristiana, y, por consiguiente, todo lo que tiende a provocarlo debe ser muy apreciado por todo cristiano formal.

La diferencia que hay entre pedir perdón y confesar el pecado se manifiesta sin cesar en nuestras relaciones con los niños. Si un niño ha hecho algún mal, hallará menos dificultad en pedir a su padre que le perdone que en confesar su falta francamente y sin reservas. El niño puede pedir perdón y, sin embargo, dar cabida en su espíritu a muchas disculpas que tiendan a disminuir el sentimiento de su falta; piensa, tal vez secretamente, que, después de todo, no hay motivo para censurar de tal manera su conducta, aunque sea conveniente que pida perdón a su padre; en cambio, al confesar su falta, se enjuicia a sí mismo. Además, al pedir perdón, el niño puede estar influido principalmente por el deseo de escapar a las consecuencias del mal que ha hecho, mientras que los padres juiciosos procurarán producir una justa apreciación de aquel mal, la cual no puede existir sino ligada a la plena confesión de la falta, unida al examen de sí mismo.

Lo mismo sucede en cuanto a las dispensaciones de Dios acerca de sus hijos; cuando caen en alguna falta, quiere que todo pecado sea expuesto y juzgado ante él por el mismo que lo ha cometido; quiere que no sólo temamos las consecuencias del pecado —que son inmensas— sino que odiemos al pecado mismo, porque es odioso a sus ojos. Si, cuando cometemos el pecado, pudiéramos ser perdonados por el mero hecho de pedir perdón, nuestro sentimiento y nuestra aversión al pecado no serían, ni con mucho, tan intensos, y, en cambio, nuestra apreciación de la comunión que gozamos no sería tan alta. El efecto moral de todo esto sobre el estado de nuestra constitución espiritual, así como sobre nuestra conducta y nuestra marcha práctica, debe ser evidente para todo cristiano experimentado. (Nota [7])

“El pecado” y “los pecados”

Todo este encadenamiento de pensamientos está íntimamente ligado y plenamente justificado por dos grandes principios que encontramos en la ley del sacrificio de paz.

En el versículo 13 del capítulo 7 del Levítico leemos: “Con tortas de pan leudo presentará su ofrenda en el sacrificio de acciones de gracias de paz”; y, sin embargo, en el versículo 20 se dice: “Pero la persona que comiere la carne del sacrificio de paz, el cual es de Jehová, estando inmunda, aquella persona será cortada de entre su pueblo”. Aquí tenemos bien claramente las dos cosas, a saber: el pecado en nosotros, y el pecado sobre nosotros. La levadura estaba permitida, porque había pecado en la naturaleza del adorador; “la inmundicia” estaba prohibida, porque no debía haber ningún pecado sobre la conciencia del adorador.

Donde hay pecado no puede haber comunión. En cuanto al pecado que está en nosotros, Dios ha provisto la sangre de la expiación; por eso está ordenado acerca del pan leudo del sacrificio de paz: “Y de toda la ofrenda presentará una parte por ofrenda elevada a Jehová, y será del sacerdote que rociare la sangre de los sacrificios de paz” (v. 14). En otros términos, la levadura en la naturaleza del adorador estaba perfectamente contrarrestada por la sangre del sacrificio. El sacerdote que tiene derecho al pan leudo debe ser aquel que rocía la sangre. Dios alejó para siempre de su vista nuestro pecado. Aunque el pecado esté en nosotros, sus miradas no reposan sobre él. Sólo ve la sangre, y por eso puede seguir con nosotros y permitirnos tener la más íntima comunión con él. Pero si dejamos que el pecado que está en nosotros se manifieste bajo la forma de pecados, entonces es preciso que haya confesión, perdón y purificación, antes de que podamos comer nuevamente de la carne del sacrificio de paz. La exclusión del adorador a causa de las inmundicias señaladas en el ceremonial, responde ahora a la privación de la comunión del creyente a causa de pecados no confesados. El intento de tener comunión con Dios mientras estamos en nuestros pecados implicaría la idea blasfema de que él puede andar en compañía del pecado. “Si nosotros decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad” (1.ª Juan 1:6).

A la luz de esta verdad, comprenderemos fácilmente el grave error en que caemos cuando nos imaginamos que es señal de espiritualidad ocuparnos en nuestros pecados. El pecado o los pecados, ¿podrían ser el fundamento o el objetivo de nuestra comunión con Dios? Seguramente que no. Acabamos de ver, por el contrario, que, mientras el pecado está ante nosotros, se interrumpe nuestra comunión con Dios. La comunión no puede existir más que “en luz”, y ciertamente no hay pecado en la luz. Allí nada se ve sino la sangre que quitó nuestros pecados y nos reconcilió y el Abogado que nos guarda cerca de Dios. El pecado fue borrado para siempre allí donde Dios y el adorador permanecen en una santa intimidad. ¿Qué es lo que constituía el fondo de la comunión entre el padre y el hijo pródigo? ¿Eran los harapos de éste? ¿Eran las algarrobas de la “provincia apartada”? De ningún modo. No era nada de lo que el hijo pródigo traía consigo. Era la rica provisión del amor del padre, “el becerro grueso”. Igual sucede con respecto a Dios y todo verdadero adorador. Se nutren juntos, en una comunión santa y elevada, de Aquel cuya sangre preciosa les ha asociado para siempre en esta luz a la cual ningún pecado se puede acercar.

No creamos tampoco que la verdadera humildad se muestra o se desarrolla considerando y profundizando nuestros pecados. Ello produciría un carácter sombrío y melancólico, sin verdadera santidad; y la humildad más profunda procede de otra fuente. ¿Cuándo fue más humilde el hijo pródigo? ¿Cuando “volvió en sí en la provincia apartada” o cuando el padre se echó sobre su cuello, y entró en la casa paterna? ¿No es evidente que sólo la gracia, que nos eleva a las mayores alturas de la comunión con Dios, es capaz de conducirnos a las más grandes profundidades de una verdadera humildad? Sin ninguna duda. La humildad que procede del perdón de nuestros pecados será siempre más profunda que aquella que procede del descubrimiento de estos pecados. La primera nos pone en relación con Dios; la segunda se relaciona con el . Para ser verdaderamente humilde es preciso andar con Dios, con el conocimiento y el poder de la relación en que nos ha colocado. Nos ha hecho hijos suyos, y siempre que andemos como tales, seremos verdaderamente humildes.

La cena del Señor

Antes de dejar esta parte de nuestro tema, deseamos hacer notar algo respecto a la cena del Señor, ya que, siendo un acto importante de la comunión de la Iglesia, puede considerarse en relación con la doctrina del sacrificio de paz. La celebración inteligente de la cena dependerá siempre del conocimiento de su carácter puramente eucarístico o de acción de gracias. Es muy especialmente una fiesta de acción de gracias, de acción de gracias por una redención cumplida. “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?” (1.ª Corintios 10:16). Por lo tanto, una alma encorvada bajo la pesada carga del pecado no puede, con inteligencia espiritual, celebrar la cena del Señor, puesto que este hecho expresa el alejamiento completo del pecado por la muerte de Cristo: “la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1.ª Corintios 11:26). La muerte de Cristo es, para la fe, el fin de todo lo que pertenecía a nuestro estado en la vieja creación; luego, ya que la cena “anuncia” esta muerte, debe ser considerada como el monumento de ese hecho glorioso, es decir, de que la carga del pecado del creyente fue llevada por Aquel que la quitó para siempre. Declara que la cadena de nuestros pecados, que una vez nos tuvo atados, fue rota para siempre por la muerte de Cristo y no podrá nunca más atarnos de nuevo. Nos reunimos alrededor de la mesa del Señor con toda la alegría propia de vencedores. Miramos atrás a la cruz, donde se libró y se ganó la batalla; y miramos adelante, a la gloria, donde entraremos en los completos y eternos resultados de la victoria.
Es verdad que tenemos levadura en nosotros, pero no tenemos ninguna mancha sobre nosotros. No debemos fijar nuestras miradas en nuestros pecados, sino en Aquel que los llevó en la cruz y que los quitó para siempre. No debemos “engañarnos a nosotros mismos” con el vano pensamiento de que “no tenemos pecado” en nosotros, pero tampoco debemos negar la verdad de la Palabra de Dios y la eficacia de la sangre de Cristo, rehusando regocijarnos con la preciosa verdad de que no tenemos pecado sobre nosotros, porque “la sangre de Jesucristo su Hijo, nos limpia de todo pecado”. Es verdaderamente deplorable ver qué sombría nube cubre la mesa del Señor a juicio de muchos cristianos de profesión. Este hecho, así como muchos otros, muestra a qué grado de ignorancia se puede llegar respecto a las verdades más elementales del Evangelio. Sabemos, en efecto, que, cuando la cena se toma por una razón cualquiera que no sea el conocimiento de la salvación, de la alegría del perdón, del sentimiento de la liberación, el alma se envuelve en nubes más y más espesas. Lo que es un memorial de Cristo se emplea para dejarle a un lado. Lo que recuerda una redención cumplida se emplea como medio para llegar a ella. Así es cómo se abusa de las ordenanzas y cómo las almas son sumergidas en las tinieblas, la confusión y el error.

El valor de la sangre de Cristo

¡Cuán diferente de esto es la bella ordenanza del sacrificio de paz! Esta última, considerada en su significación típica, nos muestra que, desde el momento en que la sangre era derramada, Dios y el adorador podían alimentarse juntos en feliz y apacible comunión. No era menester más para esta comunión. La paz estaba establecida por la sangre, y sobre esta base descansaba la comunión. Una sola duda sobre el establecimiento de la paz será el golpe mortal para la comunión. Si nos ocupamos en vanos esfuerzos para hacer la paz con Dios, estaremos totalmente ajenos a la comunión y al culto. Si la sangre del sacrificio de paz no ha sido derramada, es imposible que podamos alimentarnos con “el pecho que se mece” o con “la espaldilla elevada”. Por otra parte, si la sangre ha sido derramada, entonces la paz ya está hecha, Dios mismo la hizo; para la fe, esto es bastante, y, por consiguiente, por la fe tenemos comunión con Dios, con el conocimiento y el gozo de una redención cumplida. Gustamos la dulzura del gozo mismo de Dios en lo que Él obró. Nos alimentamos de Cristo con toda la plenitud y toda la felicidad de la presencia de Dios.

El culto


Este último punto está unido a otra verdad importante indicada en “la ley del sacrificio de paz”, y éste depende de aquél: “Y la carne del sacrificio de paz en acción de gracias se comerá en el día que fuere ofrecida; no dejarán de ella nada para otro día”. Es decir, que la comunión del adorador no debe separarse nunca del sacrificio sobre el cual se funda esta comunión. Mientras se tenga la energía espiritual necesaria para mantener esta relación, el culto y la comunión subsistirán agradables y aceptables; pero no por más tiempo. Nosotros debemos estar junto al sacrificio con el espíritu de nuestro entendimiento, con el afecto de nuestros corazones y con la experiencia de nuestras almas. Esto es lo que dará poder y duración a nuestro culto. Puede ser que empecemos cualquier acto del culto con el corazón completamente ocupado en Cristo, y puede ser que antes de terminar estemos ocupados en lo que hacemos o decimos, o en las personas que nos escuchan; y de este modo caemos en lo que puede llamarse “la iniquidad de las cosas santas” (Éxodo 28:28 - V.M.). Esto es muy solemne y debería hacernos estar muy vigilantes. Podemos empezar nuestro culto bajo la dirección del Espíritu y terminarlo guiados por la carne. Deberíamos estar siempre atentos para no continuar ni por un instante más allá de la energía del Espíritu para el momento que transcurre; pues el Espíritu siempre nos mantendrá ocupados en considerar a Cristo. Si el Espíritu Santo nos inspira “cinco palabras” de adoración o de acción de gracias, pronunciemos estas cinco palabras y callémonos. Si continuamos, comemos la carne de nuestro sacrificio después del tiempo fijado, y, en lugar de ser “aceptado”, es en realidad “una abominación”. Acordémonos de esto y seamos vigilantes. Que esto, no obstante, no nos alarme; Dios quiere que seamos conducidos por el Espíritu, y así, llenos de Cristo en todo nuestro culto. Él no puede aceptar más que lo que es divino, y por ello no quiere que le presentemos más que lo que es divino.
“Mas si el sacrificio de su ofrenda fuere voto, o voluntario, será comido en el día que ofreciere su sacrificio, y lo que de él quedare, lo comerán al día siguiente” (cap. 7:16). Cuando el alma se eleva a Dios en un acto de culto voluntario, tal culto proviene de una más abundante cantidad de energía espiritual que cuando procede simplemente de alguna gracia particular recibida en el momento mismo. Si se ha recibido algún favor especial de la mano del Señor, al instante el alma se elevará en acción de gracias. En este caso, el culto es suscitado por esta gracia y está ligado a esta gracia, cualquiera que sea, y no va más lejos. Pero cuando el corazón es llevado por el Espíritu Santo a cualquier expresión voluntaria o deliberada de alabanza, el culto tendrá un carácter más duradero; en todos los casos, el culto espiritual se unirá siempre al precioso sacrificio de Cristo.

“Y lo que quedare de la carne del sacrificio hasta el tercer día, será quemado en el fuego. Si se comiere de la carne del sacrificio de paz al tercer día, el que lo ofreciere no será acepto, ni le será contado; abominación será, y la persona que de él comiere, llevará su pecado” (v. 17-18). Nada tiene valor a los ojos de Dios, salvo lo que está íntimamente unido a Cristo. Mucho de lo que tiene apariencia de culto no es más que la excitación y la expresión de sentimientos naturales. Puede haber una gran devoción aparente que no sea, en el fondo, más que pietismo carnal. La carne puede excitarse, religiosamente hablando, por diversas causas, tales como la pompa y el esplendor de las ceremonias, por los cánticos y las actitudes, los ropajes y las ricas vestiduras, por una liturgia elocuente y por los variados atractivos de un espléndido ritual y, con todo, puede haber una total ausencia de culto espiritual. Sucede bastante a menudo que los mismos gustos, excitados y satisfechos por las formas pomposas de un culto supuestamente religioso, encontrarían un alimento más conveniente aun en la ópera o en los conciertos.

Aquellos que desean recordar que “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24), deben ponerse en guardia contra esto. Lo que se llama religión se reviste, en nuestros días, de los más poderosos atractivos. Rechaza las tosquedades de la Edad Media y llama en su ayuda a todos los recursos de un gusto depurado, de un siglo culto e ilustrado. La escultura, la música y la pintura vierten sus ricos tesoros en su seno, para que pueda preparar por tales medios un poderoso narcótico que arrulle a las multitudes ignorantes en un sopor que no será interrumpido más que por los indecibles horrores de la muerte, del juicio y del lago de fuego. También esta religión puede decir: “Sacrificios de paz había prometido, hoy he pagado mis votos…; he adornado mi cama con colchas recamadas con cordoncillo de Egipto; he perfumado mi cámara con mirra, áloes y canela” (Proverbios 7:14, 16). Así es cómo una religión corruptora atrae, por su poderosa influencia, a los que no quieren escuchar la voz celeste de la Sabiduría.

Lector, cuídese de todas estas cosas, vele sobre esto, para que su culto esté inseparablemente unido a la obra de la cruz; vele para que Cristo sea el fundamento, Cristo el canal, y el Espíritu Santo el poder de su culto. Cuídese de que sus actos exteriores de culto se extiendan más allá de este poder interior. Es necesaria mucha vigilancia para evitar este mal. Sus manejos secretos son de los más difíciles de descubrir y de combatir. Podemos empezar un himno con verdadero espíritu de culto y, por debilidad espiritual, antes de llegar al final podemos caer en el mal que responde al acto ceremonial de comer, al tercer día, la carne del sacrificio de paz. Nuestra única salvaguardia es estar junto a Jesús. Si elevamos nuestros corazones en “acciones de gracias” por algún favor especial, hagámoslo por el poder del nombre y del sacrificio de Cristo. Si nuestras almas se derraman en adoración “voluntaria”, que sea por la energía del Espíritu Santo. De este modo, nuestro culto tendrá esa frescura, ese perfume, esa profundidad, esa altura moral que deben resultar del hecho de tener al Padre por objeto, al Hijo por base y al Espíritu Santo por poder del culto.

¡Que sea así, oh Señor, en todos los que te adoran, hasta que nos encontremos, en espíritu, alma y cuerpo con seguridad en tu eterna presencia, fuera del alcance de toda acción perniciosa del falso culto y de la religión corrompida, y también fuera del alcance de los diferentes impedimentos que provienen de estos cuerpos de pecado y de muerte que llevamos en nosotros!

* * * * * * *
Nota.— Debe observarse que, aunque el sacrificio de paz esté colocado en tercer lugar, la ley respectiva nos es dada después de todas las otras. Esta circunstancia no es insignificante. En ninguna de las ofrendas la comunión del adorador está tan plenamente desarrollada como en el sacrificio de paz. En el holocausto, hallamos a Cristo ofreciéndose a sí mismo a Dios. En la ofrenda de presente, tenemos la perfecta humanidad de Cristo. Después, pasando al sacrificio por el pecado, vemos que responde perfectamente al pecado en su raíz. En el sacrificio por la culpa se encuentra una respuesta plena y completa para todos los actuales pecados de la vida. Pero la doctrina de la comunión del adorador no está desarrollada en ninguna de estas ofrendas. Era en el “sacrificio de paz” donde debía hacerse, y esto explica, según creemos, el lugar que ocupa la ley de este sacrificio. Viene al final de todas las demás, enseñándonos así que, cuando se trata de que el alma se alimente de Cristo, es necesario que éste sea un Cristo completo, considerado en todas las fases posibles de su vida, de su carácter, de su persona, de su obra, de sus oficios. Además, que, cuando hayamos acabado para siempre con el pecado y los pecados, haremos nuestras delicias de Cristo y nos alimentaremos de él durante toda la eternidad. Nos parece que nuestro estudio de los sacrificios sería incompleto si omitiésemos una circunstancia tan digna de notarse como ésta. Si la “ley del sacrificio de paz” estuviera dada en el orden en que se presenta el sacrificio mismo, vendría inmediatamente después de la ley de la ofrenda vegetal; pero, en lugar de esto, la ley de “la expiación” y del “sacrificio por la culpa” vienen primeramente; luego la “ley del sacrificio de paz” completa el conjunto.

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