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"Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe ..."
Efesios 4:11−12.
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CAPÍTULO 4. SACRIFICIOS QUE NO SON DE OLOR GRATO
Por C. H. Mackintosh
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Sacrificio por el pecado. La sangre de la víctima

Después de haber considerado las ofrendas de “olor grato”, llegamos ahora a los “sacrificios expiatorios”. Se dividían en dos clases, a saber: sacrificios por el pecado y sacrificios por la culpa. En los primeros había tres grados: primeramente, la ofrenda por el “sacerdote ungido” y la ofrenda por “toda la congregación”. Estas dos ofrendas eran semejantes en sus ritos y ceremonias (comp. v. 3-12 con los v. 13-21). El resultado era el mismo, ya fuese el representante de la congregación o la congregación misma los que hubiesen pecado. En uno y otro caso estaban implicadas tres cosas: el santuario de Dios en medio del pueblo, la adoración de la congregación y la conciencia individual. Luego, como las tres cosas dependían de la sangre, vemos que en el primer grado de la expiación se hacían tres cosas con la sangre. Se hacía aspersión “siete veces delante de Jehová, hacia el velo del santuario” (v. 6). Esto garantizaba las relaciones de Jehová con el pueblo y su morada en medio de ellos. A continuación leemos: “Y el sacerdote pondrá de esa sangre sobre los cuernos del altar del incienso aromático, que está en el tabernáculo de reunión delante de Jehová” (v. 7). Esto garantizaba el culto de la congregación. Al poner la sangre sobre “el altar de oro”, la verdadera base del culto estaba amparada, de forma que la llama del incienso y su suave olor podían subir continuamente. Finalmente, “echará el resto de la sangre del becerro al pie del altar del holocausto, que está a la puerta del tabernáculo de reunión” (v. 7). Aquí encontramos lo que responde plenamente a las exigencias de la conciencia individual, pues el altar de bronce era el lugar al que todos tenían acceso. Era el lugar donde Dios encontraba al pecador.

En los otros dos casos, por “un jefe” o por “alguna persona del pueblo”, no era más que una cuestión de conciencia individual; por ello no se hacía más que una cosa con la sangre: era enteramente derramada “al pie del altar del holocausto” (comp. v. 7 con los v. 25-30). Hay en todo esto una precisión divina que requiere toda la atención del lector, si desea comprender bien los maravillosos detalles de este tipo. (Nota [8])

El efecto del pecado individual no podía extenderse más allá de la conciencia del individuo. El pecado de un “jefe” o de alguno “del pueblo” no podía tener influencia sobre “el altar del incienso aromático”, lugar de adoración del sacerdote. No podía llegar tampoco hasta “el velo del santuario”, límite sagrado de la habitación de Dios en medio de su pueblo. Es necesario que esto sea bien considerado. Nunca se debe suscitar la cuestión de nuestros pecados o faltas en el lugar del culto o en la asamblea. Es preciso arreglarlo con Dios allí donde cada uno puede acercarse a él personalmente. Muchos se equivocan a este respecto. Concurren a la congregación o al lugar ostensible del culto sacerdotal con su conciencia manchada, y así debilitan a toda la congregación y turban el culto. Se debería prestar a esto una gran atención y guardarse cuidadosamente de ello. Tenemos necesidad de una gran vigilancia a fin de que nuestra conciencia pueda estar siempre en la luz. Y cuando tropecemos, como desgraciadamente nos ocurre en muchas cosas, pongamos en seguida el asunto en orden ante Dios, en lo secreto, a fin de que la verdadera adoración y posición de la asamblea puedan conservarse plena y claramente ante el alma.


El pecado por yerro (o ignorancia)

Después de haber expuesto así lo que concierne a los tres grados de la expiación, examinemos en detalle los principios comprendidos en el primero. Al hacerlo, podremos formarnos, en alguna medida, una justa idea de los principios de todos los demás. Sin embargo, antes de empezar este examen deseamos llamar la atención del lector sobre un punto muy esencial, indicado en el versículo segundo del capítulo cuarto. Está contenido en esta expresión: “Cuando alguna persona pecare por yerro”. Esto nos presenta una verdad de las más preciosas, en relación con la expiación hecha por el Señor Jesucristo. Al considerar esta expiación, vemos en ella infinitamente más que la simple satisfacción de las exigencias de la conciencia, aunque esta conciencia hubiera alcanzado el más alto grado de una extrema sensibilidad. Nosotros tenemos el privilegio de ver en ella lo que ha satisfecho plenamente todos los derechos de la santidad divina, de la justicia divina y de la majestad divina. La santidad de la morada de Dios y el fundamento de su relación con su pueblo, nunca habrían podido ser reglamentadas según la medida de la conciencia del hombre, por elevada que ésta pudiera ser. Hay muchas cosas que la conciencia humana omitiría, muchas cosas que podrían escapar al conocimiento del hombre, muchas cosas que su corazón podría estimar lícitas, pero que Dios no podría tolerar, y que, por consiguiente, llegarían a interponerse entre el hombre y Dios, para impedirle aproximarse a Él y rendirle culto. Por eso, si la expiación de Cristo no se aplicase más que a los pecados que el hombre puede discernir y reconocer, nos encontraríamos muy alejados del verdadero fundamento de la paz. Tenemos necesidad de comprender que el pecado ha sido expiado según la justicia de Dios, que los derechos de su trono han sido perfectamente satisfechos, que el pecado —visto a la luz de su inflexible santidad— ha sido divinamente juzgado. Esto es lo que da al alma una paz duradera. Por los pecados debidos al error o a la ignorancia del creyente ha sido hecha una expiación igual que la necesaria por sus pecados conocidos. El sacrificio de Cristo es la base de sus relaciones y de su comunión con Dios, según la apreciación que a Dios le merece ese sacrificio.

El claro conocimiento de esto tiene un inmenso valor. Hasta que no se haya comprendido bien este aspecto de la expiación, no puede haber verdadera paz y no se captará bien la extensión y la plenitud de la obra de Cristo, ni la verdadera naturaleza de las relaciones que se relacionan con ella. Dios sabía lo que tenía que hacer para que el hombre pudiera estar en su presencia sin temor y la ha provisto perfectamente por la obra de la cruz. Nunca habría podido haber comunión entre Dios y el hombre si Dios no hubiera acabado con el pecado a su manera, pues aunque la conciencia del hombre se hubiera sentido satisfecha, siempre cabría esta pregunta: «¿Está Dios satisfecho?». Y si esta pregunta no se hubiera podido contestar afirmativamente, la comunión nunca habría existido. (Nota [9]) El corazón se diría sin cesar que, en los detalles de la vida, se manifiestan ciertas cosas que la santidad divina no podría tolerar. Puede ser, por cierto, que hagamos estas cosas “por yerro”, pero ello no cambiaría en nada su carácter ante Dios, ya que todo le es conocido. Habría, pues, dudas, aprensiones y temores continuos. A todas estas cosas responde divinamente el hecho de que el pecado ha sido expiado no según nuestra ignorancia, sino conforme a la sabiduría de Dios. Esta seguridad da gran descanso al alma y a la conciencia. Todas las exigencias de Dios a nuestro respecto han sido satisfechas por su obra. Él mismo halló el remedio y, por lo tanto, cuanto más delicada se hace la conciencia del cristiano, bajo la acción de la Palabra y del Espíritu de Dios, mejor comprende todo lo que moralmente conviene al santuario; cuanto más sensible se vuelve acerca de todo lo que es incompatible con la presencia divina, mejor capta, con mucho más claridad, profundidad y fuerza, el valor infinito de ese sacrificio por el pecado, el que no solamente sobrepasa los límites de la conciencia humana, sino que incluso responde con perfección absoluta a todas las exigencias de la santidad divina.


Exigencia de la santidad divina e ignorancia del creyente

Nada podría demostrar más evidentemente la incapacidad del hombre para discutir acerca del pecado que el hecho de existir “pecados por ignorancia”. ¿Cómo podría argumentar respecto de lo que no conoce? ¿Cómo podría disponer, a su voluntad, de lo que ni siquiera ha entrado nunca en los límites de su conciencia? Imposible. La ignorancia en que el hombre está acerca del pecado, prueba su incapacidad total para deshacerse de él. Si no lo conoce ¿qué puede hacer a su respecto? Nada. Es tan débil como ignorante. Y eso no es todo. El hecho de que haya “pecado de ignorancia” demuestra muy claramente la incertidumbre que debe acompañar a todo ensayo de solución de la cuestión del pecado, el cual jamás podría aplicarse a nociones más elevadas que las que pueden resultar de la conciencia humana más delicada. Nunca puede haber paz duradera sobre esta base. Quedará siempre la penosa impresión de que, por encima de todo, el mal subsiste. Si el corazón no es conducido a un estado de reposo permanente por el testimonio de la Escritura en cuanto a que los derechos inflexibles de la justicia divina han sido satisfechos, tendrá necesariamente un sentimiento de malestar, y todo sentimiento de este género es un obstáculo en nuestro culto, en nuestra comunión y en nuestro testimonio. Si estoy inquieto en cuanto a la solución de este asunto del pecado, no puedo tributar culto, no puedo gozar de la comunión con Dios ni con su pueblo, ni puedo tampoco ser un inteligente o bendecido testigo de Cristo. Es preciso que el corazón esté tranquilo delante de Dios, en cuanto a la perfecta remisión de los pecados, antes de que podamos “adorarle en espíritu y en verdad”. Si el sentimiento de la culpabilidad pesa sobre la conciencia, habrá terror en el corazón y, seguramente, un corazón aterrado no puede ser un corazón feliz y adorador. Solamente de un corazón lleno de ese dulce y santo reposo que proporciona la sangre de Cristo, puede subir hasta el Padre un culto verdadero y aceptable. El mismo principio se aplica a nuestra comunión con el pueblo de Dios, a nuestro servicio y a nuestro testimonio entre los hombres. Todo debe descansar sobre el fundamento de una paz bien establecida, y esta paz descansa sobre el fundamento de una conciencia perfectamente purificada, y esta conciencia purificada descansa sobre la base de la perfecta remisión de todos nuestros pecados, sean conocidos o ignorados.


Comparación entre el holocausto y la expiación

Vamos ahora a comparar el sacrificio por el pecado con el holocausto, lo cual nos ofrecerá dos aspectos muy diferentes de Cristo; pero, a pesar de esta diferencia, es un solo y mismo Cristo; por esto, en uno y otro caso, el sacrificio era “sin defecto”. Esto es fácil de comprender. Bajo cualquier aspecto que contemplemos a nuestro Señor Jesucristo, es siempre el mismo Ser perfecto, puro, santo y sin mancha. Es verdad que, en su abundante gracia, tuvo a bien cargar sobre sí el pecado de su pueblo, pero aun entonces era un Cristo perfecto y sin mancha; y se necesitaría nada menos que una impiedad diabólica para valerse de la profundidad de su humillación a fin de empañar la gloria personal de Aquel que así se humilló. La excelencia esencial, la pureza inalterable y la divina gloria de nuestro muy amado Señor aparecen con igual fuerza tanto en el sacrificio por el pecado como en el holocausto. En cualquier relación que se nos presente, cualquiera sea el oficio que él llene, en cualquier obra que cumpla, en cualquier posición que ocupe, sus glorias personales irradian todo su esplendor divino.

Esta verdad acerca de un solo y mismo Cristo, sea en la ofrenda para el holocausto, sea en el sacrificio por el pecado, se ve no sólo en el hecho de que en los dos casos la ofrenda era “sin defecto”, sino también en la “ley de la expiación”, en la que leemos: “Ésta es la ley del sacrificio expiatorio: en el lugar donde se degüella el holocausto, será degollada la ofrenda por el pecado delante de Jehová; es cosa santísima” (Levítico 6:25). Los dos tipos figuran un solo y gran Arquetipo, aunque lo presentan bajo muy diferentes aspectos de su obra. En el holocausto, Cristo responde a los afectos de Dios; en la ofrenda por el pecado responde a las profundas necesidades del hombre. El primero nos lo presenta como Aquel que cumple la voluntad de Dios, el segundo, como Aquel que lleva el pecado del hombre. En el primero vemos cuál es el valor del sacrificio, en el segundo cuál es la odiosidad del pecado. Con esto basta en cuanto a las dos ofrendas en general. Un examen minucioso de los detalles no hará más que confirmar esta aserción general.

Cuando consideramos el holocausto, vimos que era una ofrenda voluntaria; “de su voluntad lo ofrecerá”. (Nota [10]) Mas en la expiación no se trata de buen grado o voluntariamente.

Esto está en perfecto acuerdo con el objeto especial del Espíritu Santo en el holocausto, de representarle como ofrenda voluntaria. Era el alimento y la bebida de Cristo hacer la voluntad de Dios cualquiera que fuese. Nunca se le ocurrió preguntar qué ingredientes había en la copa que su Padre le ponía entre las manos. Le bastaba que el Padre la hubiera preparado. Tal era nuestro Señor Jesucristo como prefigurado por la ofrenda para el holocausto. Pero en la ofrenda por el pecado se desenvuelve otro conjunto de verdades. Este tipo nos presenta a Cristo, no como a Aquel que cumplió de buen grado la voluntad de Dios, sino como a Aquel que llevó la terrible carga del “pecado”, como a Aquel que sufrió todas sus espantosas consecuencias, entre las que, para él, la más terrible era que Dios le ocultase su rostro; por eso la expresión “voluntariamente” no estaría en armonía con el objetivo del Espíritu en el sacrificio por el pecado. Esta palabra estaría tan fuera de lugar en este tipo como está divinamente en su lugar en el holocausto. Su empleo y su omisión son igualmente divinos, y testifican, tanto el uno como la otra, la perfecta y divina precisión de los tipos del Levítico.

Este punto de contraste que acabamos de considerar, explica, o más bien armoniza, dos expresiones empleadas por nuestro Señor. En una ocasión dijo: “La copa que el Padre me ha dado ¿no la he de beber?” (Juan 18:11) y después: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa” (Mateo 26:39). La primera de estas expresiones era el perfecto cumplimiento de estas palabras con las cuales empezó su carrera: “El hacer, oh Dios, tu voluntad, me ha agradado” (Salmo 40:8; Hebreos 10:7); y, además, es la expresión de Cristo, como ofrenda para el holocausto. La segunda, al contrario, es la exclamación de Cristo cuando contempla lo que va a ser de él como sacrificio por el pecado. Más adelante veremos lo que era esta posición y lo que le esperaba al tomarla ; pero es interesante e instructivo encontrar toda la doctrina de estas dos ofrendas encerrada, en cierto modo, en el hecho de que una sola palabra sea puesta en una y omitida en la otra. Si en el holocausto vemos la perfecta sumisión con que Cristo se ofreció a sí mismo para cumplir la voluntad de Dios, en la ofrenda por el pecado vemos con qué profunda abnegación tomó sobre sí todas las consecuencias del pecado del hombre y cómo se identificó con el hombre tan distanciado de Dios. Se complacía en hacer la voluntad de Dios. Se estremeció ante la idea de perder, por un momento, la luz de su bendito rostro. Ninguna ofrenda, por sí sola, habría podido presentarle bajo estos dos aspectos. Nos era necesario un tipo que nos lo mostrase como el que se complace en hacer la voluntad de Dios, y nos hacía falta otro que nos lo mostrase como Aquel cuya santa naturaleza retrocedía ante las consecuencias del pecado imputado. Gracias a Dios, tenemos el uno y el otro en estas dos ofrendas. Por esto, cuanto más profundizamos en la sumisión del corazón de Cristo a Dios, mejor comprendemos su horror hacia el pecado y viceversa. Cada uno de estos tipos pone en relieve al otro, y el empleo de la palabra “voluntariamente” en uno, y no en el otro, fija el carácter principal de cada uno.

Mas tal vez se dirá: «¿No era la voluntad de Dios que Cristo se ofreciese a sí mismo en sacrificio por el pecado?». Y, si es así ¿cómo podía sentir la menor repugnancia en cumplir esta voluntad? Seguramente era según “determinado consejo... de Dios” (Hechos 2:23) que Cristo sufriera, y, además, era el gozo de Cristo hacer la voluntad de Dios. Pero ¿cómo debemos comprender la expresión: “Si es posible pase de mí esta copa”? ¿No es el clamor de Cristo? Y ¿no hay un tipo especial para aquel que lo lanzó? Ciertamente. Habría una gran laguna en los tipos de la economía mosaica si no hubiera uno que representara a nuestro Señor Jesucristo en la exacta actitud moral señalada por este clamor. El holocausto no nos lo presenta de esta manera; no hay una sola circunstancia referida a esta ofrenda que pueda corresponder a tal lenguaje. Sólo el sacrificio por el pecado ofrece la figura apropiada del Señor Jesucristo exhalando estos acentos de intensa agonía, porque sólo en ella encontramos las circunstancias que evocaron tales acentos de lo profundo de su alma sin mancha. La terrible sombra de la cruz, con su ignominia, su maldición y su exclusión de la luz del rostro de Dios, pasaba delante de su espíritu, y no podía ni aun contemplarla sin exclamar: “Si es posible, pase de mí esta copa”. Pero, apenas ha pronunciado estas palabras cuando su profunda sumisión se muestra en estas otras: “Pero no como yo quiero, sino como tú”. ¡Qué “copa” amarga la que pudo hacer salir de un corazón perfectamente sumiso las palabras: “Pase de mí”! ¡Qué perfecta sumisión cuando, en presencia de una copa tan amarga, el corazón podía exclamar “hágase tu voluntad”!


La imposición de las manos: identificación con la víctima

Vamos a considerar ahora el acto típico de la “imposición de las manos”. Este acto era común al holocausto y a la ofrenda por el pecado; pero, en el primero, identificaba a la persona que ofrecía el sacrificio con una ofrenda sin defecto; en el segundo, este acto implicaba la traslación del pecado de la persona oferente a la cabeza de la ofrenda. Así era en el tipo, y, cuando consideramos el Arquetipo, vemos una verdad de las más consoladoras y edificantes; verdad que, si fuese mejor comprendida y realizada, proporcionaría una paz mucho más constante que la que se goza generalmente.

¿Cuál es, pues, la doctrina expresada en el acto de imponer las manos? Es ésta: Cristo fue hecho pecado por nosotros, “para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2.ª Corintios 5:21). Tomó nuestro lugar con todas sus consecuencias, para que nosotros pudiéramos tener su lugar con todas las suyas. Fue tratado como pecado en la cruz para que nosotros pudiéramos ser tratados como justicia en presencia de la santidad infinita. Fue rechazado de la presencia de Dios porque, por imputación, tenía sobre sí el pecado, a fin de que nosotros pudiéramos ser recibidos en la casa de Dios y en su seno, porque, por imputación, tenemos una justicia perfecta. Tuvo que sufrir que Dios le ocultase su rostro a fin de que nosotros pudiéramos regocijarnos a la luz de esta faz. Tuvo que experimentar tres horas de tinieblas para que nosotros entrásemos en la luz eterna. Fue abandonado por Dios durante algún tiempo, a fin de que nosotros pudiéramos gozar de su presencia para siempre. Todo lo que nos correspondía, como pecadores perdidos, fue puesto sobre él para que todo lo que le correspondía, por haber cumplido la obra de la redención, pudiera ser nuestra parte. Todo estaba contra él cuando fue suspendido del madero maldito, para que nada pudiese estar contra nosotros. Él se identificaba con nosotros en la realidad de la muerte y del juicio, a fin de que nosotros pudiéramos ser identificados con él en la realidad de la vida y la justicia. Bebió la copa de la ira —la copa del terror— con el objeto de que nosotros pudiéramos beber la copa de la salvación, la copa de la gracia infinita. Fue tratado según nuestros méritos, para que nosotros fuéramos tratados según los suyos.

Tal es la maravillosa verdad ilustrada por el acto ceremonial de la imposición de las manos. Cuando el adorador ponía su mano sobre la cabeza de la víctima para el holocausto, ya no se trataba de lo que era o de lo que merecía; se trataba únicamente de lo que era la ofrenda a juicio de Jehová. Si la víctima era sin defecto, la persona que la ofrecía lo era también; si la víctima era aceptada, aquel que la ofrecía lo era también. Estaban perfectamente identificados. El acto de imponer las manos les hacía ser uno a los ojos de Dios. Él veía al oferente a través de la ofrenda. Así era en el holocausto, pero en el sacrificio por el pecado, cuando el oferente ponía la mano sobre la cabeza de la víctima, era asunto de la condición del oferente y lo que merecía. La víctima era tratada según los méritos del que la ofrecía. Estaban perfectamente identificados. El acto de imponer las manos les constituía uno a los ojos de Dios. En el sacrificio por el pecado se tenía que arreglar el asunto del pecado de aquel que lo ofrecía; en el holocausto, el que lo ofrecía era aceptado. Esto establecía una inmensa diferencia entre uno y otro. Por eso, aunque el acto de imponer las manos era común a los dos tipos, y aunque este acto expresaba lo mismo en los dos casos —a saber, la identificación— las consecuencias eran muy distintas. El justo tratado como el injusto, el injusto aceptado en el justo. “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). He aquí la doctrina. Nuestros pecados llevaron a Cristo a la cruz, pero él nos lleva a Dios. Y si él nos lleva a Dios, es por su propia aceptación como resucitado de entre los muertos después de haber quitado nuestros pecados según la perfección de su obra. Él llevó nuestros pecados lejos del santuario de Dios, para poder acercarnos, introducirnos aun en el lugar santísimo, con toda seguridad de corazón, teniendo la conciencia purificada de toda mancha del pecado por su preciosa sangre.

Cuanto más comparemos todos los detalles de la ofrenda para el holocausto y de la ofrenda por el pecado, mejor comprenderemos la verdad de lo que hemos dicho más arriba respecto al acto de imponer las manos y a sus resultados en uno y otro caso. En el primer capítulo de este volumen, hemos señalado el hecho de que “los hijos de Aarón” se ven en el holocausto, pero no en la ofrenda por el pecado. Como sacerdotes, tenían el privilegio de estar alrededor del altar y de contemplar la llama de un sacrificio grato a Jehová que se elevaba hacia él. Pero en la ofrenda por el pecado se trataba primeramente del solemne juicio del pecado y no del culto o de la admiración de los sacerdotes, por lo cual los hijos de Aarón no aparecen en tal ceremonia. Como pecadores convictos, tenemos que ver con Cristo, Arquetipo del sacrificio por el pecado. Como sacerdotes que rinden culto, revestidos de las vestiduras de salvación, contemplamos a Cristo, Arquetipo del holocausto.

Además, nuestro lector observará que la víctima para el holocausto era “degollada”, mientras que la de la ofrenda por el pecado no lo era. La víctima para el holocausto era “dividida en sus piezas”, pero no lo era la de la ofrenda por el pecado. “Los intestinos y las piernas” del holocausto eran lavados con agua, cosa completamente omitida en la ofrenda por el pecado. Finalmente, el holocausto era quemado sobre el altar, pero el sacrificio por el pecado era quemado fuera del campamento. Estos puntos son otras tantas diferencias que provienen sencillamente del carácter distintivo de las ofrendas. Sabemos que en la Palabra de Dios no hay nada que no tenga una significación especial; y todo inteligente y atento lector de las Escrituras notará estas diferencias y, habiéndolas notado, naturalmente procurará comprender su verdadero alcance. Puede haber ignorancia de este alcance, pero no debería haber indiferencia a este respecto. Dejar a un lado un solo punto de las páginas inspiradas, en general, y en particular y sobre todo de las que estamos considerando, que son tan ricas en enseñanzas, sería deshonrar al divino Autor y privar a nuestras almas de un gran provecho espiritual. Deberíamos detenernos en los menores detalles, sea para adorar la sabiduría de Dios que allí se manifiesta, sea para confesar nuestra ignorancia al respecto y humillarnos por ella. Pasarlos por alto con un espíritu de indiferencia sería, en cierto modo, afirmar que el Espíritu Santo se tomó el trabajo de hacer escribir cosas que no encontramos dignas de intentar comprenderlas, y ningún cristiano recto osaría pensar tal cosa. Si el Espíritu Santo, al darnos la ley del sacrificio por el pecado omitió los ritos mencionados anteriormente, ritos que ocupan un lugar esencial en la ley del holocausto, seguramente debió de tener su razón para hacerlo, y debe de haber en ello una significación importante. Esto es lo que debemos tratar de comprender; y, sin duda, estas diferencias tienen un motivo especial que el pensamiento de Dios tenía en vista en cada ofrenda. El sacrificio por el pecado muestra el aspecto de la obra de Cristo en el cual se le ve tomando judicialmente el lugar que moralmente nos correspondía. Por esta razón no podemos esperar que encontraremos allí la expresión intensa de lo que él era, en todos los motivos secretos que le hacían obrar, simbolizada en el acto típico de “degollar”. Tampoco podía haber allí una amplia exposición de lo que él era, no sólo en todo su Ser, sino incluso en los menores rasgos de su carácter, lo que se ve en el acto de “dividir sus piezas”. Y finalmente, no podía haber allí una manifestación de lo que él era en persona, en la práctica e intrínsecamente, representada por el muy significativo acto de “lavar con agua los intestinos y las piernas”.

Todas estas cosas pertenecen a la fase holocáustica de nuestro muy amado Señor, y solamente a ella, porque allí le vemos ofreciéndose a sí mismo a la mirada, al corazón y en el altar de Jehová, sin que se trate de la imputación del pecado, de ira o de juicio. En la ofrenda por el pecado, por el contrario, en lugar de haber, como idea preeminente, lo que Cristo es, encontramos lo que es el pecado. En lugar del valor de Jesucristo, se encuentra la odiosidad del pecado. En el holocausto, como es Cristo mismo quien se ofrece a Dios y es aceptado, encontramos todo lo necesario para manifestar lo que él era en todos sus aspectos. En el sacrificio por el pecado, como él es el pecado, juzgado por Dios, encontramos precisamente todo lo contrario. Todo esto es tan sencillo que no exige ningún esfuerzo intelectual para comprenderlo. Deriva naturalmente del carácter distintivo del tipo.


La grosura de la víctima, imagen de la excelencia de Cristo en su muerte por el pecado

Sin embargo, aunque el objeto principal de la expiación sea prefigurar lo que Cristo fue hecho por nosotros, y no lo que era en sí mismo, hay, no obstante, un rito que se refiere a este tipo, el cual representa de la manera más expresiva cuán agradable era él personalmente para Dios. Este rito está indicado por las palabras siguientes: “Y tomará del becerro para la expiación toda su grosura, la que cubre los intestinos, y la que está sobre las entrañas, los dos riñones, la grosura que está sobre ellos, y la que está sobre los ijares; y con los riñones quitará la grosura de sobre el hígado, de la manera que se quita del buey del sacrificio de paz; y el sacerdote la hará arder sobre el altar del holocausto” (cap. 4:8-10). Así la excelencia intrínseca de Cristo no es omitida, ni aun en el sacrificio por el pecado. La grosura quemada sobre el altar es la justa expresión de la divina apreciación del valor de Cristo, cualquiera fuese la actitud que en su perfecta gracia tomase por nosotros, o en nuestro lugar; fue hecho pecado por nosotros, y el sacrificio por el pecado es el tipo divino que le representa bajo este aspecto. Como quien era hecho pecado era el Señor Jesucristo, el Elegido de Dios, su santo Hijo, perfectamente puro y eterno, la grosura del sacrificio por el pecado era quemada sobre el altar como materia apropiada para ese fuego que simbolizaba tan bien la santidad divina.

Pero, incluso a este respecto, vemos qué contraste hay entre el sacrificio por el pecado y el holocausto. En este último se quemaba sobre el altar no sólo la grosura, sino la víctima entera, porque representaba a Cristo sin relación alguna con el pecado. En el primero, sólo la grosura debía quemarse sobre el altar, porque se trataba de llevar el pecado, aunque Cristo fuera el portador. Las glorias divinas de la Persona de Cristo brillan aun en medio de las sombras más negras de aquel madero al cual consintió ser clavado, hecho maldición por nosotros. La odiosidad del pecado, al cual, en el ejercicio de su amor divino, asoció su persona bendita en la cruz, no podía impedir que el agradable olor de sus méritos subiera hasta el trono de Dios. Así se nos manifiesta el profundo misterio de la faz de Dios oculta a Cristo hecho pecado, y del corazón de Dios gozándose de lo que Cristo era en sí mismo. Esto es lo que da un especial encanto al sacrificio por el pecado. El resplandor de los vivos rayos de la gloria personal de Cristo en medio de las lúgubres tinieblas del Calvario; su valor personal resurgiendo de las mayores profundidades de su humillación; las delicias de Dios en Aquel de quien debía ocultar su rostro en virtud de su in¬flexible justicia y su santidad; todo esto es expresado por el hecho de quemar sobre el altar la grosura del sacrificio por el pecado.


El cuerpo de la víctima es quemado fuera del campamento

Como hemos indicado en primer lugar lo que se hacía con la sangre y también lo que se hacía con la grosura, vamos ahora a considerar lo que se hacía con la carne. “Y la piel del becerro y toda su carne… todo el becerro sacará fuera del campamento a un lugar limpio, donde se echan las cenizas, y lo quemará al fuego sobre la leña; en donde se echan las cenizas será quemado” (v. 11, 12). En este hecho tenemos el rasgo principal del sacrificio por el pecado; lo que lo distingue a la vez del holocausto y del sacrificio de paz. Su carne no era quemada sobre el altar, como en el holocausto, ni comida por el sacerdote o el adorador, como en el sacrificio de paz. Era quemada enteramente fuera del campamento. (Nota [11]) “Mas no se comerá ninguna ofrenda de cuya sangre se metiere en el tabernáculo de reunión para hacer expiación en el santuario; al fuego será quemada” (Levítico 6:30). “Porque los cuerpos de aquellos animales cuya sangre a causa del pecado es introducida en el santuario por el sumo sacerdote, son quemados fuera del campamento. Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta” (Hebreos 13:11-12).


Aplicación práctica para el culto

Al comparar lo que se hacía con la sangre y lo que se hacía con la carne o con el cuerpo de la víctima, dos órdenes de verdades se presentan a nuestros ojos, a saber: el culto y el estado del discípulo. La sangre metida en el santuario es el fundamento del primero. El cuerpo quemado fuera del campamento es la base del segundo. Antes de que podamos rendir culto con paz de conciencia y libertad de corazón, es preciso que sepamos, según la autoridad de la Palabra y por el poder del Espíritu, que la cuestión del pecado ha sido resuelta para siempre por la sangre del divino sacrificio por el pecado; que esta sangre ha sido rociada en perfección ante el Eterno; que todas las exigencias de Dios y todas nuestras necesidades, como pecadores perdidos y culpables, han sido satisfechas para siempre. Esto es lo que da una paz perfecta, y con el gozo de esta paz rendimos culto a Dios. Cuando un israelita de entonces había ofrecido el sacrificio por el pecado, su conciencia reposaba, ya que su sacrificio era capaz de dar reposo. Es verdad que no era más que una paz temporal, puesto que era el fruto de un sacrificio temporal. Pero es claro que, cualquiera fuese el género de paz que el sacrificio proporcionase, aquel que lo ofrecía podía gozar de ella. Por consiguiente, siendo nuestro sacrificio divino y eterno, también nuestra paz es divina y eterna. Así como es el sacrificio, tal es la paz de la cual él es fundamento. Un judío nunca tenía la conciencia purificada para siempre, porque no tenía un sacrificio eternamente eficaz. Podía, en cierto sentido, tener su conciencia purificada por un día, un mes o un año, pero no podía tener su conciencia purificada para siempre. “Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una sola vez en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociada a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Hebreos 9:11-14).

Aquí tenemos una presentación completa y explícita de la doctrina. La sangre de los toros y de los machos cabríos proporcionaba una redención temporaria; la sangre de Cristo proporciona una redención eterna. La primera purificaba exteriormente; la segunda interiormente. Aquélla purificaba la carne por un tiempo; ésta purifica la conciencia para siempre. Toda la cuestión depende no del carácter o la condición de aquel que ofrece, sino del valor del sacrificio. No se trata de saber si un cristiano es mejor que un judío, sino si la sangre de Cristo vale más que la de un toro. Seguramente vale más, infinitamente más. El Hijo de Dios comunica todo el valor de su divina persona al sacrificio que ha ofrecido, y si la sangre de un toro purificaba la carne por un año ¿“cuánto más” la sangre del Hijo de Dios purificará para siempre la conciencia? Si aquélla quitaba algunos pecados, ¿cuánto más ésta los quitará todos?

Ahora bien, ¿cómo era que el alma de un judío tenía paz durante algún tiempo, después que había ofrecido su sacrificio por el pecado? ¿Cómo sabía que el pecado especial, por el cual había presentado su sacrificio, estaba perdonado? Porque Dios había dicho: “Y será perdonado”. La paz de su alma, en cuanto a este pecado particular, reposaba en el testimonio del Dios de Israel y en la sangre de la víctima. Así es ahora; la paz del creyente, relativa a todo pecado, descansa en la autoridad de la Palabra de Dios y en “la preciosa sangre de Cristo”. Si un judío había pecado y descuidaba ofrecer su sacrificio por el pecado, era “cortado de entre su pueblo”; pero cuando tomaba su lugar como pecador, cuando ponía la mano sobre la cabeza de una víctima para expiación, entonces la víctima era «cortada» en su lugar, y él era librado conforme al valor del sacrificio. La víctima era tra¬tada como merecía serlo el que la ofrecía; por consiguiente, si este último no hubiera sabido que su pecado le había sido perdonado, habría hecho a Dios mentiroso y tratado de inútil la sangre del sacrificio divinamente ordenado.

Y si esto era verdad para aquel que sólo podía descansar según el valor de la sangre de un macho cabrío, ¿“cuánto más” se aplica a aquel que puede reposar en la virtud de la preciosa sangre de Cristo? El creyente ve en Cristo al que ha sido juzgado por todos sus pecados; al que, colgado en la cruz, llevó todo el peso de sus pecados; a Aquel que, habiéndose hecho responsable de estos pecados, no podría estar allí donde está ahora si toda la cuestión del pecado no hubiera sido solucionada según los requisitos de la justicia infinita. Cristo tomó de tal manera el lugar del creyente en la cruz; éste estaba tan enteramente identificado con Él; todos los pecados del creyente le fueron entonces tan completamente imputados a Él, que toda culpabilidad del creyente, toda idea de ira o de juicio, a los que estaría expuesto, está eternamente hecha a un lado. Todo se solucionó en el madero entre la Justicia divina y la Víctima sin defecto. Y ahora, el creyente está tan absolutamente identificado con Cristo en el trono, como Cristo estuvo identificado con él en la cruz. La justicia ya no tiene ningún agravio que alegar contra el creyente, porque no tiene ningún agravio que alegar contra Cristo, ni ahora ni nunca jamás. Si una acusación pudiera ser válida contra el creyente, esto sería poner en duda la realidad de la identificación de Cristo con él en la cruz, y la perfección de la obra de Cristo en su favor. Si cuando el adorador de antaño volvía a su casa, después de haber ofrecido su sacrificio por el pecado, alguien le hubiera acusado del pecado por el cual había inmolado a su víctima ¿cuál habría sido su respuesta? Sencillamente ésta: «El pecado ha sido expiado con la sangre de la víctima, y Jehová ha pronunciado estas palabras: “Y será perdonado”». La víctima había muerto en su lugar y él vivía en lugar de la víctima.


Cristo, el Arquetipo


Tal era el tipo. En cuanto al Arquetipo, cuando la mirada de la fe reposa en Cristo como sacrificio por el pecado, ve en él a aquel que, habiendo tomado una perfecta vida humana, la entregó en la cruz porque el pecado, allí y entonces, le había sido imputado. Pero ve también en él a aquel que, teniendo en sí mismo el poder de la vida eterna y divina, sale de la tumba y ahora comunica su vida de resurrección, su vida divina y eterna, a todos los que creen en su nombre. El pecado es quitado, porque la vida a la que estaba unido fue quitada. Y ahora, en lugar de la vida a la cual estaba unido el pecado, todos los verdaderos creyentes poseen la vida a la cual está ligada la justicia. La cuestión de pecado jamás puede ser suscitada frente a la vida resucitada y victoriosa de Cristo, y ésta es la vida que poseen los creyentes. No hay otra vida. Fuera de ella, todo está muerto, porque fuera de ella todo está bajo el poder del pecado. “El que tiene al Hijo, tiene la vida” (1.ª Juan 5:12), y aquel que tiene la vida, tiene también la justicia. Las dos cosas son inseparables, porque Cristo es una y otra. Si el juicio y la muerte de Cristo en la cruz eran realidades, entonces la vida y la justicia del creyente son realidades. Si el pecado imputado era una realidad para Cristo, la justicia imputada es una realidad para el creyente. Son tan reales el uno como la otra, porque, si no fuera así, Cristo habría muerto en vano. El verdadero e inquebrantable fundamento de la paz es éste: las exigencias de la naturaleza de Dios, en cuanto al pecado, fueron perfectamente satisfechas. La muerte de nuestro Señor Jesucristo las satisfizo todas y las satisfizo para siempre. ¿Qué es lo que lo prueba, y de manera que tranquiliza la conciencia despertada? El gran hecho de la resurrección. Un Cristo resucitado proclama la entera liberación del creyente, su perfecta absolución de todo cargo posible. “El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25). Un cristiano que no sabe que su pecado es quitado, y quitado para siempre, hace poco caso de la sangre de su divino sacrificio por el pecado. Niega u olvida que esa sangre ha tenido la perfecta presentación: la aspersión hecha con ella siete veces delante de Dios.


Nuestra posición como consecuencia de la obra de la cruz

Y ahora, antes de dejar este punto fundamental que acabamos de considerar, deseamos hacer un llamamiento formal al corazón y a la conciencia de nuestro lector. Querido amigo, ¿ha sido usted inducido a reposar sobre este santo y feliz fundamento? ¿Sabe que la cuestión de su pecado, y de sus pecados, ha sido resuelta para siempre? ¿Ha posado su mano, por la fe, sobre la cabeza de la víctima ofrecida por el pecado? ¿Ha visto la sangre expiatoria de Jesucristo quitar de sobre usted toda culpabilidad y arrojarla a las profundas aguas del olvido de Dios? La justicia divina ¿tiene aún algo en su contra? ¿Está libre de los indecibles tormentos de una conciencia culpable? No descanse, se lo ruego, hasta que pueda dar feliz respuesta a estas preguntas. Esté seguro de que es el dichoso privilegio del más débil de los hijos en Cristo el de regocijarse a causa de la plena y eterna remisión de sus pecados, a causa de una perfecta expiación y que, por consiguiente, el que enseña otra cosa rebaja el sacrificio de Cristo al nivel del de los “toros y de los machos cabríos”. Si no podemos saber que nuestros pecados han sido perdonados, ¿dónde está la buena nueva del Evangelio? El cristiano ¿no tiene ninguna ventaja sobre el judío, en cuanto a la expiación? Este último tenía el privilegio de saber que la propiciación estaba hecha para él, por un año, merced a la sangre de un sacrificio anual. El primero ¿no puede tener certidumbre alguna? Sin ninguna duda. Pues bien, si hay certidumbre para él, es preciso que sea eterna, puesto que descansa en un sacrificio eterno.

Esto, y sólo esto, es la base del culto. La perfecta seguridad de tener perdonado el pecado, produce, no un espíritu de confianza en sí mismo, sino un espíritu de alabanza, de acción de gracias y de adoración. Produce no un espíritu de satisfacción personal, sino de satisfacción en Cristo, el cual, gracias a Dios, es el espíritu que caracterizará a los rescatados durante toda la eternidad. Nos conduce, no a hacer poco caso del pecado, sino a hacer mucho caso de la gracia que lo ha perdonado perfectamente y de la sangre que lo ha anulado por completo. Es imposible que se pueda contemplar la cruz, que se pueda ver el lugar que Cristo tomó allí, meditar en los padecimientos que allí soportó, pensar en las tres terribles horas de tinieblas, y que se pueda, al mismo tiempo, mirar el pecado como algo de poca importancia. Cuando se han comprendido bien todas estas cosas, por el poder del Espíritu Santo, deben seguirse dos resultados, a saber: el horror hacia el pecado bajo todas sus formas, y un sincero amor por Cristo, por su pueblo y por su causa.


Salgamos a Él fuera del campamento

Consideremos ahora lo que se hacía de la “carne” o cuerpo de la víctima, en el cual encontramos, como ya lo hemos dicho, la verdadera base del discipulado. “Todo el becerro sacará fuera del campamento a un lugar limpio, donde se echan las cenizas, y lo quemará al fuego sobre la leña” (4:12). Este acto debe ser considerado bajo dos puntos de vista; primero, como expresando el lugar que nuestro Señor Jesucristo tomó por nosotros, llevando el pecado; y después, expresando el lugar donde fue echado por un mundo que lo había rechazado. Sobre este último punto queremos llamar la atención de nuestro lector.

La lección que el apóstol extrae en Hebreos 13, de que Cristo “padeció fuera de la puerta”, es profundamente práctica: “Salgamos, pues, a él fuera del campamento, llevando su vituperio” (v. 12-13). Así como los sufrimientos de Cristo nos han asegurado una entrada en el cielo, el lugar donde él padeció representa nuestro rechazamiento de la tierra. Su muerte nos ha proporcionado una ciudad en lo alto; el lugar donde murió nos priva de una ciudad aquí abajo. (Nota [12]) “Él padeció fuera de la puerta”, y por eso dejó a un lado a Jerusalén, como centro de las operaciones divinas. Ahora ya no hay un lugar consagrado en la tierra. Cristo ocupó su lugar como víctima, fuera de los límites de la religión de este mundo, de su política y de todo lo que le pertenece. El mundo le odió y le rechazó. Por eso dice la Escritura: “Salid”. Ésta es la divisa concerniente a todo lo que los hombres constituyen como “campamento”, cualquiera sea este campamento. Si los hombres erigen una «ciudad santa», usted debe buscar un Cristo desechado “fuera de la puerta”. Si los hombres forman un campamento religioso, cualquiera sea el nombre que se le quiera dar, usted debe “salir” de él a fin de encontrar un Cristo rechazado. Una ciega superstición puede excavar las ruinas de Jerusalén para buscar allí reliquias de Cristo. Ya lo ha hecho y lo hará todavía. Aparentará haber descubierto y honrará el lugar donde estuvo su cruz y su sepulcro. La codicia natural, también, aprovechándose de la superstición natural, ha hecho, durante siglos, un tráfico lucrativo con el astuto pretexto de honrar los llamados santos lugares de la antigüedad. Pero un solo rayo de luz de la divina lámpara de la Revelación bastará para hacerle ver a usted que es preciso “salir” de todo eso a fin de encontrar un Cristo desechado y gozar de la comunión con él.

Sin embargo, nuestro lector recordará que el grito tan impresionante de “salgamos” implica mucho más que el simple alejamiento de los groseros absurdos de una ignorante superstición o de las astucias de una sagaz codicia. Muchos pueden hablar con energía y elocuencia en contra de todas estas cosas, encontrándose, no obstante, muy lejos de estar dispuestos a obedecer el mandamiento del apóstol. Cuando los hombres forman un “campamento” y se reúnen alrededor de una bandera, teniendo por escudo de armas algún dogma verdadero e importante o alguna excelente institución, cuando pueden recurrir a un credo ortodoxo, a un plan de doctrina avanzado y luminoso, a un ritual espléndido, capaz de satisfacer las más ardientes aspiraciones de la devota naturaleza del hombre, cuando una o varias de estas cosas existen, es necesaria una gran inteligencia espiritual para discernir la fuerza real y la verdadera aplicación de esta palabra: “Salgamos”; y mucha energía y decisión espiritual para ajustarse a ella. No obstante, es necesario discernirla y ajustarse a ella, porque es absolutamente cierto que la atmósfera de un campamento (cualquiera sea su fundamento y su bandera) es contraria a la comunión personal con un Cristo desechado, y ninguna de las llamadas ventajas religiosas contrarrestará jamás la pérdida de esta comunión. Tenemos tendencia a caer en formas frías y estereotipadas. Siempre ha ocurrido así en la iglesia profesante. Estas formas pueden haber sido verdaderamente poderosas en el origen. Pueden haber resultado de positivas visitaciones del Espíritu de Dios. Lo peligroso es estereotipar la forma, cuando el Espíritu y la fuerza han desaparecido. Esto es, en principio, establecer un campamento. El sistema judío podía jactarse de un origen divino. Un judío podía enseñar con orgullo el templo con su pomposo sistema de culto, su sacerdocio, sus sacrificios, todos sus ornamentos y sus utensilios y probar que todo había sido ordenado por el Dios de Israel. Podía, como decimos, citar el capítulo y el versículo para todo lo que tenía relación con el sistema al cual estaba unido. ¿Cuál es el sistema de la antigüedad, de la Edad Media o de los tiempos modernos, que pueda presentar tan altas y tan poderosas pretensiones, o dirigirse al corazón con una autoridad tan imponente? Y, no obstante, la orden era de “salir”.

Es éste un asunto de los más solemnes. Nos concierne a todos, porque todos tenemos tendencia a deslizarnos de la comunión con un Cristo viviente a una rutina muerta. De ahí la fuerza moral de estas palabras: “Salgamos pues, a Él”. Esto no quiere decir: «Salgamos de un sistema para entrar en otro; dejemos ciertas opiniones para abrazar otras; dejemos tal sociedad para juntarnos a otra». No, sino salgamos, de todo lo que puede llamarse un campamento, “a Él”, quien “padeció fuera de la puerta”. El Señor Jesucristo está ahora tan fuera de la puerta como cuando padeció allí hace ya diecinueve siglos. ¿Por quién fue llevado fuera de la puerta? Por «el mundo religioso» de entonces; y el mundo religioso de entonces era, en espíritu y en principio, el mundo religioso de hoy. El mundo siempre es el mundo. “No hay nada nuevo debajo del sol”. Cristo y el mundo no son uno. El mundo se ha puesto el manto del cristianismo, pero sólo para que su odio contra Cristo pueda desenvolverse en formas más peligrosas por debajo. No nos engañemos a nosotros mismos. Si queremos andar con un Cristo desechado, es preciso que seamos un pueblo desechado. Si nuestro Señor “padeció fuera de la puerta” no podemos esperar reinar dentro de ella. Si seguimos sus pasos ¿adónde nos conducirán? Seguramente, no a las posiciones elevadas de este mundo sin Dios y sin Cristo.

Él es un Cristo menospreciado, un Cristo rechazado, un Cristo fuera del campamento. ¡Oh, salgamos, pues, a Él, querido lector cristiano, llevando su oprobio! No nos complazcamos con los rayos del favor de este mundo, ya que éste crucificó y siente siempre un odio implacable al Amado, al cual le debemos todo, aquí y en la eternidad, y quien nos ama con un amor al que las muchas aguas no podrán apagar. No sostengamos, ni directa ni indirectamente, lo que se cubre con el nombre sagrado de Cristo, pero que en realidad odia su persona, odia sus caminos, odia su verdad, odia la simple mención de su advenimiento. Seamos fieles a nuestro Señor ausente. Vivamos para Aquel que murió por nosotros. Si tenemos nuestras conciencias en paz por su sangre, que entonces los afectos de nuestros corazones se enlacen alrededor de su persona, de suerte que nuestra separación “del presente siglo malo” (Gálatas 1:4) no sea sólo el resultado de fríos principios, sino una separación afectiva, porque el objeto de nuestro afecto no se encuentra allí. ¡Quiera el Señor preservarnos de la influencia de este egoísmo consagrado y prudente, tan común hoy día, que no querría estar sin religión, pero que no por eso es menos enemigo de la cruz de Cristo! Lo que necesitamos, para poder resistir con éxito a esta terrible forma del mal, no son miras particulares, o principios especiales, o singulares teorías, o una fría ortodoxia intelectual. Lo que necesitamos es una profunda devoción a la Persona del Hijo de Dios; una entera y cordial consagración de nosotros mismos, cuerpo, alma y espíritu, a su servicio; un ardiente deseo de su gloriosa venida. Tales son, querido lector, las necesidades particulares de los tiempos en que vivimos. Únase, pues, a nosotros para exclamar desde lo más profundo de nuestros corazones: «¡Oh, Señor, vivifica tu obra, completa el número de tus elegidos, apresura tu reino! ¡Ven, Señor Jesús!».

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