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"Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe ..."
Efesios 4:11−12.
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La Separación y los Movimientos de los Apóstoles
Por Watchman Nee
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Antioquía, la iglesia modelo
La iglesia en Antioquía es la iglesia modelo mostrada en la Palabra de Dios, porque fue la primera en constituirse después de la fundación de las iglesias relacionadas con los judíos y los gentiles. En el capítulo dos de los Hechos vemos a la iglesia relacionada con los judíos establecida en Jerusalén, y en el capítulo diez vemos a la iglesia relacionada con los gentiles establecida en la casa de Cornelio. Fue justamente después del establecimiento de estas iglesias, que la iglesia en Antioquía fue fundada. En su etapa de transición la iglesia en Jerusalén no estaba completamente libre del judaísmo, pero la iglesia en Antioquía desde el principio se mantuvo puramente y sin equivocación sobre el terreno de la Iglesia. Es de no poca significación que "a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía” (Hechos 11:26). Fue allí donde las características peculiares del cristiano y de la Iglesia Cristiana fueron primeramente manifestadas claramente, por cuya razón puede ser considerada la iglesia modelo para esta dispensación. Sus profetas y maestros eran modelos de profetas y maestros, y los apóstoles que envió fueron apóstoles modelos. No solamente fueron ejemplo para nosotros los hombres enviados, sino que la forma de su envío también es nuestro ejemplo.


Desde la terminación del Nuevo Testamento, el Espíritu Santo ha llamado a muchos de los hijos de Dios a servirle por todo el mundo, pero, hablando estrictamente, ninguno de ellos puede ser considerado como nuestro ejemplo. Siempre debemos buscar el primer acto del Espíritu Santo en cualquier dirección determinada, para descubrir Su norma para nosotros en esa dirección especial. El primer envío narrado de obreros de la primera iglesia establecida puramente sobre el terreno de la Iglesia, es nuestro mejor ejemplo en el envío de apóstoles o
misioneros.


El llamamiento del Espíritu Santo
En los primeros dos versículos de Hechos 13, leemos: "Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo. Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado". Notemos, por favor, unos cuantos hechos aquí. Había una iglesia local en Antioquía, había ciertos profetas y maestros quienes eran ministros en esa iglesia, y fue entre ellos que el Espíritu Santo separó a dos para otra esfera de servicio. Bernabé y Saulo eran dos ministros del Señor ya ocupados en el ministerio del Señor cuando llegó el llamamiento. El Espíritu Santo solamente envía a otras partes a aquellas personas que ya están equipadas para la obra y que están cargando con responsabilidad en donde están, no a aquellos que están enterrando sus talentos y haciendo poco aprecio de las necesidades locales mientras que sueñan con algún día futuro cuando les llegue el llamamiento a un servicio especial. Notemos primeramente que el Espíritu Santo escoge a los apóstoles entre los profetas y maestros.


"Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado". Estos profetas y maestros ministraban tan de todo corazón al Señor, que, cuando la ocasión lo demandaba, ellos pasaban por alto hasta las necesidades físicas legítimas y ayunaban. Lo que llenaba los pensamientos de esos profetas y maestros en Antioquía era el ministerio al Señor, no trabajo para Él. Su devoción era para el Señor Mismo, no para Su servicio, y era mientras que Bernabé y Saulo le ministraban, que la voz del Espíritu Santo fue oída llamándolos a un servicio especial.


Fue al llamamiento divino al que respondieron, no a la voz de la necesidad humana. No habían escuchado informes de fieros cazadores de hombres ni de salvajes en busca de cabezas humanas. Sus compasiones no habían sido movidas por cuentos lúgubres de matrimonios de niños, o de vendajes de los pies, o de fumaderos de opio. Ninguna voz habían escuchado sino la voz del Espíritu; ninguna pretensión sino la demanda de Cristo. Ninguna apelación se había hecho a su heroísmo natural o a su amor a las aventuras. Ellos conocían solamente un llamamiento, el llamamiento de su Señor. Era el Señorío de Cristo el que reclamaba su servicio, y era solamente en Su autoridad que ellos iban. Sus llamamientos eran llamamientos espirituales. En ellos no entraba ningún factor natural.


Fue el Espíritu Santo quien dijo: "Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado". Toda obra espiritual debe empezar con el llamamiento del Espíritu. Toda tarea divina debe ser iniciada divinamente. El plan concebido para el trabajo puede ser magnífico, la razón adecuada, la necesidad urgente, y el hombre escogido para realizarla puede ser eminentemente apropiado; pero si el Espíritu Santo no ha dicho, apartadme a ese hombre para la obra a que lo he llamado, él nunca podrá ser un apóstol. Puede ser un profeta o un maestro, pero no es ningún apóstol. Dios desea el servicio de Sus hijos, pero Él hace conscriptos; no desea voluntarios. La obra es Suya, y Él es su único Originador legítimo. La intención humana, por muy buena que sea, nunca puede tomar el lugar de la iniciativa divina. Los deseos fervorosos por la salvación de los pecadores o la edificación de los santos, nunca habilitarán a un hombre para el trabajo de Dios. Un requisito, y solamente uno, es necesario: Dios debe enviarlo.


Fue el Espíritu Santo quien dijo, "Apartadme a Bernabé a Saulo para la obra a que los he llamado". Solamente el llamamiento divino puede habilitar para el oficio apostólico. La tragedia en la obra cristiana hoy es que tantos obreros sencillamente han ido, no han sido enviados. El deseo personal, las persuasiones amistosas, el consejo de personas mayores que uno, y la urgencia de la oportunidad; todos estos son factores en el plano natural, y nunca pueden tomar el lugar de un llamamiento espiritual. Eso es algo que debe ser grabado en el espíritu humano por el Espíritu de Dios.


Cuando Bernabé y Saulo fueron enviados, el Espíritu primeramente los llamó, y los hermanos luego confirmaron el llamamiento. Los hermanos pueden decir que usted tiene un llamamiento, y las circunstancias parecerán indicarlo, pero la cuestión es, ¿ha escuchado usted mismo el llamamiento? Si usted va a ir, entonces usted es el que primero tiene que acuchar la voz del Espíritu. No nos atrevemos a desatender la opinión de los hermanos, pero su opinión no es substituto alguno de un llamamiento personal de Dios. Si Dios desea el servicio de cualquier hijo Suyo, Él Mismo lo llamará a la tarea, y Él Mismo lo enviará.


La primera exigencia en el trabajo es un llamamiento divino. Todo depende de esto. Un llamamiento divino le da a Dios Su lugar legítimo, porque lo reconoce a Él como el Originador de la obra. En donde no hay llamamiento de Dios, el trabajo emprendido no es de origen divino, y no tiene valor espiritual. La obra divina debe ser comenzada divinamente.


Un obrero pueda ser llamado directamente por el Espíritu, o indirectamente a través de la lectura de Su Palabra, por medio de la predicación, o por las circunstancias, pero por cualquier medio que Dios utilice para hacer Su voluntad conocida del hombre, Su voz debe ser la que se escuche a través de todas las otras voces; Él debe ser el que hable, sin importar el instrumento utilizado para hacer el llamamiento. Nunca debemos ser independientes de los otros miembros del cuerpo, pero nunca debemos olvidar que recibimos todas nuestras órdenes de la Cabeza.


Separación de obreros
Sí, fue el Espíritu Santo quien llamó a Bernabé y a Saulo pero Él dijo a los otros profetas y doctores lo mismo que a ellos, "Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado". El Espíritu Santo habló directamente a los apóstoles, pero Él también habló indirectamente por medio de los profetas y doctores. Lo que se dijo en lo privado a los dos, fue confirmado públicamente a través de los otros tres. Todos los apóstoles deben tener una revelación personal de la voluntad de Dios, pero hacer que esto sea la única base para su salida no es suficiente. Por una parte, la opinión de otros, por muy espirituales y experimentados que sean, nunca puede ser un sustituto de un llamamiento directo de Dios. Por otra parte, un llamamiento personal, por muy definido que esté, requiere la confirmación de los miembros representativos del Cuerpo de Cristo en la localidad de la cual van a salir los
obreros.


Observemos que el Espíritu Santo no le dijo a la iglesia en Antioquía, "Apartadme a Bernabé y a Saulo". Fue a los profetas y a los maestros a los que les habló. El que Dios diera a conocer Su voluntad a toda la asamblea, casi no hubiera sido práctico. Algunos de sus miembros eran maduros espiritualmente, pero otros apenas eran niños en Cristo. Dios por lo tanto habló a un grupo representativo en la iglesia, a hombres de experiencia espiritual, quienes estaban consagrados de lleno a Sus intereses.


Y aquí estaba el resultado. "Habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron" (Hechos 13: 3). La separación de los apóstoles por los profetas y maestros siguió al llamamiento que vino a ellos del Espíritu. El llamamiento fue personal, la separación fue corporativa; y la una no estaba completa sin la otra. Un llamamiento directo de parte de Dios, y una confirmación de ese llamamiento en la separación de los llamados por los profetas y maestros, es la provisión de Dios contra obreros independientes en Su servicio.


El llamamiento de un apóstol es el Espíritu Santo hablando directamente al que ha sido llamado. La separación de un apóstol es el Espíritu Santo hablando indirectamente a través de los colaboradores del que ha sido llamado. Es el Espíritu Santo quien toma la iniciativa tanto en el llamamiento como en el apartamiento de los obreros. Por lo tanto, si los hermanos representantes de cualquier asamblea apartan a hombres para el servicio del Señor, deben preguntarse a sí mismos: ¿Estamos haciendo esto por nuestra propia iniciativa, o como representantes del Espíritu de Dios? Deben poder decir de cada obrero que envían: Fue enviado por el Espíritu Santo, no por el hombre. Ninguna separación de obreros debe hacerse de prisa o con ligereza. Fue por esta razón que el ayuno y la oración precedieron al envío e Bernabé y Saulo.


Con respecto a todos los enviados, deben poner atención a estos dos aspectos en su separación para el servicio de Dios. Por una parte, debe haber un llamamiento directo de Dios y un reconocimiento personal de ese llamamiento. Por otra parte, debe haber una confirmación de ese llamamiento por los miembros representativos del Cuerpo de Cristo. Y en lo concerniente a todos los responsables del envío de otros, por un lado deben estar en posición de recibir la revelación del Espíritu y de discernir la mente del Señor; por el otro lado deben poder entrar en simpatía en la experiencia de aquéllos a quienes ellos, como miembros representativos del Cuerpo de Cristo, envían en el Nombre del Señor. El principio que gobernó el envío de los primeros apóstoles todavía gobierna el envío de todos los apóstoles que verdaderamente son comisionados por el Espíritu para la obra de Dios.


La expresión del cuerpo
¿Basados en qué fundamento apartaron estos profetas y maestros a determinados hombres para ser apóstoles, y a quiénes representaban estos profetas y maestros? ¿Por qué ellos, y no toda la iglesia, separaron a esos obreros? ¿Cuál es la significación de tal apartamiento, y cuál es el requisito necesario de parte de aquellos que asuman una responsabilidad
en el asunto?


La primera cosa que debemos comprender es que Dios ha incorporado a todos Sus hijos en un Cuerpo. Cuando hablamos del único Cuerpo, enfatizamos la unidad de la vida de todos los hijos de Dios; cuando hablamos de sus muchos miembros enfatizamos la diversidad de funciones en esa unidad. La característica de lo anterior es vida; la característica de lo posterior es trabajo. En un cuerpo físico los miembros difieren unos de otros; con todo, funcionan como uno porque comparten una vida y tienen el crecimiento de todo el cuerpo como su única meta.


Debido a que el Cuerpo de Cristo tiene estos dos aspectos distintos -vida y ministerio-, tiene consecuentemente dos diferentes manifestaciones externas. La iglesia en una localidad es utilizada para expresar la vida del Cuerpo, y los dones en la Iglesia son usados para expresar el ministerio de sus miembros. En otras palabras, cada iglesia local debe mantenerse sobre la base del Cuerpo, teniéndose a sí misma como una expresión de la unidad de la vida del Cuerpo, y por ningún concepto admitir la división, puesto que existe como la manifestación de una vida indivisible. Los diferentes ministros de la Iglesia deben asimismo sostenerse sobre el fundamento del Cuerpo, teniéndose a sí misma como una expresión de sus diversos ministerios. Una comunión y una cooperación perfectas debería caracterizar todas sus actividades, porque, aunque sus funciones sean variadas, sus ministerios en realidad son uno.


Una lectura superficial de Efesios 4:11-12, podría llevarnos a la conclusión de que los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, funcionaban fuera del Cuerpo, porque fueron dados por el Señor a Su Iglesia para su crecimiento (versículo 12); pero el versículo dieciséis (16) aclara que no están fuera del Cuerpo para edificarlo; ellos buscan edificarlo desde dentro. Ellos mismos son parte del Cuerpo, y es solamente según que ellos tomen su lugar legítimo en él como miembros ministrantes, que todo el Cuerpo es edificado.


Que las iglesias son la expresión local del Cuerpo de Cristo es un hecho establecido, de manera que no necesitamos ahondar en eso ahora; pero se requiere alguna explicación sobre los ministros dotados a quienes Dios ha puesto en la Iglesia como la expresión del ministerio del Cuerpo. En 1 Corintios 12, Pablo claramente está tratando de la cuestión del servicio cristiano. Compara a los obreros con diferentes miembros de un cuerpo, y muestra que cada miembro tiene su uso específico, y que todos sirven al cuerpo como pertenecientes a él y no como separados de él. En el versículo 27 escribe: "Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular". Y en el siguiente dice: "Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas". Un estudio de estos dos versículos aclara que los ministros dotados del versículo 28 son los miembros del versículo 27, y que la Iglesia del versículo 28 es el Cuerpo del versículo 27; por lo mismo, los ministros son para la Iglesia, los miembros lo son para el Cuerpo. Los ministros dotados son los miembros del Cuerpo que funcionan, y todas sus operaciones las llevan a cabo como miembros. Son para la Iglesia lo que las manos, los pies, la boca, y la cabeza son para el cuerpo físico. Ellos están en el Cuerpo, sirviéndolo por el uso de
aquellas facultades que ellos, como miembros, poseen.


Al leer 1 Corintios 12:28, uno no puede dejar de sorprenderse por la fuerte diferencia entre la descripción de los primeros tres dones y los cinco restantes. Pablo, bajo la inspiración del Espíritu, tiene cuidado especial al enumerarlos, “primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros”. Los primeros tres están enumerados específicamente, pero no el resto; y son marcadamente distintos en su naturaleza así como en su enumeración. Ellos son hombres, el resto son cosas. Los tres dones del Señor a Su Iglesia nombrados primeramente -apóstoles, profetas y maestros- están separados de los demás. Ellos son ministros de la Palabra de Dios, y su función, la de edificar el Cuerpo de Cristo, es la función más importante en la Iglesia. Ellos son los representantes del ministerio del Cuerpo.


La única crónica de las Escrituras del envío de apóstoles, se encuentra en Hechos 13, y allí vemos que son los profetas y maestros los que los separan para su ministerio. Las Escrituras no proporcionan precedente para el apartamiento y envío de hombres por uno o más individuos, o por una misión u organización; aun el envío de obreros por una iglesia local es una cosa desconocida en la Palabra de Dios. El único ejemplo que se nos da es la separación y envío de apóstoles por los profetas y maestros.


¿Cuál es el significado de esto? En Antioquía los profetas y maestros fueron escogidos de Dios para separar a Bernabé y a Saulo para Su servicio, porque ellos eran los miembros ministrantes de la iglesia, y esta separación de los apóstoles era una cuestión de ministerio más bien que de vida. Si se hubiera relacionado a la vida, y no específicamente al servicio, entonces hubiera sido la preocupación de toda la iglesia local, y no simplemente de sus miembros ministrantes. Pero nótese que, aunque Bernabé y Saulo no fueron separados para la obra por toda la iglesia, ellos fueron enviados no como representantes de unos cuantos miembros escogidos sino como representantes de todo el Cuerpo. El ser separados por los profetas y maestros, denotaba que ellos no salieron en forma individualista, o sobre la base de cualquier organización, sino sobre el fundamento del ministerio del Cuerpo. El énfasis, como hemos visto, era sobre el ministerio, no sobre la vida, pero era un ministerio representando a toda la Iglesia, no representando una sección de ella en particular.


Al mandar a Bernabé y a Saulo de Antioquía, los profetas y maestros no representaban una “iglesia” o misión; ellos presentaban el ministerio del Cuerpo. Ellos no eran toda la Iglesia; ellos solamente eran un grupo de siervos de Dios. Ellos no llevaban un nombre especial, ellos no estaban regidos por una organización especial, y no estaban sujetos a reglas rígidas. Sencillamente, ellos se sometieron al control del Espíritu y separaron a aquéllos a quienes Él había apartado para la obra para la cual Él los había llamado. Ellos no eran el Cuerpo, pero se mantenían sobre el fundamento del Cuerpo, bajo la autoridad de la Cabeza. Bajo esa autoridad, y sobre esa base, ellos separaron a hombres para ser apóstoles; y conforme esa misma autoridad, y con el mismo fundamento, otros pueden hacer lo mismo. La separación de apóstoles, sobre este principio, significará que los hombres enviados podrán diferir, aquéllos que los envían, podrán diferir, y la hora y el sitio de su envío podrán ser distintos también; pero, puesto que todo está bajo la dirección de la única Cabeza, y sobre el principio del único Cuerpo, todavía no habrá división. Si Antioquía envía hombres sobre la base del Cuerpo, y Jerusalén mandó a hombres sobre el fundamento del Cuerpo, todavía habrá unidad interna a pesar de toda la diversidad externa. Cuán grande sería si no hubiera representantes de diversos cuerpos terrenales, sino únicamente representantes del Cuerpo, el Cuerpo de Cristo. Si millares de iglesias locales, con miles de profetas y maestros, cada una enviara millares de obreros diferentes, habría una diversidad externa enorme, pero con todo, aún habría unidad interna perfecta si todos fueran enviados bajo la dirección de la Cabeza única y sobre el fundamento de un solo Cuerpo.


Que Cristo es la Cabeza de la Iglesia es un hecho reconocido, pero ese hecho necesita recalcarse en relación con el ministerio así como con la vida de la Iglesia. El ministerio cristiano es el ministerio de toda la Iglesia, no simplemente de una sección de ella. Debemos vigilar que nuestra obra no esté sobre una base menor que el Cuerpo de Cristo. De otra manera perdemos la Jefatura de Cristo porque Cristo no es la Cabeza de cualquier sistema, o misión, u organización: Él es la Cabeza de la Iglesia.


En las Escrituras no encontramos rastros de organizaciones hechas por los hombres que envíen a hombres a predicar el Evangelio. Solamente encontramos representantes del ministerio de la Iglesia, bajo la influencia del Espíritu y sobre el fundamento del Cuerpo, enviando a aquellos a quienes el Espíritu ya ha separado para el trabajo. Si aquellas personas responsables del envío de los obreros los mandaran, no como sus propios representantes o como representantes de cualquier organización, sino solamente como representantes del Cuerpo de Cristo, y si aquellos mensajeros se mantuvieran sobre el principio, no de una "iglesia" o misión en particular, sino sobre el fundamento de la Iglesia únicamente, entonces no importaría de dónde vinieran los obreros o a qué lugares fueran, siempre serían posibles la cooperación y la unidad y se evitaría mucha confusión.


Sus movimientos
Después de que los apóstoles fueron llamados por el Espíritu y fueron apartados para la obra por los miembros representantes del Cuerpo, ¿qué hicieron ellos? Necesitamos recordar que aquéllos que los separaron no tenían autoridad para controlar a los apóstoles. Esos profetas y maestros en la matriz no asumieron responsabilidad oficial alguna en relación con sus movimientos, sus métodos de trabajo, o el suministro de sus necesidades financieras. En ninguna parte de la Escritura encontramos que los apóstoles están bajo el control de una persona o de cualquier grupo organizado. Ellos no tenían reglamentos a los cuales tuvieran que ceñirse, ni superior alguno que obedecer. El Espíritu Santo los llamó y ellos siguieron Su dirección y guía. Solamente Él era su director.


En los capítulos 13 y 14 del Libro de los Hechos encontramos el primer registro escriturario de los movimientos misioneros. Aunque actualmente los lugares que visitamos y las condiciones que encontramos pueden ser grandemente diferentes de aquellos del relato de la Escritura, sin embargo, en principio la experiencia de los primeros apóstoles bien puede servir como nuestro ejemplo. Veamos, por un momento, a estos dos capítulos.


“Ellos, entonces, enviados por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre. Y llegados a Salamina, anunciaban la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos. Tenían también a Juan de ayudante. Y habiendo atravesado toda la isla hasta Pafos, hallaron a cierto mago ...” (13: 4-6). Desde el principio, un movimiento constante caracterizó a esos mensajeros. Un verdadero apóstol es un viajero, no un poblador.


"Habiendo zarpado de Pafos, Pablo y sus compañeros arribaron a Perge de Panfilia; pero Juan, apartándose de ellos, volvió a Jerusalén. Ellos, pasando de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia; y entraron en la sinagoga un día de reposo y se sentaron” (13:13-14). (La Antioquía mencionada aquí no es la misma que la Antioquía de la cual salieron Bernabé y Saulo en su primer viaje misionero). Los apóstoles estaban constantemente en gira, proclamando la Palabra de Dios por dondequiera que iban, pero nada se nos dice del resultado de su trabajo hasta que llegaron a Antioquía de Pisidia. De aquí en adelante hay un desarrollo definido de la obra.


"Y despedida la congregación, muchos de los judíos y de los prosélitos piadosos siguieron a Pablo y a Bernabé, quienes hablándoles, les persuadían a que perseverasen en la gracia de Dios” (13:43). Aquí está el resultado de un período corto de testimonio: Muchos de los judíos y religiosos prosélitos creyeron. Una semana más tarde casi toda la ciudad se reunió para oír la Palabra (versículo 44); pero esta respuesta entusiasta por parte del pueblo, provocó a celo a los judíos, y ellos se opusieron a los apóstoles (versículo 45). En este punto los apóstoles se fueron con los gentiles (versículo 46), y “creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna” (verso 48). El sábado anterior una cantidad de judíos había recibido la Palabra de vida. Este sábado una cantidad de gentiles creyeron en el Señor. De manera que no mucho después de la llegada de los apóstoles a Antioquía de Pisidia, encontramos una iglesia allí.


Pero los apóstoles no argumentaron, diciendo: “Ahora tenemos un grupo de creyentes, y debemos quedarnos un tiempo para pastorearlos”. Ellos fundaron una iglesia local en Antioquía de Pisidia, pero no se quedaron para edificarla. Continuaron su viaje, predicando la Palabra del Señor “por toda aquella provincia” (versículo 49). El objetivo de ellos no era una ciudad, sino “toda aquella provincia”. La costumbre moderna de asentarse a pastorear un rebaño especial no tiene precedente en la Escritura.


Surgió la persecución (versículo 50). Los opositores del mensaje del Evangelio expulsaron a los apóstoles de sus costas, y ellos contestaron sacudiendo el polvo de sus pies (versículo 51). ¡Muchos misioneros actuales no tienen ningún polvo para sacudirlo de sus pies! Pero aquéllos que no juntan polvo tampoco tienen la característica de un apóstol. Los apóstoles primitivos nunca se establecieron en hogares cómodos, ni se dilataron mucho tiempo para pastorear las Iglesias que fundaron. Ellos estaban ambulando constantemente. El ser un apóstol significa ser un enviado; es decir, estar siempre saliendo. Un apóstol estacionario es una contradicción en términos. Un apóstol verdadero es aquel que en tiempo de persecución siempre tiene polvo que sacudir de sus pies.


¿Qué efecto tuvo esta partida temprana de los apóstoles sobre la iglesia naciente? Aquí había un grupo de nuevos creyentes, apenas niños en Cristo, y sus padres en la fe los desamparaban en su infancia. ¿Discutieron, por qué se amedrentaron los apóstoles ante la persecución y nos dejaron solos a hacerle frente a la oposición? ¿Les rogaron a los apóstoles que se quedaran un tiempo y cuidaran de su bienestar espiritual? ¿Razonaron ellos, si ustedes nos dejan ahora seremos como ovejas sin pastor? Si ambos no se pueden quedar, seguramente por lo menos uno puede permanecer y cuidarnos. La persecución es tan intensa, que nunca podremos pasarla sin su ayuda. Cuán asombroso es el registro de la Escritura: “Y los discípulos estaban llenos de gozo, y del Espíritu Santo” (versículo 52).


No había lamentación entre los discípulos cuando los apóstoles se fueron, porque la partida de los apóstoles significaba una oportunidad para que otros escucharan el Evangelio. Lo que fue pérdida para ellos, fue ganancia para Iconio. Esos creyentes no eran como los creyentes de hoy, esperando un pastor arraigado que los instruya, resuelva sus problemas, y los abrigue de aflicción. Aquellos apóstoles no eran como los apóstoles de hoy; ellos eran pioneros, no pobladores. Ellos no esperaban hasta que los creyentes estuvieran maduros antes de dejarlos. Ellos se atrevían a abandonarlos en infancia, porque ellos creían en el poder de vida de Dios dentro de ellos.


Pero aquellos discípulos no estaban llenos únicamente de gozo, estaban llenos del Espíritu Santo. Los apóstoles podrían irse, pero el Espíritu permanecía. Si hubieran tenido un pastor que les hubiera dado luz sobre todos sus problemas, hubieran sentido poca necesidad de la instrucción del Espíritu, y hubieran sentido poca necesidad de Su poder si hubieran tenido en medio de ellos a uno que llevaba toda la responsabilidad por el lado espiritual de la obra mientras que ellos atendían al lado secular. En la Escritura no hay el menor indicio de que los apóstoles deben fijar su residencia para pastorear a aquéllos a quienes han conducido al Señor. Hay pastores en la Escritura, pero ellos sencillamente son hermanos que Dios ha levantado entre los santos locales para cuidar a sus compañeros en la fe. Una de las razones por las que tantos convertidos hoy en día no están llenos del Espíritu es porque los apóstoles se arraigan para pastorearlos y tomar sobre sí la responsabilidad que pertenece al Espíritu Santo.


Alabemos a Dios porque los apóstoles “vinieron a Iconio”, por cuanto “creyó una gran multitud de judíos, y asimismo de griegos” (14:1). Antes de mucho tiempo “la gente de la ciudad estaba dividida: unos estaban con los judíos, y otros con los apóstoles” (versículo 4). Los salvos obviamente eran “una gran multitud”, puesto que su salida de entre los impíos afectó tan vitalmente al lugar, que causó una división en la ciudad. Poco después de que los apóstoles salieron de Antioquía de Pisidia, había una iglesia establecida en Iconio, y aquí, como en el lugar anterior, la oposición fue intensa. Los apóstoles bien podrían haber argumentado que el dejar “una gran multitud” de hijos recién nacidos en Cristo expuestos a una feroz persecución era cruel, y una política equivocada, además. Pero los apóstoles fueron fieles a su llamamiento apostólico, y se fueron “a Listra y Derbe, ciudades de Licaonia” (versículo 6).


¿Y qué hicieron cuando llegaron a Listra? Como en todos los demás lugares, “predicaban el evangelio” (versículo 7); y como en todos los demás sitios, aquí también hubo oposición y persecución (versículo 19). Es difícil calcular el número de creyentes en Listra, pero, juzgando por el relato de que “rodeándole los discípulos” (versículo 20), debe haber sido por lo menos media docena, y quizás veintenas o hasta centenares. ¡De manera que ahora hay una iglesia en Listra!


¿Se queda Pablo a pastorearlos un tiempo, o los atiende siquiera hasta que se haya apaciguado la ferocidad de la oposición? ¡No! "Al día siguiente salió con Bernabé para Derbe" (versículo 20). Y nuevamente allí el evangelio es proclamado y se logran muchos discípulos (versículo 21). ¡Y otra iglesia es formada! Y con la fundación de una iglesia en Derbe se cierra la primera gira misionera.


Repasando estos dos capítulos, notamos que un principio fundamental gobierna los movimientos de los apóstoles. Ellos viajan de lugar en lugar, de acuerdo con la dirección del Espíritu, predicando el evangelio y fundando iglesias. En ningún lado los encontramos fijando su residencia para pastorear e instruir a los convertidos, o a cargar alguna responsabilidad local en las Iglesias que habían fundado. En los días de paz los apóstoles estaban de viaje, y lo mismo acontecía en los días de persecución. “Id" fue la palabra del Señor, y “Vamos” es el santo y seña de los apóstoles. La característica sobresaliente de un enviado es que siempre está en camino.


A su regreso
Pero salta la pregunta, ¿cómo fueron estos nuevos convertidos pastoreados e instruidos? ¿Cómo fueron establecidas las iglesias recién fundadas? Al estudiar la Palabra de Dios encontramos que la gira misionera de los apóstoles consistió en un viaje de ida y otro de regreso. En su viaje de ida su preocupación primordial era la de fundar iglesias. En su viaje de retorno su ocupación principal era la de edificarlas.


“Y después de anunciar el evangelio a aquella ciudad y de hacer muchos discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (14:21-22). Aquí vemos a Pablo y Bernabé regresando para hacer obra de construcción en las iglesias ya fundadas; pero como en su viaje de ida, así también en el de regreso, nunca se arraigan en un solo lugar.


Está claro entonces que los apóstoles no se movían simplemente fundando iglesias, también hicieron labor definida de edificación. El simple hecho de fundar iglesias sin establecerlas sería como dejar a niños recién nacidos atenidos a sus propios recursos. Lo importante que hay que notar aquí es que, mientras que la instrucción de los nuevos convertidos y la edificación de las iglesias era una parte muy esencial del trabajo de los apóstoles, ellos no lo hacían mediante el asentamiento de su residencia en un lugar sino más bien visitando los lugares donde habían estado antes.


Antes de irse de un sitio en donde había sido fundada una iglesia y se habla realizado alguna obra de edificación, nombraban ancianos para que cargasen con la responsabilidad allí (14: 23). Esta es una de los partes más importantes de le obra de un apóstol. (Este asunto será considerado más a fondo en un capítulo posterior).


Así trabajaron los primeros apóstoles, y la bendición del Señor caía sobre Su obra. Haremos bien en seguir sus pasos, pero debemos comprender claramente que, aun cuando adoptemos métodos apostólicos, a menos que tengamos una consagración apostólica, una fe apostólica, y poder apostólico, no veremos los resultados apostólicos. No nos atrevemos a menospreciar el valor de los métodos apostólicos; ellos son absolutamente esenciales si vamos a tener frutos apostólicos, pero no debemos pasar por alto la necesidad de la espiritualidad apostólica, y no debemos temer la persecución apostólica.


De regreso a Antioquía
“De allí navegaron a Antioquía, desde donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían cumplido. Y habiendo llegado, y reunido a la iglesia, refirieron cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos, y cómo había abierto la puerta de la fe a los gentiles” (14:26-27). A su regreso a Antioquía, los apóstoles relataron "cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos". Fue de Antioquia de donde salieron Pablo y Bernabé, de manera que era justo que a su retorno dieran cuenta de cómo los había tratado el Señor, a aquéllos de cuyo seno habían partido. El dar informes de la obra a aquéllos que verdaderamente llevan la carga juntamente con nosotros, es sancionado por la Palabra de Dios. No es solamente permisible, sino necesario, que los hijos de Dios en la matriz sean informados de sus hazañas en el campo, pero haremos bien al asegurarnos que nuestros informes no sean en forma de anuncios.


En la cuestión de informes, debemos evitar, por una parte, toda reticencia afectada y aislamiento del alma; por otra, debemos evitar cuidadosamente la intromisión de cualquier interés personal. En todos los informes de la obra, nuestra meta debe ser glorificar a Dios y traer enriquecimiento espiritual a todos los que los comparten. El utilizar informes como medio de propaganda, con miras a una ganancia material, es de una vileza extremada, e indigna de todo cristiano. Cuando el designio es el de glorificar a Dios y beneficiar a Sus hijos, pero al mismo tiempo dar a conocer las necesidades de la obra con la intención de recibir ayuda material, todavía dista mucho de ser aceptable al Señor, e indigno de Sus siervos. Nuestra meta debería ser esto únicamente: que Dios sea glorificado y Sus hijos benditos. Si hubiera esta pureza perfecta de finalidad en nuestros informes, ¡cuán diferente lenguaje tendrían muchos de ellos!


Cada vez que escribimos o hablamos de nuestro trabajo, hagámonos estas preguntas: (1) ¿Estoy informando con el fin de obtener publicidad para mí y mi esfuerzo? (2) ¿Estoy informando con el doble propósito de glorificar al Señor y anunciar el trabajo? (3) ¿Estoy informando con esta meta solamente, que Dios sea glorificado y Sus hijos benditos? ¡Que el Señor nos dé gracia para informar con designios no mezclados y perfecta pureza de corazón!

 

Tomado del libro La Iglesia Normal. Escrito por Watchman Nee.

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