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"Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe ..."
Efesios 4:11−12.
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El Vaso Corporativo
Por T. Austin-Sparks
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Una exposición sobre la iglesia como cuerpo y sobre el servicio de los miembros.


Hay dos títulos o designaciones de la Iglesia que son, a mi juicio, supremos entre las designaciones. El primero es «Cristo»: «Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo» (1ª Corintios 12:12). Esa parece ser la designación más alta de la Iglesia. La otra es «el nuevo hombre». Y estas dos son representadas por otra designación: «la Iglesia que es su Cuerpo». En el sentido en el que Pablo lo quiso decir, el Cuerpo es Cristo presentado corporativamente. De nuevo, es «un nuevo hombre.» En esas dos designaciones –»Cristo» y «un nuevo hombre»– nosotros tenemos la idea completa de representación, y eso es expuesto supremamente como una cosa corporativa.


Hay un Cuerpo, y nosotros somos miembros los unos de los otros; y la importancia del individuo tiene que estar sujeta a la importancia del Cuerpo entero. La importancia del individuo está sujeta en el Cuerpo al Cuerpo. Es a lo que el apóstol está llevando cuando, por la gracia de Dios que le fue dada, él exhorta a cada hombre a no pensar más favorablemente de sí mismo de lo que debe pensar, porque nosotros somos miembros los unos de los otros. La importancia individual no debe exceder de, o en, el Cuerpo como algo por sobre el Cuerpo – algo en sí mismo. Hay una importancia del miembro individual, como el apóstol lo deja absolutamente claro... y una gran importancia; pero esa importancia del individuo no debería sobresalir.


Eso nos trae a otro aspecto vital de la gran verdad del Cuerpo de Cristo, como es presentada en la Palabra de Dios, y ese es el Espíritu Santo y el orden en el Cuerpo. Usted no puede leer estos escritos de Pablo (desde Romanos a Filemón) por el Espíritu Santo a la luz de hechos como los que usted ve, o de condiciones como las que usted se encuentra, sin quedarse prácticamente sin aliento. Es un entendimiento asombroso que Pablo tiene acerca del Cuerpo. Usted sólo tiene que dar un paso atrás cuando las lee, y sentir que es algo asombroso, o imposible.


Muchos se han rendido a la última conclusión. Usted está suficientemente consciente de la importancia de esto. Esta no es simplemente una presentación de enseñanzas sobre grandes temas, grandes ideas; esto tiene que ver con el propósito último de Dios representado en este universo – una expresión de Dios en forma humana. Ese es nuestro destino, eso es aquello para lo que nosotros existimos; y nosotros perdemos nuestro fin a menos que reconozcamos esto. Nosotros no tenemos un conocimiento y entendimiento adecuado de lo que Dios está haciendo, y por qué Él está tratando con nosotros como lo hace, hasta que vemos este propósito de Dios en nuestro ser conformado a la imagen de Su Hijo, el surgimiento en este universo de un Hombre corporativo que es Cristo en su plena expresión.


Primeramente, el Cuerpo crece y se edifica a través del orden. Pablo deja esto absolutamente claro. Es cuando el Cuerpo está concertado adecuadamente que crece. Crece con el crecimiento que da Dios. Eso tiene como base el estar bien concertado y de cada coyuntura que trabaja en su debida medida. Por consiguiente, el crecimiento y la edificación son posibles por medio de este orden. Casi no necesitamos retornar otra vez a la analogía del cuerpo físico que se presenta a la mente del apóstol cuando él escribe sobre el Cuerpo de Cristo.


Es muy cierto que no hay crecimiento en el cuerpo –ningún desarrollo– a menos que haya un orden en el cuerpo... lo que él llama una buena concertación. Es maravilloso cómo el Señor ha creado cosas en el mundo físico para que su posición satisfaga mejor su propósito. Conciba cualquier otro orden en el arreglo de nuestros miembros, y vea cómo eso nos perjudicaría. No queremos ser humorísticos, sino simplificar esta materia y explicar bien el principio. Pero suponiendo que sus dedos pulgares estuvieran en el otro lado de sus manos y usted tuviese que trabajar de esa manera... ¡Tomaría todo por fuera! Imagine algo que es anormal, y vea en seguida cómo la limitación aparece.


Ahora, el Señor tiene un orden que, si es reconocido y si funciona, conduce al pleno crecimiento – así está determinado para cumplir el propósito de Dios; y nosotros no podemos cumplir ese propósito sin el orden de Dios, así como no podemos realizar las posibilidades físicas de nuestros cuerpos con un cuerpo desordenado. El factor inclusivo en este orden es el señorío de Cristo... y, por supuesto, el tenerlo a Él: «...asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios».


El señorío de Cristo y el hecho de tenerlo a Él, es el factor inclusivo. Cada facultad tiene su centro en Él como la Cabeza. Ninguna parte de un cuerpo puede funcionar si la cabeza es cortada de él o de alguna forma se separa en el sentido de la función. Si entre la cabeza y el cuerpo se produce una desconexión, ya sea por un desorden nervioso o una fractura, el cuerpo entero es descompuesto e incapaz de funcionar. Todo se reúne en la cabeza. Así el señorío de Cristo llega a ser esencial al orden de Su Cuerpo, la Iglesia.


Ahora debemos considerar el asunto de la función individual de los miembros. Lo primero no es abordar el tema de nuestra propia función – en qué consiste ésta. Esa no es la primera consideración. Nuestro relacionamiento con otros tampoco es algo a lo cual le daremos vueltas en nuestra mente. Lo primero que debemos hacer es estar sujetos a Cristo; y cuando el individuo está sujeto a Cristo, ese individuo es traído por el Espíritu Santo a una función y relación apropiada con cada otra expresión de Cristo. La armonía entra en esa manera. Es espontánea.


En segundo lugar, los miembros de Cristo son partes funcionales de Cristo. Esto es consecuencia de que somos un espíritu, pues estamos unidos al Señor. Librémonos de la idea física y reconozcamos cómo el Cuerpo de Cristo es la unión de espíritus renovados por el Espíritu Santo. No es la unión de muchos cuerpos físicos bajo el nombre de Iglesia. Ésa es meramente una congregación. Aquello que nosotros somos juntos en espíritu, es lo que nos hace la Iglesia. Las congregaciones no hacen una Iglesia.


La Iglesia es espiritual... porque es la unión de espíritus. No estamos hablando sobre algo físico, sino sobre el Cuerpo espiritual, la Iglesia. «Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él» (1ª Corintios 6:17). Ésa es la naturaleza de la unión, y ésa es la naturaleza de la membresía del Cuerpo. La membresía de Cristo es algo más que nuestro relacionamiento físico. ¡De cuántas nociones tenemos que librarnos!


Si nosotros tenemos nuestros nombres anotados en un registro de la iglesia, decimos que nos hemos unido a la iglesia. La membresía de la iglesia es la membresía de Cristo a través de la unión con Él en nuestros espíritus, y esa unión es provocada por el morar de Cristo en nuestros espíritus.


La próxima cosa que Pablo nos enseñará es que debe haber un reconocimiento mutuo del Cuerpo de Cristo: «...a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener» (Romanos 12:3). Si alguien hace esto, estará anulando a los otros miembros... o poniéndolos en un lugar menor del que debería ser ocupado por ellos. Hace mucho daño al Cuerpo de Cristo cuando un miembro domina la situación. Sometimiento mutuo a, y reconocimiento de, el uno al otro representa lo que el Señor anhela tener.


Aún más, debe haber un ministrar de Cristo de unos a otros. Nosotros tenemos algo de Cristo – una facultad de Cristo para ministrar a Cristo; es decir, una medida de Cristo para ser ministrada por nosotros... y nuestro servicio es ministrar Cristo a otros. De esa manera el Cuerpo crece. ¿No es Cristo nuestra Vida... y no podemos nosotros, como funcionando en Cristo, ministrar Vida –Su Vida– los unos a los otros? Ciertamente podemos. Para esto hemos sido llamados. Así el Cuerpo crece.


Oh, que el Señor nos permita ser ministros mayores de Vida –Su Vida– los unos a los otros, y no de muerte.

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