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"Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe ..."
Efesios 4:11−12.
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El Gran Inicio: El Temor de Dios
Por A.W. Tozer
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Un refrán religioso dice: «Nadie puede conocer en verdad la gracia de Dios si no ha conocido primero el temor de Dios». Pero, ¿qué significa tener temor hacia Dios? ¿Se puede infundir el temor hacia Dios en otras personas?


Una verdad que las Escrituras enseñan y que innumerables santos, hombres y mujeres, han verificado por medio de la experiencia personal a través de los siglos pudiera condensarse en un proverbio religioso: Nadie puede conocer en verdad la gracia de Dios si no ha conocido primero el temor de Dios.


El primer anuncio de Dios de su intención redentora hacia la humanidad fue declarado a un hombre y a una mujer escondidos de la presencia del Señor en temor mortal. Dios entregó su Ley a un hombre que temblaba de terror en medio de fuego y humo, aterrorizado ante la voz de trueno y el sonido de la trompeta divina. Cuando la lengua de Zacarías fue soltada por la operación misteriosa de Dios, «Se llenaron de temor todos sus vecinos» (Lucas 2.65.) Aun el famoso anuncio, «¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!» (Lucas 2.14) hizo que los pastores tuvieran «gran temor» (Lucas 2.9) a causa de la repentina, abrumadora e irresistible presencia de la hueste celestial.


Si leemos las Escrituras con los ojos abiertos, podemos percatarnos de la verdad que como un fuerte cable se mantiene desde el Génesis hasta el Apocalipsis. La presencia de un ser divino casi siempre trae temor a los corazones de los hombres pecadores. Algo había en las manifestaciones de Dios que espantaba a los espectadores, que los intimidaba y atemorizaba, debido a lo cual les asaltaba un terror más allá de lo natural. Este terror no tenía ninguna relación con el mero temor del daño corporal. Era una pavorosa consternación que experimentaba el individuo en lo profundo de la naturaleza de su corazón, mucho más adentro que el temor experimentado como resultado normal de los instintos físicos de auto-preservación.


Creo que no puede resultar ningún bien de las actividades religiosas que no se arraiguen en esta cualidad del temor de la criatura. El elemento animal dentro de nosotros es muy fuerte y repleto de auto-confianza. Hasta que haya sido totalmente derrotado, Dios no puede revelarse a sí mismo a los ojos de nuestra fe. Hasta que ese terror inaudito se apodere de nosotros, el cual resulta cuando una criatura pecadora y sin santidad se confronta con aquel que es el más santo de todos, no es muy probable que le afecte la doctrina del amor y gracia como la declara el evangelio del Nuevo Testamento. El amor de Dios no afecta al corazón carnal en absoluto; o si lo afecta en cierto grado, entonces es en forma adversa, porque el conocimiento de que Dios nos ama con toda sencillez, nos confirma en nuestra auto-justicia.


El esfuerzo de los liberales y los modernistas limítrofes o moderados de buscar y atraer a los hombres a Dios presentándoles el lado blando y suave de la religión es un mal absoluto, porque pasa por alto la razón misma por nuestra enemistad con Dios en primer lugar. Hasta que el corazón del hombre no se perturbe, es probable que no se libre de sus problemas con Dios. Caín y Abel son dos ejemplos solemnes de esta verdad. Caín trajo un presente a Dios y pensó que este se había sentido satisfecho y contento con él. Abel trajo un sacrificio a Dios quien él sabía no podría aceptarle tal cual era. Su corazón tembloroso le decía que buscara un escondero. El corazón de Caín no temblaba. Caín estaba tan satisfecho consigo mismo que no buscó un lugar donde esconderse. El temor de Jehová le pudo haber servido muy bien a Caín en ese momento tan crítico, porque hubiera cambiado el carácter total de su ofrenda y hubiera cambiado para el bien el curso entero de su vida.


Aunque este terror y temor del Señor es tan indispensable, siempre debemos tener presente que no se puede inducir por las amenazas dictadas en el nombre del Señor. El Infierno y el juicio son realidades, y debemos predicarlas en su contexto bíblico, ni más ni menos; pero no pueden inducir eso que llamamos el temor del Señor. Tal temor es sobrenatural, y no tiene ninguna relación con las amenazas de castigo. Conlleva una cualidad misteriosa, a menudo sin gran contenido intelectual; es un sentimiento más bien que una idea; es la reacción profunda de una criatura caída en la presencia del Santo Ser que el corazón atónito sabe que es Dios. El Espíritu Santo es el único que puede inducir esta emoción en el corazón humano. Todo esfuerzo de nuestra parte de «súperinducirlo», o producirlo por nuestros medios, es malgastado, o peor que eso.


El temor de Dios es sobrenatural por eso nunca puede ser originado, ni creado, ni levantado por repetidas advertencias acerca de la guerra, o , o las depresiones económicas, o catástrofes de la nauraleza. La artimaña o treta de engañar a la gente asustándola e intimándola a aceptar a Cristo amenazándolas con bombas atómicas y misiles, no proviene de las Escrituras, ni tampoco es eficaz. Si encendemos petardos de fuegos artificiales frente a un rebaño de cabras, presumiblemente, podríamos conseguir colocarlas en el corral de las ovejas; pero todo el temor natural en el mundo no podría convertir una cabra en oveja. Tampoco el temor de una invasión rusa puede cambiar a los hombres impenitentes en amantes de Dios y la justicia. Sencillamente no resulta así.


¿De dónde surge y se levanta el verdadero temor de Dios? Del conocimiento de nuestra propia pecaminosidad y un sentido de la presencia de Dios. Isaías tuvo una experiencia aguda y dura de su impureza e inmundicia personal y muy fuerte de la portentosa presencia de Jehová. Las dos juntas fueron más de lo que él podía soportar. A cara descubierta, él exclamó una confesión de su pecado, que se le hizo tanto más intolerable, porque sus ojos habían visto al Rey, Jehová de los ejércitos.


Una congregación experimentará ese misterioso terror y temor de Dios cuando el ministro y los líderes de la iglesia sean llenos del Espíritu Santo. Cuando Moisés descendió del monte con su rostro resplandeciente, los hijos de Israel tuvieron temor que nacía de esa vista sobrenatural. Moisés no tenía por qué amenazarles. Él únicamente tuvo que aparecer delante de ellos con esa luz en su rostro.


Tomado y adaptado del libro La raíz de los justos, A. W. Tozer, Editorial Clie, 1994. Usado con permiso. Todos los derechos reservados. Adaptado por DesarrolloCristiano.com. Todos los derechos reservados.


Tomado de http://www.desarrollocristiano.com/articulo.php?id=1624&c=all.

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