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"Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe ..."
Efesios 4:11−12.
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¿Qué significa aceptar a Cristo?
Por A.W. Tozer
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¿Cómo puede el ser humano entrar en una relación de salvación con Cristo? ¿Cómo es que eso que Cristo ha hecho por mí, llega a ser operativo en mí? Fallar en responder a estas preguntas no es sólo hacer un juego mortal con nuestra alma, es también garantizarnos el castigo eterno de parte de Dios. Es aquí donde tenemos que tener la respuesta correcta o terminamos perdidos.


Unas pocas cosas, afortunadamente muy pocas cosas, son asunto de vida o muerte. Entre ellas, una brújula cuando se cruza los mares y un guía seguro cuando se atraviesa un desierto. Ignorar estas cosas no es sólo jugar un juego peligroso; es cometer suicidio. Uno se salva o muere. Nuestra relación con Cristo es también asunto de vida o muerte, y en un grado muchísimo más alto. El hombre instruido en la Biblia sabe que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y que los hombres son salvos únicamente por Cristo, aparte de cualquier clase de obras o méritos.


Esto es algo sabido y conocido, pero la muerte y resurrección de Cristo no salvan automáticamente a nadie. ¿Cómo puede el ser humano entrar en una relación de salvación con Cristo? Sabemos que algunos lo hacen, pero que en otros no es evidente. ¿Cómo es posible tener un puente entre la salvación objetivamente provista, y la salvación subjetivamente recibida? ¿Cómo es que eso que Cristo ha hecho por mí, llega a ser operativo en mí? Tenemos que aprender la respuesta correcta para la pregunta: «¿Qué tengo que hacer para ser salvo?» Fallar en esta respuesta no es sólo hacer un juego mortal con nuestra alma, es también garantizarnos el castigo eterno de parte de Dios. Es aquí donde tenemos que tener la respuesta correcta o terminamos perdidos.


Los cristianos ofrecen tres respuestas a esta pregunta crucial: «Cree en el Señor Jesucristo», «Recibe a Cristo como tu Salvador personal» y «Acepta a Cristo». Dos de estas respuestas son extraídas casi literalmente de las Sagradas Escrituras (Hechos 16.31 y Juan 1.12), en tanto que la tercera es una suerte de paráfrasis que resume las dos anteriores. Sin embargo, no hay tres respuestas, sino una sola.


Siendo espiritualmente flojos como somos, nuestra tendencia es rebajar o hacer fáciles nuestras preguntas religiosas para nosotros y para otros. Por eso la fórmula «Aceptar a Cristo» se ha convertido en una panacea de aplicación universal. Y creo que esto ha sido algo fatal para muchos. Aunque individualmente algún penitente perspicaz ha hallado en esta escueta fórmula todo lo que necesitaba para entrar en una relación viva con Cristo, mucho me temo que innumerables personas la usan para acortar el camino a la Tierra Prometida, para luego descubrir que les ha llevado a una tierra de tinieblas y sombra de muerte donde la luz es como la oscuridad.


El problema consiste en que la entera actitud de «Aceptar a Cristo» puede estar mal. Muestra a Cristo recurriendo a nosotros más que nosotros a él. Hace que Cristo esté sombrero en mano esperando nuestro veredicto respecto a él, más que a nosotros arrodillándonos ante él con corazones quebrantados esperando su veredicto de nosotros. Puede permitirnos a nosotros aceptar a Cristo por un impulso de nuestra mente o nuestras emociones, sin mayor pena o dolor, sin pérdida para nuestro ego y sin que afecte en ninguna manera nuestro modo de vida.


Podríamos pensar en ciertos paralelos que ilustrarían lo que es una mala manera de tratar algo tan importante. Por ejemplo, pensar en Israel «aceptando» el valor de la sangre del cordero pero permaneciendo esclavo en Egipto. O el hijo pródigo, «aceptando» el perdón del padre, pero siguiendo hundido entre los puercos del chiquero en el país lejano. ¿No es lógico pensar que si el «aceptar» a Cristo ha de tener algún significado, debe haber una actitud moral de acuerdo con ello? Si aceptamos que la expresión »Aceptar a Cristo» significa un esfuerzo honesto de decir en breve lo que no ser podría expresar bien de otra manera, miremos un poco lo que significa, o lo que debería significar, cuando la usamos.


Aceptar a Cristo es unirse a la Persona del Señor Jesús en una forma que es única en la experiencia humana. Esta unión o adhesión es intelectual, volitiva y emocional. El creyente está convencido intelectualmente de que Jesús es Señor y Cristo; ha puesto su voluntad en seguirle a cualquier costo, y pronto su corazón está disfrutando la dulzura exquisita de su compañerismo.


Esta adhesión es inclusiva en que acepta a Cristo alegremente, en todo lo que él es y significa. No hay diferencia entre aceptarlo como Salvador hoy, y postergar el aceptarlo como Señor para mañana. El verdadero creyente posee a Cristo como su Todo en Todo, sin reserva alguna. También él se entrega a Cristo en posesión completa, sin dejar nada de su persona sin el efecto de esta transacción revolucionaria.


Además, esta adhesión a Cristo excluye todo lo demás. El Señor viene a ser no como uno más entre varios intereses rivales, sino la única y exclusiva atracción para siempre. El creyente se pone en órbita alrededor de Cristo, así como la Tierra gira alrededor del Sol, retenido por la fuerza irresistible de su amor, recibiendo toda su vida, luz y calor de él. En este estado feliz el creyente posee otros intereses también, por supuesto, pero estos intereses son derivados de su nueva relación con Cristo.


Que aceptemos a Cristo en esta manera absoluta, tanto inclusiva como exclusiva, es el imperativo divino. En este punto la fe salta dentro de Dios por medio de la Persona y obra de Cristo, pero nunca divide la obra de la Persona. Nunca trata de creer en la sangre aparte de Cristo mismo, o de su «obra cumplida» o de su cruz. Cree en el Señor Jesucristo, en todo el Señor Jesús sin modificaciones ni reservas, y así recibe y disfruta todo lo que él ha hecho en su obra de redención, todo lo que él está haciendo ahora en los cielos por los suyos, y todo lo que hace en y a través de ellos.


Aceptar a Cristo es conocer el significado de las palabras «Como él es, así somos nosotros en el mundo» (1 Jn 4.17). Aceptamos sus amigos como nuestros amigos, sus enemigos como nuestros enemigos, sus caminos como nuestros caminos, su vituperio como nuestro vituperio, su cruz como nuestra cruz, su vida como nuestra vida y su futuro como nuestro futuro. Si esto es lo que queremos decir cuando le expresamos a la gente que «acepte a Cristo», debemos explicárselo claramente. Si no lo hacemos los pondremos en profundos problemas espirituales.


Tomado del libro Ese Increíble Cristiano. © Christian Publications, Inc. 1979.

Usado con permiso. Los Temas de Apuntes Pastorales, volumen IV, número 3.

Tomado de http://www.desarrollocristiano.com/articulo.php?id=860&c=all.

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