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"Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe ..."
Efesios 4:11−12.
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¡Claro vivir con Dios es fácil!
Por A.W. Tozer
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En gran parte de su historia el cristianismo ha sido inflexible y severo. Y la causa o razón ha sido la misma: un concepto indigno, o un punto de vista inadecuado de Dios. ¿Cuál es el concepto que usted tiene de Dios? ¿Cómo lo percibe? El autor A. W. Tozer nos indica que depende del concepto que tengamos de nuestro Padre, así seremos nosotros. Entonces surge la pregunta, ¿cómo es Dios para usted?


El primer ataque de Satanás a la raza humana fue sutil y astuto para destruir la confianza que Eva tenía en la bondad de Dios. Desafortunada y lamentablemente para ella y para nosotros, él tuvo éxito. Desde ese día hasta la fecha, los hombres han sostenido un concepto falso de Dios. Esto es precisamente lo que ha minado y socavado el terreno de la justicia y les ha inducido a una vida descuidada, temeraria, atolondrada y un destino destructivo.


Nada tuerce y deforma al alma más que un concepto bajo e indigno de Dios. Por ejemplo, los fariseos, a pesar de que consideraban que Dios era severo y austero, lograron mantener un nivel relativamente alto de moralidad externa; sin embargo, su propia justicia era externa. Por dentro eran «sepulcros blanqueados», como nuestro Señor mismo se los dijo. Su concepto equivocado de Dios resultó en una idea errada de la adoración. El fariseo no amaba a Dios y el servicio que le rendía lo consideraba una esclavitud, pero no podía escapar de dicho servicio sin afrontar una pérdida demasiado grande. No era fácil vivir con el Dios del fariseo, así que su religión se volvió inflexible, difícil y sin amor. No podía ser de otro modo, porque nuestra noción o concepto de Dios siempre tiene que determinar la calidad de nuestra religión.


Gran parte del cristianismo desde los días en que Cristo anduvo en la tierra como humano ha sido inflexible y severo. Y la causa o razón ha sido la misma: un concepto indigno, o un punto de vista inadecuado de Dios. De modo instintivo tratamos de ser semejantes a nuestro Dios, y si creemos que él es austero, duro y exigente, así seremos nosotros.


De este fracaso en la comprensión de Dios surge un mundo de infelicidad y tristeza entre buenos cristianos hasta el día de hoy. Se cree que la vida cristiana se trata de que carguemos la cruz en forma malhumorada e indiferente bajo el ojo escrutador de un Padre severo, quien espera mucho y no perdona nada, ni permite excusas ni disculpas. Se cree que Dios es austero, enojadizo, iracundo, de temperamento malhumorado, y extremadamente difícil de complacer. La clase de vida que nace y surge de dichas calumnias y nociones tan difamatorias conduce a una mera parodia de la verdadera vida cristiana.


Para nuestro bienestar espiritual, es de suma importancia que siempre tengamos presente un concepto correcto de Dios. Si pensamos que él es frío y exigente, nos será imposible amarlo, y nuestras vidas se encontrarán sumidas en un temor servil. Si, por el contrario, consideramos que es bondadoso y comprensivo, toda nuestra vida interior reflejará esa idea.


La verdad es que Dios es el más atractivo, simpático, amable y amante de todos los seres, y servirle constituye un placer indescriptible. Él es todo amor, y quienes confían en él no necesitan conocer nada más que ese amor. Él es justo a cabalidad, y no podemos esperar que tolere el pecado pero, por intermedio de la sangre del pacto eterno, él puede actuar hacia nosotros exactamente como si nunca hubiésemos pecado. Para los hijos de los hombres, cuya confianza esté depositada en él, su misericordia siempre se impondrá y triunfará sobre la justicia.


El placer de la comunión con Dios supera las expresiones del lenguaje humano. Él se comunica con sus redimidos en una comunión fácil, sin inhibiciones ni impedimentos, que proporciona descanso, salud y sanidad al alma. Dios no se siente ofendido, ni es egoísta, ni temperamental. Lo que Dios es hoy, encontraremos que lo será mañana y al día siguiente y el próximo año. No es difícil complacerlo, aunque tal vez sea difícil satisfacerlo. Él espera de nosotros únicamente aquello que él mismo nos ha suplido. Él está presto a tomar nota del esfuerzo más sencillo y leve de agradarle, e igualmente está presto y listo a pasar por alto las imperfecciones cuando sabe que tuvimos la intención de hacer su voluntad. Nos ama por lo que somos y valora nuestro amor más que las galaxias de mundos recién creados.


Desafortunadamente, muchos cristianos no pueden liberarse de sus nociones pervertidas de Dios, y estas nociones envenenan sus corazones y destruyen su libertad interior. Sirven a Dios de manera terrible e inflexible, como lo hiciera el hermano mayor, haciendo el bien sin entusiasmo ni gozo, y se les hace totalmente imposible comprender la celebración alegre, y la fiesta animada y vivaz porque el hijo pródigo regresa al hogar. Su idea de Dios descarta la posibilidad de que Él experimente felicidad y gozo en su pueblo, y atribuyen el canto y la algazara a un mero fanatismo. Son almas infelices, condenadas a caminar penosa y pesadamente en su sendero melancólico, con determinación inflexible de hacer el bien aunque se les caiga el cielo encima y a estar en el grupo o partido ganador el día del juicio.


¡Cuán bueno sería si pudiésemos aprender y comprender que es fácil vivir con Dios! Él se acuerda de nuestra condición y sabe que somos polvo. Tal vez tenga que castigarnos a veces, por cierto, pero aun esto lo hace con una sonrisa, la sonrisa orgullosa y tierna de un Padre que prorrumpe en placer por un hijo imperfecto pero prometedor, cuya imagen se asemeja cada día más a la de Aquel cuyo hijo él es.


Algunos de nosotros nos sentimos saltones y tiritones, estamos conscientes de nosotros mismos y carecemos de naturalidad porque sabemos que Dios ve hasta nuestro más íntimo pensamiento y conoce a cabalidad nuestros caminos. No hay necesidad de que seamos y vivamos tan atemorizados. Dios es la suma total de toda paciencia y la esencia de la bondadosa buena voluntad. Le agradamos al máximo, no tratando con frenesí de ser buenos y hacernos mejores, sino arrojándonos en sus brazos con todas nuestras imperfecciones, creyendo que él comprende todo y nos ama a pesar de ello.


Tomado y adaptado del libro La raíz de los justos, A. W. Tozer, Editorial Clie, 1994. Usado con permiso. Todos los derechos reservados. Adaptado por DesarrolloCristiano.com, todos los derechos reservados.


Tomado de http://www.desarrollocristiano.com/articulo.php?id=1613&c=all.

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