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"Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe ..."
Efesios 4:11−12.
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Roma en la Profecía de Daniel (5)
Por Gino Iafrancesco
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UN PRÍNCIPE QUE HA DE VENIR

Los setenta «septenarios»

Sobre el panorama ya trazado de las profecías anteriores viene a agregarse la importantísima profecía de los setenta sietes del capítulo 9 de Daniel. Israel, el pueblo de Daniel, había violado además de otras leyes, también los jubileos y los años sabáticos de descanso de la tierra; entonces, por causa de las transgresiones. Dios les castigó con el cautiverio de setenta años en Babilonia, en que la tierra fue desolada, y en cierto sentido descansó. Cerca del fin de estos setenta años, Daniel, considerando la profecía de Jeremías, ve que se acerca el fin de este castigo, y entonces ora pidiendo perdón por sí mismo y por su pueblo. Dios envía entonces al ángel Gabriel para revelarle los tiempos en que trataría con Israel para librarlo definitivamente de su mal. He aquí las palabras de Gabriel, que consideraremos verso por verso (capítulo 9):


"24Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo (Israel) y sobre tu santa ciudad (Jerusalén), para terminar la prevarica¬ción, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos".


La palabra que se traduce "semana" es shabua, que significa "sietes". Setenta semanas significa, pues, setenta sietes.  No es shabua de días, sino simplemente shabua, es decir, semana de años. En setenta semanas de días, más o menos un año y medio, no aconteció lo profetizado.  Se trata, según el uso hebreo y el contexto histórico, de setenta semanas de años, es decir, 490 años. A partir de cierta fecha, Dios comenzaría a contar 490 años en su trato con la nación de Israel y la ciudad de Jerusalén; dentro del tal plazo Dios terminaría con la prevaricación de ellos, pondría fin al pecado, expiaría la iniquidad, traería la justicia perdurable, o sea el reino milenial, confirmaría la veracidad de lo dicho en las visiones de los profetas, y ungiría el Lugar Santísimo. Después de ese plazo de trato divino para con Israel estaremos en el Milenio.
 
Notemos que el plazo no incluye "el tiempo de los gentiles" (Lucas 21:24: Romanos 11:25), sino que meramente está determinado para ser contado sobre Jerusalén y el pueblo de Israel. Esos 490 años estarían divididos en los siguientes períodos:


"25Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; se volverá a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos".


Son en total: 7 + 62 = 69 semanas; o sea, 483 años en espera de una última semana de años que sería el último período de siete años para completar los 490.



El edicto para la restauración
"La salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén" fue el año 20 de Artajerjes, en el mes de Nisán del 445 a. C. (Nehemías 2:1 8). A partir de allí comienzan las setenta semanas. Las primeras siete semanas, o 49 años, se emplearon en la edificación de la plaza y los muros de la ciudad. Entonces comenzó el período de las sesenta y dos semanas hasta el Mesías Príncipe. Estos dos períodos, el de 7 y el de 62 semanas, suman 69 semanas, o sea, 483 años entre aquella orden y "el día de la visitación" del Mesías Príncipe. Según el cálculo ya hecho por R. Anderson, las 69 semanas de años proféticos de 360 días equivalen a 173.880 días, así: 69 x 7 x 360 = 173.880.


Ahora bien, la fecha del edicto para reconstruir a Jerusalén fue el 14 de Marzo del 445 a. C., y la entrada de Jesús en un burrito a Jerusalén como el Rey manso y humilde (Zacarías 9:9), fue el 6 de abril del año 32 d. C., "el día de la visitación". Según esto, el período entre las dos fechas es de 476 años de los nuestros, no proféticos, y 24 días, a lo cual, añadiéndole los días extras de los años bisiestos, nos da el siguiente cálculo:


476 x 365 = 173.740 días, más 24 días y otros 116 días más por bisiestos: 173.880 días, así:  173.740 + 24 + 116 = 173.880.


¡173.880 días! Exactamente el mismo número de días abarcados en las siete y sesenta y dos semanas; es decir, los 483 años proféticos.
 
Jesús entró en Jerusalén el día exacto de la visitación, y entonces purificó el templo cuando el calendario profético señalaba su hora. Por eso llorando sobre Jerusalén, dijo: "¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos" (Lucas 19:42).


Ahora bien, entre el versículo 25 y el 27 del capítulo 9 de Daniel, que hablan el primero de las 69 semanas y el postrero de la última semana, aparece el versículo 26 como un paréntesis. La razón del paréntesis es para incluir el tiempo de los gentiles en que la iglesia es tomada también de entre ellos como un pueblo para Su nombre, el nombre del Mesías.



La crucifixión del Mesías

Ahora bien, entre el versículo 25 y el 27 del capítulo 9 de Daniel, que hablan, el primero de las 69 semanas y el postrero de la última semana, aparece el versículo 26 como un paréntesis.  La razón del paréntesis es para incluir el tiempo de los gentiles en que la Iglesia es tomada también de entre ellos como un pueblo para Su nombre, el nombre del Mesías.


Puesto que Israel no reconoció el día de la visitación, Jesús les dijo: "38He aquí vuestra casa os es dejada desierta. 39Porque os digo que desde ahora no me veréis hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor" (Mateo  23:38,39). El rechazamiento del Mesías por la cruz hizo que mediante ésta la bendición de Abraham pasase a los gentiles, como lo dijo el apóstol Pablo a los Gálatas: "13Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición  (porque está escrito: maldito todo el que es colgado en un madero), 14para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu" (3:13,14).


Es acerca de lo mismo que escribe a los Romanos: "11Digo, pues: ¿Han tropezado los de Israel para que cayesen? En ninguna manera; pero por su transgresión vino la salvación a los gentiles, para provocarles a celos.  15Porque si su exclusión es la reconciliación del mundo, ¿qué será su admisión, sino la vida de entre los muertos?  17Pues si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas, y has sido hecho participante de la raíz y de la rica sabia del olivo.  25Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles" (11:11,15,17,25).
 
Entonces queda a los gentiles el versículo 26 de Daniel 9, antes que Dios retorne a los judíos para continuar Su trato con ellos cual nación por una semana más, de modo a completar las setenta semanas prometidas a ellos (Daniel capítulo 9):


"26Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí; y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones".


Después del primer período para Israel de siete semanas, en que reconstruyeron los muros de la ciudad, vino el segundo período para Israel de sesenta y dos semanas hasta el Mesías Príncipe; entonces son ya sesenta y nueve semanas; y la semana número 70, la última, se nos describe en el versículo 27. Después, pues, del segundo período, el de las sesenta y dos semanas, siendo ya sesenta y nueve del total, el Mesías muere no por sí, sino por el pecado del mundo, de Su pueblo Israel y de los gentiles: "Se quitará la vida al Mesías, mas no por sí". Y entonces hace su aparición contra Jerusalén el pueblo de aquel príncipe que había de venir para destruir la ciudad y el santuario.



La destrucción de Jerusalén
Puesto que el Mesías fue rechazado por esa generación, esa misma generación vería días de retribución. Y efectivamente, en el año 70 d. C., los romanos, el pueblo del mencionado príncipe, sitiaron y destruyeron la ciudad y el santuario. Los judíos fueron dispersos y la ciudad hollada. Jesús había dicho: "20Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado.  22Porque estos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están escritas. 23Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días! porque habrá gran calamidad en la tierra, e ira sobre este pueblo. 24Y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan" (Lucas 21:20,22 24).  El historiador Flavio Josefo en su obra "Las Guerras de los Judíos", narra patéticamente tal castigo contra las gentes de Jerusalén que rechazaron al Mesías, a Jesucristo.



El tiempo de los gentiles
 De manera que el trato de Dios con Israel por una semana más, la última, la número setenta, queda postergado para el fin, antes del Milenio; y mientras tanto, durante el período cedido ahora cual paréntesis a los gentiles, el escenario es dominado por aquel príncipe que había de venir y su pueblo, Roma. Allí tenemos de nuevo a Roma en la profecía.


"Su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones". La frase "hasta el fin de la guerra" nos muestra lo prolongado de la influencia romana; y decimos romana, porque aún en el siguiente verso, en el 27, persiste su operar: "27Y por otra semana confirma¬rá el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda.  Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador".


Aquel príncipe romano que había de venir se desarrolla hasta penetrar en la semana número setenta, la última para Israel, y quita, o hace cesar, el sacrificio y la ofrenda. Entonces la forma final del anticristo, el desolador, se hace cargo de la situación hasta el fin.



La reconstrucción final del templo
Ahora bien, si la ofrenda y el sacrificio serán cesados a mitad de la última semana, significa que después de la destrucción de la ciudad y el santuario, éstos estarían de nuevo en pie al fin del tiempo de los gentiles. "Jerusalén será hollada por los gentiles hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan".
 
En 1948 nació en un día el estado israelí como nación. Las tiendas de Judá fueron libradas primero antes de Jerusalén, según profetizaba Zacarías (12:6,7). Luego, en 1967 se recobró entonces la ciudad. En 1980 fue declarada de nuevo capital de Israel, pues Jerusalén sería habitada otra vez en su lugar, en Jerusalén. Pero aún falta (escribo hoy enero 24 de 1983) que el templo o santuario sea reconstruido en su lugar, donde está ahora la Cúpula de la Roca o Mezquita musulmana de Omar, para que el sacrificio y la ofrenda sean reanudados, de manera a cesar de nuevo a la mitad de la última semana. Es por eso que nos dice la profecía en el versículo 27a: "Por otra semana confirmará el pacto con muchos". La última semana debe aún serle confirmada a Israel, y el pacto implica que deben, pues, ofrecerse de nuevo el sacrificio y la ofrenda en el santuario y la ciudad, de manera que a mitad de la semana número setenta, la última, se hagan cesar de nuevo: "A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda" (v.27b).


¿Quién hará cesar el sacrificio y la ofrenda? pues aquel príncipe que procede de Roma, del cual se hablaba y que domina el escenario hasta la desolación final. En el capítulo anterior, al considerar a Daniel 8, ya lo habíamos identificado; nos decía 8:10 12: "10Y se engrandeció hasta el ejército del cielo; y parte del ejército y de las estrellas echó por tierra, y las pisoteó.  11Aun se engrandeció contra el príncipe de los ejércitos, y por él fue quitado el continuo sacrificio, y el lugar de su santuario fue echado por tierra. 12Y a causa de la prevaricación le fue entregado el ejército junto con el continuo sacrificio; y echó por tierra la verdad, e hizo cuanto quiso, y prosperó". También Daniel 11:31 nos dice: "Y se levantarán de su parte tropas que profanarán el santuario y la fortaleza, y quitarán el continuo sacrificio, y pondrán la abominación desoladora. Más adelante, la misma profecía, en Daniel 12:11 añade otros detalles: "Y desde el tiempo que sea quitado el continuo sacrificio hasta la abominación desoladora, habrá mil doscientos noventa días". 1290 días equivaldría a la segunda mitad de la última semana, más un mes para que se derrame la ira tras el reinado del desolador.


Ahora bien, observando el repetido cumplimiento típico, pues la bestia que está para subir, aunque no era, sí era (Apocalipsis 17:8), vemos que el tiempo típico de tribulación se cumplió reafirmadas veces.  Elías decretó tres años y medio para juzgar con sequía la idolatría a Baal por Israel. Antioco Epífanes hizo cesar el continuo sacrificio por cerca de tres años y medio. Igualmente la guerra contra Jerusalén (67 70 d. C.) por los romanos duró tres años y medio. La dominación del poder temporal del papado duró 1260 años desde el siglo VI al XVIII. El islamismo tuvo en su poder a Palestina por cerca del mismo tiempo desde el siglo VII hasta 1917.  El Dios de la gloria, creador de todos los hombres, hace que todos los tipos y precursores del anticristo final coincidan desde distintos ángulos y perspectivas con el período profético de "tiempo, y tiempos y medio tiempo”.



La última semana de años
Ahora bien, la última semana, la septuagésima, es el último tiempo para que el hombre y el diablo tomen el poder, pues después de las setenta semanas, Dios terminará la prevaricación y traerá la justicia perdurable. La última semana es, pues, importantísima en la profecía, y su segunda mitad nos refiere la gran tribulación bajo el anticristo final: "27... a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda".  Es decir, cuando falten tres años y medio para terminar la cuenta regresiva, entonces el final anticristo, el definitivo, la bestia, el inicuo, se sentará como Dios en el templo de Dios (2 Tesalonicenses 2:3,4). Este hijo de perdición, heredero del príncipe de Roma, puesto que los cuernos de la cuarta bestia entregan su poder a la bestia (Apocalipsis 17:12,13), es el desolador.


La tribulación del final de la semana, la segunda mitad de ésta, se nos describe así: "27bDespués con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el desolador".  A la bestia, en este período, según Apocalipsis 13:5: "También se le dio boca que hablaba grandes cosas y blasfemias; y se le dio autoridad para actuar cuarenta y dos meses"; el mismo tiempo en que los gentiles hollarán al final la ciudad santa (Apocalipsis 11:2), equivalente a los 1260 días en que profetizarán los dos testigos vestidos de cilicio (Apocalipsis 11:3), semejante al "tiempo, y tiempos y medio tiempo" en que la mujer huye al desierto de delante de la serpiente para ser sustentada (Apocalipsis 12:14), igual a lo asignado al cuerno blasfemo de Daniel 7:25.


Apocalipsis habla para el tiempo del fin, cuando todo esté cerca, pues su profecía es posterior a Antioco Epífanes, y posterior también al sitio de Jerusalén en el año 70 d. C.; sin embargo, su coincidencia es perfecta en su relación al Antiguo Testamento.  Los cumplimientos típicos no agotan, pues, el alcance profético, sino que lo confirman; de modo que por razón de Apocalipsis tomamos a Daniel aplicándolo legítimamente al mismísimo tiempo del fin. El príncipe que había de venir es Roma, y el desolador es el cuerno blasfemo que le sale a la cuarta bestia, que es Roma; él es el rey altivo y enigmático del tiempo del fin, la bestia, el anticristo, el inicuo, el hijo de perdición que procede de los Estados Unidos de Europa, que es la Roma revivida.


Tomado del libro Roma en la Profecia de Daniel, por Gino Iafrancesco.

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