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"Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe ..."
Efesios 4:11−12.
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El Almendro
Por Eduard Miller
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Hace muchos, pero muchos años, un joven almendro crecía en el encantador jardín de un oasis, en lo más profundo del desierto Cyn.

En aquellos días se le conocía como el Arbol del Despertar, porque siempre era el primero en reverdecer al llegar la primavera. A medida que crecía lentamente en la fértil tierra del jardín, soñaba el sueño de todo almendro pequeño: algún día, cuando crezca y me transforme en un árbol grande, elevaré mis frondosas ramas, abundantemente cubiertas de verde follaje. Cubriré la cálida tierra con mi sombra para que los hombres se sienten debajo. Muchos pájaros vendrán y me cantarán canciones y harán nidos en mis ramas. Estaré lujuriosamente embellecido por delicadas flores blancas, todas ellas ruborizadas con corazones de rosado matiz. Luego de mi tiempo de belleza y adorno, me transformaré en un dulce y apetitoso árbol frutal para alimentar a mi amo. Qué maravilloso será el día cuando mi señor, aquel a quien el creador hizo a su propia imagen, recoja mi fruto para preparar ricas comidas para su familia, sus amigos y para él. Con alegre anticipación de las muchas cosas por venir, el pequeño almendro continuaba soñando cuando fuera capaz de dar alimento vivo a su amo. Pleno de vida y esperanza, el pequeño árbol echaba sus raíces cada vez más profundas en la cálida tierra que el jardinero mantenía fértil y bien regada. Luego de tres largos años de delicado cuidado, el pequeño árbol no había dado aún ninguna dulce almendra porque, como es bien sabido, las almendras no se producen en el primero, segundo ni tercer año de vida del árbol. Le lleva varios años al almendro dar su fruto. Mientras tanto, toda la fuerza y procesos de la naturaleza aumentaban dentro del pequeño árbol, para llevarlo a su precioso momento de dar fruto. ¿Por qué dar almendras lleva tanto tiempo? ; el pequeño almendro se preguntaba. Meses y estaciones pasaban lentamente ~ ¡aún sin fruto! ~ Cuan ansioso se puso el pequeño árbol mientras aguardaba con expectativa aquel maravilloso día cuando se transformaría en un gran árbol, dando fruto para su amo. Durante estos años de espera el árbol vigorosamente se agrandaba con cada estación. Mientras sus raíces empujaban con fuerza, adentrándose en la tierra, su tronco continuaba elevándose ~ hacia el aire y hacia el sol ~. A pesar de que el tiempo era largo, el pequeño almendro no se descorazonaba cuando los encantadores brotes no habían aparecido todavía.
 
Un día, un hombre ataviado con una larga toga blanca, atravesó el jardín y, se detuvo delante del pequeño árbol. Examinando el lugar, lo miró y susurró: "Oh, éste tiene justo el tamaño apropiado; es exactamente lo que estoy buscando ~ derechito, fuerte y flexible." El pequeño almendro creció lo suficiente como para que la madera fuera sólida y resistente. "Este árbol es precisamente lo que necesitaré en mis muchas y largas caminatas. Sí, me haré una vara para que me apoye en mi trayecto hacia la tierra prometida". Tomó un cuchillo afilado de los pliegues de su vestimenta, rápidamente derribó al almendro y peló su corteza. Después, con su cuchillo, la alisó hasta que ni un sólo nudillo sobresalió de ella. Habiéndose convertido ahora en una vara lisa, el amo podría usarla de muchas maneras; le resultaría cómodo sostenerla en sus manos. Cuidadosamente, puso luego el blando tallo del almendro al sol, para que se secara ~ proceso que convertiría al almendro en una útil vara. Luego, sin balbucear palabra, el hombre se alejó lentamente.

En un breve y doloroso momento, aquel hombre de blanca toga separó completamente al almendro de toda fuente de vida. Sin misericordia alguna y, por completo, destruyó todos los placenteros sueños, todas las promesas de futura belleza y esperanza de dar frutos deliciosos. ¡Todas las esperanzas del pequeño almendro se desvanecieron para siempre! De repente y sin remordimiento, el pequeño árbol se convirtió en una vara sin vida, sin hojas, sin ramas. Solo yacía en el desierto, lamentándose por la pérdida de su vida en el abrasador deshidratador sol. Ni una sola raíz quedó para darle agua refrescante de la madre tierra. Conmovido, herido y moribundo, el almendro estaba lleno de dolor, conflicto y desesperación. No entendió absolutamente nada de lo sucedido o porqué esta fatal tragedia fuera permitida durante su normal proceso de crecimiento. Al tomar conciencia de que cualquier cumplimiento de sus lujuriosos sueños de gloria y de futura utilidad era ya imposibles, la Vara de Almendro yacía allí, sin moverse, mientras su vida lentamente se escurría. "Todas mis esperanzas de producir bellas flores y estupenda fruta, todas mis aspiraciones de futuras bendiciones, todos mis sueños fueron rasgados con el golpe del letal cuchillo de mi maestro, todas mis alegrías y expectativas se tornaron en penas de muerte y desesperación," triste moribundo almendro...

"Nunca, nunca las aves adornarán mis ramas... Nunca el milagro de vida sucederá en mis ramas mientras diminutos huevos se incuban en pequeños nidos y se convierten en hermosos pájaros... Nunca una flor nacerá de mis brotes. Nunca más aparecerán hojas en mis ramas para vestirme nuevamente al llegar la primavera.

Las lágrimas de la moribunda Vara de Almendro, brotaban de cada célula mientras yacía lamentándose en el caliente sol. Toda la belleza con la que soñó - no sucedería. Lo más trágico de todo era que no daría fruto alguno. Su pequeña vida estaba condenada a no dar fruto y a ser inútil. ¿Por qué tuvo que suceder? ; Preguntó ¿Y si tuvo que suceder, por qué a mí? No herí a nadie; No fui un árbol malo destinado a producir frutos venenosos que pudieran dañar a alguien. Mi único deseo era dar fruto para mi maestro, dulce fruto para alimentarlo de mi generosidad.

¿Por qué?... ¿Por qué? ; la Vara de Almendro sollozaba y sollozaba, hasta que no hubo más humedad en su interior para producir lágrimas. Mientras tanto, poco a poco, su diminuta, lamentadora voz, se silenció a medida que el desalmado sol resplandecía con furia sobre ella. Sueños y preguntas cesaron. El árbol que una vez fuera, yacía a merced del despiadado sol, inexistente, como una muerta y seca vara de almendro.
Silenciosamente, la Vara de Almendro comenzó a reflexionar - sus razonamientos, quejas y desconciertos, ahora silentes: ¿Amaba de verdad a mi maestro? ¿Quería realmente alimentarlo? ¿Era cierto que mi más grande deseo era darle placer y ayudarlo? ¿Acaso no fue su mano la que me separó de la vida? ¿Podía ser que aquél que se ocupó de mí desde la germinación, no tuviera la intención de que me convirtiera en un maduro almendro? ¿Era sólo mi sueño, sólo mi propósito? Quizás mi maestro solamente quería y necesitaba de una seca vara para apoyarse y protegerlo. Estos pensamientos y convicciones finalmente trajeron paz a la meditativa Vara de Almendro.
Luego de una honesta deliberación y búsqueda del alma, la pequeña vara, se entregó a la voluntad de su maestro, y dijo: "Si mi maestro quiere que sea solamente una vara para él, una vara entonces seré - una verdadera, fuerte y recta vara, sobre la cual pueda sin percance apoyarse alguno".

La seca Vara de Almendro no se dio cuenta que la mano que la había cortado del dulce fluir de la fuente de vida, fue justamente la de Aarón, el sumo sacerdote del todopoderoso creador, Dios. Sí, nada menos que el hombre escogido de la tribu de Leví. Aarón, el hermano de Moisés - el hombre con quien Dios, el creador, habló cara a cara. En mansa entrega, la Vara de Almendro (la cual no había conocido todavía a su maestro), le sirvió lo mejor que pudo de ayuda y protección.
 
Por muchos años, la Vara de Almendro sirvió a Aarón fielmente como su vara y sierva. Luego llegó el día cuando una celosa controversia surgió entre los líderes de Israel. Furiosas quejas y agudas críticas contra Moisés y su hermano, llevaron la situación al límite. "Aarón es el Sumo Sacerdote sólo porque es el hermano de Moisés; no porque el Señor lo eligió para ocupar tan alto lugar," ¡los celosos líderes con furia y calumnias acusaban! "Somos tan buenos - si no mejores - que Aarón," decían algunos audaces. "Debería llamarse a votación para ver quien servirá en lugar de Aarón cuando renuncie. Seguramente, cada uno de nosotros merece la oportunidad de conducir al pueblo elegido por Dios. No es bueno para nuestra nación que todos sus dirigentes formen parte de una sola familia," afirmaban otros.

El Señor, harto y enfadado con quienes murmuraban contra sus elegidos, mandó a Moisés que tomara una vara por cada casa de los padres de los príncipes de las doce tribus de Israel; aquellas varas en las que se apoyaban día a día. Moisés se dispuso a llevar todas esas varas, incluso la de Aarón, al tabernáculo de reunión para dejarlas delante del Testimonio, en el santo lugar donde Dios se reunía con el Hombre. Allí, en ese maravilloso y secreto lugar donde la nube de gloria de Dios (Shekinah) permanecía día y noche entre las alas de los querubines, Dios resolvería el asunto.

En estricta obediencia al mandato de Jehová, Moisés tomó una vara de cada príncipe de las doce tribus de Israel. Entre ellas estaba la Vara de Almendro que pertenecía a Aarón. Cada vara tenía escrito el nombre de su dueño. Con cuidado y en estricta obediencia a la indicación de Jehová, Moisés puso aquellas varas en el lugar más santo, ante el arca del pacto sagrado.

Números 17:4-5 "... y las pondrás en el tabernáculo de reunión, delante del Testimonio; donde yo me manifestaré a vosotros. Y florecerá la vara del varón que yo escoja y haré cesar de delante de mí, las quejas de los hijos de Israel con que murmuran contra vosotros."

De esta forma, la seca Vara de Almendro que pertenecía a Aarón, el sacerdote, entró en el lugar más sagrado de la tierra - en la cámara más sagrada de todas. Allí, junto a otras once varas, la de Aarón fue puesta delante del arca de la Presencia de Dios. ¡Qué hermoso lugar es ése! El sagrado y santo lugar donde la Presencia de Jehová permanecía día y noche, desde la nube de gloria reluciente. Exquisitamente retratados los querubines de luz, por el diestro bordado formado con hebras de oro puro, que cubría el techo y las paredes de aquel lugar sagrado. En la luz vivificante de la gloria Shekinah, el arca brillaba como una joya magnífica de oro purísimo. Sólo la refulgente, centelleante luz de la Presencia de Dios iluminaba ese lugar, donde la luz natural jamás penetró.
Dentro de las fibras secas y muertas de la Vara de Almendro, surgió un sentimiento de asombro por el poder glorioso y excelente que había en la luz santa. El misterio de vida que fluía de la presencia de la criatura viviente que moraba en el Santo Lugar, llegó hasta las fibras más secas de la vara. Al recibir las ondas de abundante vida que irradiaba la nube de gloria divina, su alma seca, se vivificó otra vez. La misericordia radiante, vertida desde el trono salpicado con sangre, enviaba poderosos rayos de sanidad hacia el interior de cada una de las células de la vara sin vida. La vida radiante llegó hasta el desesperanzado y muerto corazón, examinando sus más hondas nostalgias. En obediencia santa, ambos vigilantes observadores -los querubines- se mantenían en celoso desvelo por causa de la Vara de Aarón, en aquella maravillosa noche que tuvo lugar el misterio de resurrección.
 
Mientras la vara yacía junto a las demás en el santo lugar, poderosas fuerzas de vida de energía divina vibraban en su ser -sí, bríos distintos a la fuente de vida natural que conociera en el jardín anteriormente. La Vara de Almendro, sintió como si ríos de agua viva fluyeran sin cesar a través de su ser.

Durante toda la noche la Vara de Almendro yació pacíficamente bajo el poder y la vida latiente que impregnaba todo aquel lugar santo. Minuto a minuto, tomaba aquella luz gloriosa. Hora tras hora, absorbía cada vez más la vida que era vertida por la nube de gloria. A lo largo de todas las horas de la noche y hasta que el sol de la mañana irrumpió en el reino nocturno, la Vara de Almendro yacía tranquilamente, deleitándose en la abundancia de vida divina que continuamente fluía a través del santo de los santos. Esta nueva vida era increíblemente más aceptable para la Vara de Almendro que aquella a la cual despertaba diariamente bajo el sol abrasador al comenzar la primavera.
Sin esforzarse, la Vara de Almendro recibía vida de la nube de gloria. Ninguna raíz natural empujaba tierra abajo, para buscar vida que diera hojas o capullos. ¿Qué podía hacer por sí misma la Vara de Almendro para producir vida, hojas o frutos? Absolutamente nada, ya que ciertamente no podía hacer nada, pues había estado muerta y seca por largo tiempo.

La Vara de Almendro tomó conciencia de que era imposible permanecer muerta en el Santo Lugar, con semejante abundancia de vida divina que por gracia le fue dada.
Durante aquella noche sorprendente, la Vara de Almendro sintió las más extrañas e inexplicables sensaciones. Un divino poder dador de vida, como de electrizantes ondas electromagnéticas, fluía a través y alrededor de todo su ser.

Lo que le pasó a la Vara de Almendro aquella noche extraordinaria, no pudo ni podía entenderlo; no lo necesitaba. Mientras maravillosos cambios tenían lugar en su interior, sólo necesitaba permanecer tendida apaciblemente, entretanto transcurrían aquellas largas horas nocturnas.

En tanto que la Vara de Almendro esperaba, la vida se abría paso poderosamente a través de todas las células de su ser. Una fina corteza nueva se formó alrededor de su endurecido mango. Minúsculas ramitas y ramas más grandes crecían rápidamente en sus células dilatadamente muertas. Luego, capullos asomaban de sus pequeños nódulos; hojas brotaban con verde exuberancia. Flores de dulce aroma surgían de sus capullos. Y lo mejor de todo fue, fruto - auténtico y vivo - maduraba en sus ramas. Más aún, durante todo aquel proceso de transformación, ni siquiera una sola raíz se formó para alcanzar otra vez la tierra natural de su origen. La Vara de Almendro no necesitaba nada más que de la dinámica y divina vida que era vertida con abundancia en su estructura, desde la gloriosa Presencia que moraba en aquel sagrado, santo lugar.
 
La Vara de Aarón se quedó tranquila y miró a su alrededor. " ¿Por qué," se preguntaba, "las demás varas no responden de la misma forma, a la poderosa vida y gloria que llenan este maravilloso lugar?" Luego, recordó las palabras de Dios a Moisés, "La vara del hombre a quien yo escoja, florecerá."

"¡Ah, entonces . . . mi dueño es el escogido del Señor y yo le pertenezco!" Se regocijaba la transformada Vara de Almendro. "Mi Creador tuvo misericordia de mí; me volvió a la vida. Por el poder y la gracia del Dios de Israel, mis más altos sueños fueron cumplidos: Yo estuve muerta una vez, pero ahora vivo. Estuve realmente muerta y despojada de toda vida; habiendo perdido toda esperanza, ahora vivo. La gloria de la Presencia de mi Creador hizo que la vida naciera en mí - vida más abundante."
"Las otras varas pertenecen a los varones que Dios no eligió para ser su sumo sacerdote. ¡Qué diferencia representa a quién uno pertenece! Mi amo es Aarón, el sumo sacerdote a quien escogió Jehová." En su regocijo, la Vara de Almendro proclamó " . . . y yo soy suya; pertenezco a Aarón, el sumo sacerdote. Soy suya , soy suya. . . . y, ¡estoy viva! Cuánto se alegrará mi amo al verme - rebosante de vida, de fruto y de bellas florecillas. Más allá de cualquier duda o razonamiento, Aarón sabrá, por la vida que mora en mí, que es el sacerdote escogido por Dios."

De mañana temprano, a medida que los primeros rayos del amanecer penetraban en la oscuridad de la noche, los dueños de las varas vinieron a buscarlas. Cuánto se sorprendieron cuando la que pertenecía a Aarón fue sacada. ¡Qué gloriosamente diferente se veía entre las demás! No estaba más seca ni era estéril. Vara de Almendro brotó, floreció y produjo almendras - todo, en una sola noche.
 
El pequeño Almendro, (cuyos naturales sueños fueron completamente destruidos) halló abundante vida, al quedarse toda la noche en el Santo Lugar. Con el poder de vida de la Santa Presencia, la seca Vara de Almendro fue brillantemente tornada. No por su poder - ya que estaba my seca y muerta - sucedió este sorprendente y espectacular milagro. Solamente por la Vida Divina, que por siempre permanece en la Santa Presencia, puede obrarse el maravilloso milagro de resurrección.

¿Podría algún almendro soñar con producir hojas, capullos, brotes y frutos sólo en una noche? Vara del Almendro, sin raíces para penetrar en tierra natural, estaba ahora adornada con flores, belleza de follaje y enriquecimiento frutal. Nada quedó de la cortada Vara de Almendro que le permitiera llevar fruto natural. Sin embargo, fue notoriamente transformada; ahora era "una fructífera rama."

Y por aquella vara - rebosante de vida - el Creador habló de nuevo. "Tomen la vara de Aarón y pónganla adentro del Arca del Testimonio; allí permanecerá como testigo eternal." En el interior de aquella maravillosa Arca del Pacto, - en el más santo lugar - Vara de Almendro permanecería para siempre. La gloria de Jehová; la vida de Jehová, inundaría día a día y eternamente a Vara de Almendro.

El milagro de vida y frescura, de verde renovación, de adorno floral y belleza, sería puesto de manifiesto a través de los siglos, mientras el Arca del Pacto permaneciera en el lugar más Santo.

Después de haber muerto una vez - habiendo luego sido resucitada a una vida renovada - Vara de Almendro no tendría que volver a morir. Luego de ser parte de la vida eterna, viviría por siempre. Habiendo sido nada más que una seca y muerta vara de almendro, se convirtió en un Arbol Eternal, plantado en el jardín de Dios; allí permanecerá por siempre.

-Alegoría extraida del libro "Secretos del Reino"-

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